martes, 20 de marzo de 2012

Exégesis versus tradición en la teología protestante Un caso concreto, algunas hipótesis

Exégesis versus tradición en la teología protestante
Un caso concreto, algunas hipótesis


Héctor B. Olea C.

¿Por qué persisten ciertas posturas doctrinales y teológicas en el seno de las comunidades del cristianismo protestante y evangélico, a pesar del avance y los aportes de los estudios histórico-críticos?

He aquí algunas personales hipótesis mías.

1) Las comunidades de fe (por lo menos aparentemente) fundamentan ciertas creencias y prácticas en lo que plantean algunos textos bíblicos.

2) Los estudios críticos ponen de relieve que el contenido de dichos textos total o parcialmente carece de fundamento textual, a la luz de los métodos exegéticos, principalmente de la crítica textual.

3) Ante los argumentos y declaraciones de las ciencias bíblicas, las comunidades de fe deciden apelar a la supuesta eficiencia que dicha creencia o práctica les ha proporcionado en el día a día, a lo largo de la historia; no sin antes satanizar el estudio científico de la Biblia.

En otras palabras, cuando las comunidades de fe escuchan las conclusiones de los métodos exegéticos, conclusiones que muchas veces dejan sin fundamento textual la persistencia de ciertas prácticas y doctrinas; las comunidades de fe de manera sutil y no abiertamente confesada, deciden cambiar el eje y el foco sobre el cual sostienen esas doctrinas y prácticas: deciden apelar a la tradición, a los años que se vienen observando tales prácticas y a los beneficios y aportes (reales o supuestos) que han recibido de éstas para la calidad de su devoción y vida espiritual, incluso para su real y efectiva perseverancia.









En consecuencia, aunque se resisten a admitirlo, el texto bíblico es relativizado y efectivamente relevado; al final, será la tradición, la práctica, la vivencia la que ha de terminar la persistencia de ciertas creencias, doctrinas, y prácticas, y no precisamente los textos bíblicos.

La gran paradoja es que estas comunidades de fe afirman a ultranza que sus creencias y prácticas dependen sólo y nada más de lo que se desprende únicamente de los textos bíblicos (hay quienes hablan de lo “explícito” e “implícito” en los textos bíblicos). Por tal razón, por ejemplo, poca importancia ha de recibir el análisis exegético del tema del ayuno por parte de muchas comunidades de fe, pues al margen de mis argumentos y las evidencias que he presentado, tales comunidades sienten que cuando ayunan reciben un poder y unos recursos espirituales, únicos, extraordinarios; una especie de renovación espiritual (supuesta o real) que ningún estudio exegético habrá de poner en duda, bajo sospecha o cuestionamiento.

En realidad la práctica del ayuno, así como otras, ante la efectiva legitimación de la tradición, la práctica y vivencia, no parece necesitar de exégesis alguna que venga a darle sustento y razón de ser. Lo interesante es que este cambio de foco y marco de referencia (de los textos a la vivencia y la praxis) es tan sutil que en la mayoría de las veces la persona que lo lleva a cabo no parece estar consciente de ello.

Al final parece que, y en efecto, en la comunidades de fe se cree y se practica lo que ellas entienden que debe creerse y practicarse, al margen de lo que en realidad digan los estudios bíblicos críticos y exegéticos; al fin y al cabo no es cierto que sus creencias y prácticas dependen única y exclusivamente de la exégesis de los textos bíblicos. Al final, las conveniencias de la vivencia y la praxis cristiana parecen aportar más fundamento y razón de ser a ciertas creencias, doctrinas y prácticas que los textos bíblicos mismos; textos bíblicos que, a pesar de todo, tanto se proclama y se dice que constituyen un marco de referencia vital e insustituible (Sola Escritura) en cuestiones de fe, creencia, doctrina, y práctica.



¡Hasta la próxima!

viernes, 9 de marzo de 2012

El varón fue creado primero, pero la mujer fue la que falló Una hipótesis bajo sospecha

Romanos 5.12-21 versus 1 Timoteo 2.11-14

Héctor B. Olea C.

En el mundo occidental donde el cristianismo es la religión dominante, es muy conocida la idea de que la existencia feliz del ser humano comenzó a tornarse complicada y problemática a partir de un momento muy específico. Cuando la mujer cedió a la propuesta de la serpiente, en aquel famoso encuentro en el huerto de Edén, según se lee en Génesis 3.1-22.

