Una perspectiva crítica
Héctor B. Olea C.
En el contexto de la parábola que trata de la
relación entre el pastor y las ovejas (Juan 10.3-5), como parte de la primera
interpretación de dicha parábola (siguiendo a Raymond E. Brown), en Juan
10.11-13; Jesús afirma que «el buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan
10.11).
Aparece, pues, en dos ocasiones, la expresión
«su vida da por las ovejas» (Juan 10.11 y 14). La expresión griega que está
detrás de esta traducción es «ten psujén autú títhesin jupér ton probáton»;
traducción: su vida pone (da, dispone) por causa de (en lugar de, en favor de) las
ovejas (Juan 10.11 y 14).
Ahora bien y, por supuesto, no dijo Jesús «el
pastor» sin más; sino y más bien: «el buen pastor» (griego «jo poimén jo
kalós»). En tal sentido, llama mucho la atención que según Joachim Jeremías, el
oficio de pastor ocupaba el quinto lugar entre los oficios despreciados por los
judíos: “No gozaban los pastores de buena reputación. Como la experiencia probaba,
eran en la mayoría de las veces, tramposos y ladrones; conducían sus rebaños a
propiedades ajenas y, además, robaban parte de los productos de los rebaños.
Por eso estaba prohibido comprarles lana, leche o cabritos” («Jerusalén en
tiempos de Jesús, estudio económico y social del mundo del Nuevo Testamento»,
Ediciones Cristiandad, cuarta edición, año
2000, páginas 387-388).
En consecuencia, cabría preguntar: ¿Sería
esta la razón por la cual Jesús habló de manera específica de «el buen pastor»
(griego «jo poimén jo kalós»), y no sencillamente de «el pastor» (griego «jo
poimén»?
Ahora bien, y no obstante y, con honrosas
excepciones (y no diré si muchas, pocas, o si muy pocas), parece que tanto el
“pastor”, el “buen pastor”, como el “no tan buen pastor”, han interpretado
estas palabras de Jesús en un sentido totalmente contrario («sus vidas dan las
ovejas, en favor de la buena vida del
pastor»); si bien, lamentable y curiosamente, sin tener de su lado
siquiera una sola cita de la tradición sinóptica que en realidad compita con la
de Juan, y que avale su tradicional postura.
Obviamente, parece estar Jesús muy desfasado,
pues estamos en un tiempo donde ya no existen “pastores”, sino apóstoles,
mega-apóstoles, y apóstoles que todavía no han dado el salto, ni han reclamado
la dignidad a la que se supone están llamados, y los beneficios y el sitial
para los cuales aparentemente fueron escogidos, o sea, apóstoles afectados por
una curiosa y extraña o no natural timidez, aunque quizás temporal y para nada
duradera.
De todos modos, la antítesis mencionada por
Jesús («el buen pastor»; griego «jo poimén jo kalós»), parece tener en la
práctica una vigencia incuestionable y supone una crítica incontestable, sin
importar la terminología con que en la actualidad hayan decido identificarse y
distinguirse aquellas personas que se suponen llamadas a ser mansas y humildes
y a velar por el rebaño del Señor (compárese Juan 21.15-17). Esto así, en
virtud de que al final, Jesús es el pastor
modelo, el buen pastor, porque estuvo dispuesto a exponer su vida por
sus ovejas (Juan 10.14-15; Marcos 14.27).
Por supuesto, pienso que está demás decir que
fueron sencillamente razones socioculturales las que en el contexto del NT
mismo, aunque no así hoy, explican por qué no era posible hablar en aquel
tiempo de «la pastora», y de «la buena pastora». En otras palabras, que el
pastoreo fuese un oficio desempeñado estrictamente por varones en los llamados tiempos
bíblicos, explica la terminología empleada por Jesús en Juan 10.11, 12, 14;
pero tal terminología no justifica en modo alguno que hoy se le niegue la ordenación
y el pastorado a la mujer, lo que algunas personas llaman «el ejercicio del ministerio
pleno».
¡Hasta la próxima!
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