domingo, 9 de octubre de 2016

Ser «hijo de Dios» en el contexto de las «bienaventuranzas»


Ser «hijo de Dios» desde la perspectiva de Jesús


Héctor B. Olea C.

En el contexto del llamado «sermón del monte», «sermón de la montaña» (pues «anébe eis to óros», lit. subió al monte, a la montaña: Mateo 5.1, compárese Lucas 6.12-13, 17); el evangelista Mateo registra una pequeña sección, Mateo 5.3-11, conocida por lo  general como «las bienaventuranzas».

Son nueve «las bienaventuranzas» que registra Mateo 5.3-11, aunque muy bien se pueden considerar ocho, en la línea de algunos eruditos, si se asumen como una sola, los versículos 10-12. De todos modos, un factor en contra de la asimilación del versículo 10, con el 11 y 12, es que en el versículo 10 se mantiene la redacción en la tercera persona del plural («autói», ellos), mientras que los versículos 11 y 12 están redactados en la segunda persona de plural (ustedes). Considérese la expresión «dichosos son ustedes» («makárioi este») versículo 11), y «gócense y alégrense ustedes» («jáirete kái agaliásthe»), del versículo 12.

De  todos modos, pienso que no debería haber problema alguno si mantenemos la idea de que las bienaventuranzas son nueve, pero asumiendo que la número ocho es en realidad desarrollada por la número nueve; o sencillamente que la nueve no es más que el desarrollo de la ocho.  

Luego, al margen del número que se adopte, hay que admitir que cada bienaventuranza es introducida con la palabra griega «makárioi» (dichosos, felices, bienaventurados). A su vez, incluye cada bienaventuranza la descripción de la misma, y luego su  causa o razón, introducida en el texto griego por la conjunción «jóti» (porque, pues).

Un dato más respecto de su redacción.

Las primeras ocho o siete bienaventuranzas están redactadas en la tercera persona del plural, «autói» (Mateo 5.3-10); pero en la segunda persona del plural, la última, «makárioi este» (Mateo 5.11-12).

Por otro lado, es Lucas (6.20-23) el otro evangelio canónico que con Mateo incluye las bienaventuranzas, en realidad sólo cuatro, y en una forma abreviada. Además, son las bienaventuranzas parte del documento «Q», pero hay quienes piensan que como tales no se le atribuyen a «Q». De todos modos, sólo forman parte de «Q» Mateo 5.1-4 y 6, 11-12, sin incluir el versículo 5, y los versículos 7-10.

Ahora bien, tiene cada bienaventuranza una razón distinta, si bien algunas se podrían considerar un tanto equivalentes; y aquí donde halla razón este artículo: poner de relieve cómo emplea Jesús, en este contexto, la expresión «hijos de Dios» («juiói theú»), en la bienaventuranza número siete (Mateo 5.9).

A continuación, las nueve bienaventuranzas con su causal y una breve explicación de mi parte; pero sólo me detendré en la número siete.

1)    «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque tal necesidad reconocida, los empodera del reino de los cielos».

2)    «Bienaventurados los que lloran (no porque el llorar sea una virtud); sino por la consolación que se les promete, que les espera».

3)    «Bienaventurados los mansos (la violencia no es el camino en ningún sentido, y no debe usarse contra ningún ser humano, contra ningún grupo o segmento de la sociedad); porque ellos recibirán la tierra por heredad».

4)    «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (no porque la injusticia traiga consigo satisfacción alguna para el que es objeto de la misma); sino por la justicia que al final se les promete».

5)    «Bienaventurados los misericordiosos (démosle a los demás, lo que esperamos recibir de ellos, no pidamos lo que no ofrezcamos), porque ellos alcanzarán misericordia».

6)    «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios».

7)    «Bienaventurados los pacificadores (no los pasivos y que evitan el compromiso franco y práctico con la lucha por la paz), porque ellos serán llamados hijos de Dios».

8)    «Bienaventurados los que a pesar de la oposición y persecución, practican la justicia; porque de ellos es el reino de los cielos».

9)    «Bienaventurados aquellos que son perseguidos y maltratados por la causa de Jesús, cuando las acusaciones que pesen sobre ellos sean falsas y no sean más que simples difamaciones». 

Retomo ahora la bienaventuranza número siete.

Es en Mateo 5.9 la única ocasión en que encontramos en los evangelios canónicos, la frase «hijos de Dios» («juiói théu»), en los labios de Jesús. En tal sentido me es precio advertir que en Lucas 30.36, la expresión «son hijos de Dios» («juiói eisin theú»), no es exactamente la misma, en términos morfológicos.   

Por otro lado, resulta llamativo que en concordancia con el compromiso con la paz que siempre mostró Jesús (considérese Mateo 5.38-45; 11.29; Lucas 6.27-36); Jesús considere precisamente una bienaventuranza, una dicha, el comprometerse con la paz y con la justicia (bienaventuranzas 4, y 8), porque el mostrarse en franco compromiso con la paz, nos hace merecedores de ser considerados con la cualidad de ser «hijos de Dios».

Pero quiero profundizar un poco más en el término griego que emplea el evangelio de Mateo (5.9) y que la versión «Reina Valera 1960 (RV)» tradujo como «pacificadores». Pues bien, el término griego que está detrás de la traducción «pacificadores» en la referida versión de la Biblia, es «eirenopoiói», palabra que no se encuentra en ninguna otra parte en todo el Nuevo Testamento. Ahora bien, es «eirenopoiói» (nominativo masculino plural de «eirenopoiós») una palabra compuesta, por un lado, por el sustantivo «eiréne» (paz), y  por el verbo «poiéo» (hacer, crear, producir, trabajar., realizar, llevar a cabo, etc.).