El relato de Génesis 3 ha recibido en la historia distintas lecturas. Dos de ellas tienen una presencia notable en la Biblia misma. Una ve a la mujer como la culpable del pecado, y por lo tanto demanda que la mujer tenga un bajo perfil, que sea pasiva y esté sujeta al varón en todo, no sea que ocurra de nuevo lo que pasó en Edén; es decir, que “cayó en transgresión” y arrastró consigo al varón. Esta es la lectura que encontramos en 1 Timoteo 2.11-15.

La otra lectura la observamos en Romanos 5.12-21. Esta lectura va en una dirección totalmente distinta a la anterior, y le atribuye estrictamente al varón la falla, la transgresión, el pecado, sin hacer alusión alguna a la mujer. Desde esta perspectiva, Pablo teologiza y plantea que el problema del pecado se debe a la falla de un varón (Adán); pero la solución al problema del pecado, también se la atribuye a otro varón, a Jesucristo.

Ahora bien, de todos modos, la perspectiva de Romanos 5.12-21, al final tampoco es muy halagüeña para la mujer, pues si bien a ella no se le atribuye el problema (o su origen), tampoco se le considera la solución o ser parte de ella: sencillamente el problema del pecado así como su solución es un asunto de hombres, de varones: un hombre lo causa, otro hombre lo resuelve.

Pasemos, pues, al análisis de cada lectura en particular.

Teología y perspectiva de Romanos 5.12-21

Un análisis adecuado y consistente de este pasaje no deber perder de vista que Pablo está apelando al relato de Génesis 3.1-22.

Ahora bien, a la luz de la prohibición establecida en Génesis 2.17 (“mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”), es claro que según Génesis 3.6 fue la mujer la primera que transgredió el mandato de no comer del árbol de la ciencia (conocimiento) del bien y del mal, y no el hombre (el varón, Adán no en su sentido genérico como sinónimo de “ser humano”, “la humanidad”).

Sorprende, pues, que Pablo afirme que “la muerte entró al mundo por medio de un hombre (específicamente un varón), y por medio del pecado la muerte pasó todos los hombres (específicamente los varones), por cuanto todos (todos los hombres, específicamente los varones) pecaron.”

¿Por que afirma Pablo que en Adán todos los varones pecaron, y no en la mujer, Eva; cuando al parecer el pecado entró (o debió entrar) por medio de ella, pues fue ella la primera que pecó? ¿Por qué afirma Pablo que el pecado entró por medio de un varón, y no por medio de una mujer? ¿Por qué ignora Pablo la responsabilidad que a la mujer sí le atribuye el relato de Génesis 3.1-22 (texto al que apela para su teología de la entrada del pecado en humanidad)? Consideremos algunos factores:

En primer lugar, no perdamos de vista que la narración de Génesis 3 se sustenta no en el relato de la creación de Génesis 1, sino en el de Génesis 2. Un detalle importante aquí es que el relato de Génesis 1 sugiere que el hombre y la mujer, ambos (en el uso genérico de la palabra Adán) fueron creados en un mismo acto de creación (véase Génesis 1.26-28); sin embargo, no así el relato de Génesis 2, el cual plantea que Adán (en su uso no genérico, estrictamente el varón) fue creado primero, y la mujer después (sin decirnos nada respecto del tiempo que separa la creación del varón y la puesta en existencia de la mujer).

Sobre esta base, el relato de Génesis 3 da por supuesto que para cuando Dios le dio la prohibición a Adán de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”; la mujer todavía no había sido creada, la mujer no había venido a la existencia. Observemos:

“Tomó, pues, Jehová Dios al hombre (a Adán como el varón), y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. 16Y mandó Jehová Dios al hombre (a Adán como el varón), diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; 17mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2.15-17).

En consecuencia, la antítesis que desarrolla Pablo (teniendo como polos a Adán y a Jesucristo teniendo ambos una relación federal con el resto de la humanidad), se sustenta en una premisa que no tiene a la mujer en su horizonte. Esto así, puesto que cuando se dio el mandato, cuando se fijo la prohibición, sencillamente la mujer no había sido puesta en existencia, no había entrado en escena.

Entonces, siendo así las cosas, a pesar de Génesis 3.6, Pablo no responsabiliza a la mujer del pecado, ya que ella no había recibido la prohibición que, en cambio, sí había recibido el varón; incluso mucho antes de que la mujer (siguiendo la teología del relato de la creación de Génesis 2) comenzara a existir, hubiera venido a la existencia. De todos modos, llama la atención que en su diálogo con la serpiente (ver Génesis 3.2), la mujer demuestra tener conocimiento de la prohibición que había, la que le había sido establecida estrictamente al varón, incluso sin la presencia de la mujer. Este detalle cobra más importancia ante el hecho de que a pesar de conocer la mujer la prohibición que había, a pesar de ser ella la primera que la violó; no es ella la que, curiosamente, es vista como responsable.

Una observación detenida de Génesis 3, pone en evidencia que la postura de Pablo no es tan descabellada ni se aleja tanto de la teología de dicho relato. Según Génesis 3, a pesar de que la mujer fue la primera que comió del árbol prohibido, a pesar de que tenía conocimiento de la prohibición que había, a pesar de que fue la primera que la violó; no obstante, es al hombre (estricta y específicamente al varón) al que se le impone la pena de muerte (la pena prometida en caso de ocurrir la violación): “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3.19).

Ciertamente la pena capital impuesta al varón, sobre la base de que la existencia de la mujer se considera dependiente y explicada a partir de la suya (de la del varón, idea asociada a la figura de “ayuda idónea”); es claro que afectaría por completo y de manera ineludible a la mujer.

Finalmente, al llegar a este punto, hay que reconocer que, a pesar de la antítesis que establece Pablo, y su explicación de cómo el pecado de Adán afectó a toda la raza humana; y a pesar de la teología agustiniana; lo cierto es que el judaísmo nunca ha extraído de Génesis 3.1-22 la figura del “pecado original”. Insisto, la figura de “pecado original” no existe en el judaísmo, y en honor a la verdad, tampoco forma parte de la teología bíblica del Nuevo Testamento (ni forma parte de la teología del AT). Tal concepción vino mucho después (siglo IV).

En conclusión, si la pena de muerte sería el castigo a la violación de la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal; es claro que según Pablo y Génesis 3, la mujer no fue la que pecó, no fue la responsable de la violación; pues al final, es a la persona que había recibido el mandato, la prohibición (el varón), a la que también le cantaron la pena previamente establecida (ver Génesis 2.16-17; 3.17 y 19).

Conclusión: Un varón es considerado por Pablo el medio a través del cual entró el pecado y la muerte a la humanidad; y por medio de un varón (otro varón, Jesucristo), también entraría el remedio y la solución a este mal (compare Romanos 5.12-21; 1 Corintios 15.45).
En síntesis: la mujer no es responsable de la entrada del pecado y la muerte en la humanidad (no es la mujer la responsable del problema); pero tampoco será la responsable de su solución (no es la mujer la responsable de la solución de un mal que no originó). Un varón es la clave del problema, otro varón es la clave de la solución.

Un detalle que quizás no esté demás apuntar aquí es el hecho de que Pablo no se muestra identificado con la cristología de la concepción, teología que vino a darle a la mujer, en la persona de María, un papel preponderante en el proyecto soteriológico de la fe cristiana (compárese Apocalipsis 12).

Teología y perspectiva de 1 Timoteo 2.13-14

Al igual que Romanos 5.12-21, también 1 Timoteo 2.11-14 apela en primer lugar al relato de la creación de Génesis 2 y no al de Génesis 1; en segundo lugar, apela también a la narración de Génesis 3; de todos modos, 1 Timoteo 2.11-14 va por otro camino y, lógicamente, saca otras conclusiones.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que en los estudios críticos se reconoce y existe el consenso de que las cartas pastorales (1 y 2 Timoteo, y Tito) no fueron escritas por Pablo (en contra de la postura tradicional que le atribuye a Pablo su autoría), pues son más bien obras seudónimas.

Por otro lado, es claro que la línea de pensamiento de 1 Timoteo 2.11-14 es muy distinta a la desarrollada por Pablo en Romanos 5.12-21, observemos:

Porque Adán fue formado primero, después Eva; 14y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión

A pesar de lo que plantea el autor de 1 Timoteo 2.11-14, es preciso insistir en que la conclusión a la que llega, difiere de la de Pablo, que no tiene el horizonte que tuvo Pablo en Romanos 5.12-21.