En consecuencia, la palabra (sustantivo) «eirenopoiói» ha de entenderse como “hacedores de paz”, “trabajadores por la paz”, “pacificadores”, etc.

Por otro lado, como sustantivo compuesto, es preciso observar que éste se deriva del verbo «eirenopoiéo», verbo que sólo tiene presencia en un solo texto en todo el Nuevo Testamento, específicamente en Colosenses 1.20, en la expresión «haciendo la paz -más bien «habiendo hecho la paz»- («eirenopoiésas», participio aoristo, activo, nominativo, masculino singular de «eirenopoiéo») mediante la sangre de su cruz».

Además, quiero hacer resaltar otro detalle más en relación al verbo «eirenopoiéo», pero ahora en relación al texto griego (Septuaginta) del Antiguo Testamento hebreo (Tanaj). Resulta que es Proverbios 10.10 el único pasaje donde aparentemente se encuentra el verbo «eirenopoiéo» («eirenopoiéi», en tiempo presente, voz activa, tercera persona del singular) en toda la Septuaginta.

Ahora bien, mientras que el texto hebreo de Proverbios 10.10 afirma: «El que guiña el ojo origina desgracia; y el insensato de labios irá a la ruina».

La Septuaginta por su parte plantea: «El que da una respuesta positiva con los ojos (da un sí, asiente, etc.) pero con engaño, acumula tristezas para los demás literalmente: para los hombres, los varones); no así el que con sinceridad (franqueza) corrige, pues pacifica (hace la paz, contribuye a la paz)».

Como elemento  de comparación, cito ahora la traducción que de Proverbios 10.10  en la Septuaginta, hace G. Junemann: «El que asiente de ojos, con dolo, junta, para varones tristezas; y el que reconviene con libertad, pacifica».

Finalmente y, retomando de nuevo la séptima bienaventuranza, pero concluyendo; pienso que se hace necesario resaltar hoy la particular perspectiva de Jesús respecto de la idea de ser «hijos de Dios», cuando hay tantas personas, grupos, congregaciones y personas particulares que presumen del ser «hijos de Dios» en una forma única, casi exclusiva; que presumen de su fundamentalismo, de su sana doctrina, de su compromiso irrestricto con la Biblia, con la revelación divina, de su alejamiento del mundo, de su santidad, de su compromiso con el cielo nuevo y tierra nueva, de su “ciudadanía celestial”, de su ortodoxia en el plano de la sexualidad, de su oposición al reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBT y otras minorías, etc.

Hoy como siempre, y quizá como nunca, es preciso resaltar que en el contexto de las bienaventuranzas, Jesús considera «hijos de Dios», a las personas que se muestran e identifican de manera franca y no solapadamente, a favor de la lucha por la paz (que supone la búsqueda de la reconciliación), que trabajan por la paz, que contribuyen a la paz.

Por otro lado, llama la atención que es precisamente en el contexto del mismo sermón de la montaña, en un marco en el que Jesús exige el compromiso irrestricto con la paz (Mateo 5.38-48); donde volvemos a ver en sus labios una expresión parecida a la de Mateo 5.9 («juiói théu»). Esta expresión es “para que seáis «hijos de vuestro Padre» («juiói tu patrós jumón») que está en los cielos” (Mateo 5.45). Además, no podemos perder de vista la estrecha relación que tiene la bienaventuranza número siete (Mateo 5.9), con la cuarta (Mateo 5.6) y la octava (Mateo 5.10), dada la intrínseca relación que existe entre la paz («eiréne»)  y la justicia («dikaiosúne»).   

En suma, las personas que deseen presumir hoy de la cualidad de ser «hijos de Dios», en el marco de las bienaventuranzas; deberán tomar más en serio la perspectiva de Jesús. Deberán tomar partido, no podrán quedarse neutrales, deberán mostrar un franco compromiso con la reconciliación y por la paz irrestricta como bien supremo, por la convivencia pacífica, armoniosa y respetuosa, entre los seres humanos.     

En conclusión, en el marco del  «sermón del monte», «sermón de la montaña», en el contexto específico de las bienaventuranzas; para la persona misma de Jesús, las personas que trabajan por la paz, las que arriesgan sus vidas y su bienestar en la lucha por la justicia y por la paz; son éstas los verdaderos «hijos e hijas de Dios», y de ellas es el reino de los cielos (Mateo 5.9, 10).

Pongo punto final a este artículo, con las muy pertinentes y sabias palabras de José M. Castillo, cuando afirma: “Es evidente que, desde el  momento en que las Bienaventuranzas se ven “reducidas” a meras “virtudes” y además a virtudes “religiosas”, la fuerza  transformadora del mensaje de Reino se ve inevitablemente mutilada. Porque en esas condiciones siempre habrá cristianos que contenten su alma y su conciencia con una saludable religión, por más que en la vida de mucha gente haya demasiada hambre y demasiado sufrimiento” («El Reino de Dios por la vida y la dignidad de los seres humanos», 5ta edición, Desclée De Brouwer, 2004, página 71).



¡Dios nos ayude en esta tarea!

1 comentario:

  1. Me pareció genial este artículo, es lo bueno que tiene poder hacer exégesis teniendo un alto conocimiento de gramática.

    Bendiciones

    Miguel Castellón

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