Para Pablo, a la luz de todas sus cartas, y especialmente por lo dicho en Romanos 5.12-21, no existió tal cosa como que la mujer fue la que pecó. Según Pablo la mujer no cayó en transgresión alguna a la manera en que plantea el autor de 1 Timoteo.

En verdad resulta curioso que el autor de 1 Timoteo ignore (si bien se basa en el relato de Génesis 2 y 3), algo que precisamente está en dicho relato: el hecho de que para cuando se dio la orden de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, se supone que ella (la mujer) no había sido creada. Ignora también el autor de 1 Timoteo que si bien la serpiente engañó a la mujer, todavía el relato mantiene e insiste en la idea de que la persona que pecó, el responsable de tal transgresión fue Adán (en su sentido no genérico), o sea, el varón.

En virtud de lo que acabo de decir, observemos cómo el creador aborda de manera muy distinta al hombre (el varón) y a la mujer, ante la violación de la prohibición establecida: Génesis 3.11 y 17 (con relación al hombre, el varón):

“Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?

“Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.

Génesis 3.13 y 16 (con relación a la mujer):

“Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí”

“A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”

Como se puede ver, para el relato de Génesis 3, aun cuando la mujer fue engañada, la insistencia de Dios; su argumento es que la prohibición se la había dado a Adán (como varón), específicamente al hombre; en consecuencia es a él (a Adán, el varón) que se le canta la pena. El tal sentido, el que Adán haya inculpado a la mujer, su compañera, no logró disminuir su responsabilidad. La pena que se le había prometido al varón (cuando se le dio a conocer la prohibición de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal), es a él (y no a la mujer), a quien se le impone.

En conclusión: el autor de 1 Timoteo, a diferencia de Pablo y del relato de Génesis 3, afirma que la mujer fue la cayó en transgresión, que fue ella la que pecó, a pesar de haber sido creada con posterioridad al varón, a pesar de no ser ella a quién se le había dado la prohibición de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.

De todos modos, Génesis 3 no ignora que la mujer fue engañada, que en efecto ella fue la primera que comió del fruto del árbol prohibido; pero aun así no la acusa de pecar, como sí lo hace el autor de 1 Timoteo. Luego Pablo, con base en Génesis 3, sostiene que el pecado entró por medio del varón, y no por medio de la mujer. Al final, resulta interesante, que a pesar de lo que plantea el relato de Génesis 3, y a pesar de lo que plantea Pablo en Romanos 5.12-21; el autor de 1 Timoteo culpa únicamente la mujer, pero sutilmente pretende exculpar al hombre, al varón (destacando además que la mujer, a pesar de haber sido creada con posterioridad al varón, fue ella la que dañó todo).

Ahora bien, si el pecado consistió en no hacer caso a una prohibición recibida (que es de lo que acusa Pablo a Adán como varón, en Romanos 5.12-21); entonces, lo correcto en concluir que la mujer no pecó y, siguiendo otra vez a Romanos 5, ella habría pecado en Adán, mediante el mismo tipo de relación federal que Adán tuvo con el resto de los varones, y con el resto de la humanidad.

Por otro lado, es preciso admitir que es innegable que el autor del relato de Génesis 3 encuadra las cosas para hacer que la mujer aparezca en el relato (en su diálogo con la serpiente, Génesis 3.1-3) como conociendo la prohibición que se le había dado estrictamente al varón antes de que ella fuera creada, antes de que ella viniera a la existencia. Aun así, llama la atención que al momento del creador pasar balance, el hecho de que la mujer tuviera conocimiento de la prohibición no tuvo ninguna relevancia en relación a la pena que le fue impuesta al varón.

Desde la perspectiva del creador (ateniéndonos siempre al relato de Génesis 3); el pecado o transgresión de la prohibición establecida, no fue un asunto de si la mujer sabía o no de tal prohibición; parece que era más bien un asunto que dependía de quién fue la persona que recibió directamente el mandato o prohibición (en este caso sólo el varón); sería, pues, esa persona y sólo ella, la que asumiría las consecuencias directas en caso de que dicha prohibición no fuese acatada.

Finalmente, podemos decir que Pablo en Romanos 5.12-21 ve las cosas igual que como las ve el creador (ajustándonos siempre a Génesis 3.11 y 17). Entonces, hay que concluir que la postura del autor de 1 Timoteo 2.11-15, es contraria y distinta a la de Génesis 3.11 y 17, y a la de Pablo en Romanos 5.12-21.

Como nota al margen, no quiero concluir este artículo sin decir algo, sin poner bajo cuestionamiento el tan manipulado y aclamado “orden de la creación”.

Como es bien sabido, hay muchas congregaciones que apelan 1 Timoteo 2.11-15 (entre otros textos) para justificar la no ordenación de la mujer, para negarle a la mujer su derecho de participar activamente y a plenitud en el liderazgo eclesial.

En verdad se han usado muchos argumentos para tratar de explicar lo que textualmente dice nuestro pasaje en cuestión. Me parece que el procedimiento más acertado es el que habla del llamado “orden de la creación”, ya que es al que apela el texto mismo. Observemos:

Porque Adán fue formado primero, después Eva” (1 Timoteo 2.13). Y luego añade: “y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión

Ahora bien, como ya hemos analizado en detalle la afirmación del versículo 14, ahora quiero llamar la atención sobre otro aspecto. A manera de sugerencia, quiero plantear algunas observaciones sobre algunos puntos que me parecen importantes para la adecuada interpretación del pasaje en cuestión, y de forma especial, la argumentación del versículo 13.

En primer lugar, las personas que hablan de “el orden de la creación” no debieran olvidar que en Génesis no tenemos uno, sino dos relatos de la creación, muy distintos e irreductibles.

En segundo lugar, pienso que sería más acertado hablar de “el orden de la creación” según el relato de Génesis 2; esto así, pues la perspectiva del relato de Génesis 1 es distinta y pone bajo cuestionamiento el punto de vista del relato de Génesis 1.

En tercer lugar, no se debe perder de vista que el autor de 1 Timoteo 2.11-15 se basa en el relato de Génesis 2 e ignora el punto de vista del relato de Génesis 1.

En cuarto lugar, no debiera ignorarse que el punto de vista del autor de 1 Timoteo es puesto entre dicho, en primer lugar y principalmente por el relato de Génesis 1; en segundo lugar, por la perspectiva desarrollada por Pablo en Romanos 5.12-21, entre otros pasajes.

En sexto lugar, cabe preguntarse si es legítimo basar la no ordenación de la mujer en un punto de vista que se sustenta en una evidencia parcial, y que claramente es puesta entre dicho por otros textos del AT y del NT mismo.

En resumen:

1) Lo afirmado por Pablo en Romanos 5.12-21 se sustenta la narración de Génesis 2 y 3.

2) Lo afirmado por el autor de 1 Timoteo 2.11-15 también se sustenta en la narración de Génesis 2 y 3.

3) El punto de vista Paulino respecto del pecado sólo del hombre, el varón (Romanos 5.12-21) halla su fundamento en Génesis 3.11 y 17.

4) En punto de vista del autor de 1 Timoteo 2.11-15 es contrario a lo que establece la narración de Génesis 2 y 3, a pesar de que precisamente fundamenta su punto de vista en dicho relato.

5) La idea de que la mujer fue creada con posterioridad a la del varón, es puesta en entredicho por el relato de Génesis 1 y otros pasajes.

6) La idea de que la mujer fue la que pecó (la que cayó en transgresión), es puesta bajo cuestionamiento por el relato de Génesis 3 (especialmente 3.11, 16 y 17); también por Romanos 5.12-21, entre otros pasajes.

7) La extraña forma en que el autor de 1 Timoteo exculpa al varón, es puesta en entredicho por el por Génesis 3.11 y 17, y por Romanos 5.12-21.

8) La constatación de que la postura del autor de 1 Timoteo 2.11-15 tiene un fundamento parcial, y que además se basa en una lectura e interpretación muy cuestionables del relato de Génesis 3; es preciso que nos preguntemos si es legítimo que todavía hoy se siga asumiendo sin más la perspectiva de este pasaje, usándola de pretexto para negarle la ordenación ministerial a la mujer, así como el derecho de estar en ciertos espacios considerados propios del varón.


¡Hasta la próxima!

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I)        «Textos canónicos» versus «manuscritos originales»                     

II)       Estudiar la Biblia con base en «textos traducidos» tiene  sus límites

III)      El valor de la transliteración y sus modalidades                     

IV)     Como la traducción, la transliteración también es contextual 

V)      «La Biblia dice», una expresión bajo sospecha                      

I)        «Biblia devocional» o «Biblia de estudio», ¿cuál es la mejor opción?

VII)    «Biblia católica» y «Biblia protestante», ¿una distinción legítima?

VIII)   El papel de la Biblia y el de la comunidad de fe en el proceso de interpretación bíblica y de elaboración teológica

IX)     La dependencia y el papel del «Espíritu Santo» en el proceso  de elaboración teológica y definición doctrinal

X)      La Biblia se resiste a ser esclavizada por católicos y    protestantes

XI)     Una traducción acertada de 2 Timoteo 2.16 debe ser distinta  a la que se lee en versión Reina Valera revisión de 1960

XII)    Una traducción acertada de 2 Timoteo 3.16 obliga a repensar también la interpretación de otros textos bíblicos relacionados

XIII)   ¿«Cuervos» o «comerciantes», ¿qué es lo que en realidad dice el texto hebreo  en 1 Reyes 17.4 y 6?

XIV)   ¿Por qué utilizar la figura de «el cuervo» para invitarnos a confiar en  Dios?

XV)    ¡Danos! ¿el sustento de hoy, o el de cada día? 

jueves, 8 de marzo de 2012

“Amarás a tu «prójima» como a ti mismo” ¿Quién dijo eso?





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XIII)   ¿«Cuervos» o «comerciantes», ¿qué es lo que en realidad dice el texto hebreo  en 1 Reyes 17.4 y 6?

XIV)   ¿Por qué utilizar la figura de «el cuervo» para invitarnos a confiar en  Dios?

XV)    ¡Danos! ¿el sustento de hoy, o el de cada día?       

martes, 6 de marzo de 2012

La tradición de los cuarenta días de ayuno de Jesús Un análisis bíblico, algunas observaciones

La tradición de los cuarenta días de ayuno de Jesús

Un análisis bíblico, algunas observaciones

Héctor B. Olea C.

El análisis de las observaciones que quiero presentar aquí respecto del tema planteado, se concentrará en la llamada “tradición sinóptica” (Marcos, Mateo y Lucas); pues el cuarto evangelio, el evangelio de Juan, al respecto nada dice, nada aporta.

Lo interesante es que, como veremos, la tradición sinóptica no muestra uniformidad en esta cuestión. Volviendo al evangelio de Juan, es muy difícil (aunque no imposible) que el autor de este evangelio no haya conocido la tradición en torno a los cuarenta días de ayuno de Jesús de Nazaret que proporciona la tradición sinóptica (más bien sólo una parte de ella). Ahora bien, en caso de haberla conocido, ¿por qué no la incluye el autor en su evangelio? Probablemente porque este elemento de la tradición no iría acorde con su cristología (cristología descendente, la que enfatiza los elementos que asocian a Jesús con la deidad). En todo caso, lo cierto es que definitivamente el cuarto evangelio no aporta nada en esta discusión.

Por otro lado, es obvio que la cristología de Marcos no es similar a la de Juan; en concordancia con Juan tampoco se identifica Marcos con la tradición que da origen a los relatos de la cristología de la concepción (sólo Mateo y Lucas); y al final tampoco se hace eco Marcos (considerado el primer evangelio en ser escrito) de la tradición del ayuno de Jesús en el desierto.

Retomando la situación en torno a los evangelios sinópticos, quiero comenzar citando lo que textualmente dice cada evangelio, a la luz de cómo se leen en la Reina Valera 1960. Posteriormente apelaremos al texto griego.

El Evangelio de Marcos: “Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. 13Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían” (Marcos: 1.12-13)

El Evangelio de Mateo: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. 2Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre”

(Mateo: 4.1-2)

El Evangelio de Lucas: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto 2por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre” (Lucas: 4.1-2)

Observaciones:

Marcos, a diferencia de Mateo, no dice que Jesús fue impulsado (por el Espíritu) para ser tentado. Simplemente afirma que fue impulsado por el Espíritu al desierto.

Marcos, en concordancia con Mateo y Lucas, afirma que el tiempo de Jesús en el desierto fue de cuarenta (40) días.

Marcos, a diferencia de Mateo y Lucas, no dice que Jesús estuvo ayunando durante esos cuarenta días en el desierto; simplemente afirma “y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían

Mateo, a diferencia de Marcos, afirma categórica y expresamente que Jesús fue impulsado al desierto (por el Espíritu) “para ser tentado por el diablo”.

Mateo, a diferencia de Marcos (y en concordancia con Lucas) sostiene que Jesús estuvo en ayuno esos cuarenta días que estuvo en el desierto.

Lucas, a diferencia de Mateo, pero en concordancia con Marcos, no sostiene que Jesús fue llevado al desierto para ser tentado por el diablo. Simplemente afirma que estando allí “era tentado por el diablo”.

Lucas, en concordancia con Mateo, y a diferencia de Marcos, sostiene que Jesús estuvo en ayuno mientras estuvo esos cuarenta días en el desierto. De todos modos, lo plantea con otras palabras. Mientras que Mateo afirma “Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre”; Lucas afirma “Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre

Un importante detalle que tenemos que tomar en cuenta al observar que sólo Mateo y Lucas se hacen eco de la tradición de los cuarenta días de ayuno de Jesús; es que esta tradición forma parte de la otra fuente utilizada por estos dos evangelistas (además de Marcos), para componer sus evangelios; la llamada “fuente Q” (“El evangelio desconocido”).

Pasemos a considerar ahora, ciertas diferencias en la tradición sinóptica, pero a la luz del texto griego.

1) Para hacer referencia a los cuarenta días de ayuno (sólo Mateo y Lucas), Mateo y Lucas usan dos verbos distintos:

Por un lado, observamos que Mateo emplea una forma verbal (“nestéusas”) del verbo griego “nestéuo” (ayunar): “ayunó”.

Por otro lado, Lucas emplea una forma verbal (“éfaguen”) del verbo “esthío” (comer), acompañada de la partícula negativa (o adverbio de negación) “uk” (“uk éfaguen”: no comió).

2) Según Mateo 4.1 el Espíritu actuó como causa principal (empleando la preposición griega “jupó” acompañada por el caso genitivo) al llevar a Jesús al desierto para ser tentado.

Pero Lucas 4.1 presenta la misma acción del Espíritu, también como la de causa principal, pero usando el caso dativo, en este caso con la preposición “en”.

Es oportuno puntualizar que aunque la regla es que el agente personal (quien realiza la acción del verbo) de un verbo en voz pasiva, se exprese por lo general con la preposición griega “jupó” acompañada por el caso genitivo; también es cierto que la misma idea se puede expresar muy bien con el caso dativo, pero sin preposición. Curiosamente aquí encontramos un verbo en voz pasiva, pero acompañado por el caso dativo más la preposición “en”.

Ahora bien, que el texto de Lucas 4.1 emplee la preposición “en” en este caso, se debe al influjo del idioma hebreo y su uso frecuente de la preposición “be” para señalar tanto una acción del tipo “causa instrumental” como del tipo “causa principal”.

Otra diferencia es que Mateo 4:1 usa el aoristo pasivo (anéjthe) del verbo “anágo” (conducir), a diferencia de Lucas que emplea una forma verbal en voz pasiva y en tiempo imperfecto (“égueto”) del verbo “ágo” (“conducir”). Lamentablemente la versión Reina Valera 1960 no establece diferencia al traducir “fue llevado” tanto en Mateo 4.1 como en Lucas 4.1.

Es cierto que la versión Reina Valera 1960 tradujo muy bien la forma verbal “anéjthe”, que tiene Mateo en el texto griego, es decir “fue llevado”. No obstante y, en cambio, la forma verbal “égueto” que en realidad leemos en el texto griego de Lucas 4.1, demanda la traducción “era guiado”, “era conducido”, y no “fue llevado” como se lee en la Reina Valera 1960.

En conclusión, mientras que Mateo 4.1 afirma que el Espíritu condujo a Jesús al desierto; Lucas 4.1 más bien sostiene que “en el desierto (estando en el desierto) el Espíritu conducía (guiaba) a Jesús.

3) La versión de Marcos en relación a la versión de Mateo y Lucas

Por un lado, la versión o perspectiva de Marcos concuerda con la de Mateo y la de Lucas, al señalar la acción del Espíritu como la de una acción principal. Por otro lado, es diferente de la de Mateo y de la de Lucas, porque usa una estructura gramatical distinta para expresar la misma idea y describir la misma acción. Observemos:

En primer lugar, Marcos no usa el dativo (como Lucas), ni la preposición “jupó” más el caso genitivo (como Mateo). Marcos, sencillamente usa la estructura básica de un sujeto gramatical y su correspondiente acción verbal con un complemento u objeto directo (“le impulsó”). Marcos señala al Espíritu como el sujeto gramatical que realiza una acción con un verbo transitivo (griego “ekbálo”), siendo Jesús el complemento u objeto directo. Con dicha estructura, Marcos presenta al Espíritu como el único sujeto (causa eficiente) de dicho verbo (griego “ekbálei”, forma verbal de “ekbálo), concordando así con Mateo y Lucas.

En segundo lugar, hay un matiz con el cual la versión de Marcos concuerda con la de Mateo y no con la de Lucas. Me explico, Marcos y Mateo coinciden en afirmar que el Espíritu Santo impulsó a Jesús al (hacia el) desierto (“eis ten éremon”); pero Lucas más bien sugiere que el Espíritu guiaba (conducía) a Jesús en el ámbito del desierto (mientras estuvo, estaba, en el desierto; el griego “en te éremo”).

En tercer lugar, y con relación específica al verbo, Marcos usa el presente histórico (griego “ekbálei” forma verbal de “ekbálo”: “lo arroja, lo echa”), tiempo que en la narración de hechos pasados se usa para hacer los eventos más vívidos o actualizarlos en el presente. En este aspecto disiente tanto de Mateo (que usa el aoristo pasivo del verbo “anágo”, o sea “anéjthe”: “fue conducido, impulsado”), así como de Lucas (que usa el imperfecto pasivo del verbo “ágo”, o sea, “égueto”: “era conducido, guiado”).

Finalmente, respecto a los cuarenta (40) años, diré que no hay nada que obligue a interpretarlos literalmente. Pienso que la explicación que ofrece E. W. Bullinguer («Cómo entender y explicar los números de la Biblia», publicado por CLIE), es adecuada, cito: “El número 40 ha sido reconocido universalmente y durante mucho tiempo como un importante número, tanto debido a la frecuencia de su aparición, como a la uniformidad de su asociación con un período de prueba y disciplina” (página 288).

Conclusión:

Como queda demostrado por este análisis, se deduce que cualquier valoración de los cuarenta días de ayuno de Jesús de Nazaret, no debe ignorar varias cosas:

En primer lugar, que dos de los evangelios canónicos (Marcos y Juan), no dicen nada al respecto, y sencillamente no concuerdan con Mateo y Lucas en este sentido. Ahora bien, no digo que Marcos y Juan no hayan conocido este elemento de las tradiciones relacionadas con la figura histórica de Jesús de Nazaret; simplemente afirmo que Marcos y Juan no concuerdan en este punto con Mateo y Lucas, porque no incluyeron en sus evangelios ese elemento de la tradición en torno a la figura histórica de Jesús de Nazaret.

En segundo lugar, que la tradición sinóptica misma (Marcos, Mateo y Lucas) no presenta uniformidad en la forma en que relata la estadía de cuarenta días de Jesús en el desierto, después de ser bautizado por Juan (detalle en el que, sin embargo, concuerdan Marcos, Mateo y Lucas). Claro está, también llama la atención que el cuarto evangelio, el evangelio de Juan, no dice nada respecto de que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista; más bien va en sentido muy contrario (léase Juan 1.25-34).

En tercer lugar, que no hay razón alguna para interpretar estos cuarenta días de Jesús en el desierto como un tiempo o período radicalmente literal. Más bien, por su uso generalizado en la Biblia misma, parece más acertado interpretarlo sencillamente como un período de disciplina y capacitación.

En cuarto lugar, que a pesar del testimonio de Mateo y Lucas (sólo de estos dos evangelistas) del ayuno de Jesús mientras estuvo en el desierto, después de ser bautizado y, al principio de su ministerio; no obstante, no se puede soslayar el hecho de que no hay en los evangelios ni en las epístolas, una sola evidencia de que Jesús enseñara o exigiera alguna vez, como necesaria, la práctica del ayuno. A lo más que se puede llegar es a sostener que en sus enseñanzas Jesús reconoció que el ayuno era una práctica judía observada y muy conocida en su tiempo, aunque ciertamente no establecida por las Escrituras del AT como una exigencia divina.

¡Hasta la próxima!