viernes, 30 de septiembre de 2011

Ni «católicas» ni «protestantes», sólo «Biblias» A propósito de los agentes que difunden la Biblia 2 de 4

Ni «católicas» ni «protestantes», sólo «Biblias»

A propósito de los agentes que difunden la Biblia

2 de 4

Héctor B. Olea C.

Breve explicación de la presencia de los libros «deuterocanónicos» en las llamadas «Biblias católicas»

Dado los prejuicios que existen en el protestantismo respecto de las llamadas «Biblias católicas» y los libros «deuterocanónicos», pienso que el proceso de recepción de estos libros y su presencia en dichas versiones de la Biblia (y en realidad no sólo en ellas), merece una breve explicación.

En primer lugar, hay que reconocer que para cuando surge el cristianismo, y para cuando comenzaron a surgir los primeros documentos que vendrían a conformar el Nuevo Testamento, los judíos todavía estaban discutiendo la recepción y normatividad de algunos libros del Antiguo Testamento. Esto nos lleva a reconocer que para antes de los años 90 no se había impuesto del todo el consenso logrado a partir de esa fecha. En otras palabras, para cuando se escribió la mayor parte de las obras que conforman el actual canon del Nuevo Testamento, todavía no se había impuesto entre los judíos la idea de un canon ya cerrado.

En segundo lugar, se hace preciso reconocer que el proceso de recepción de los libros del Antiguo Testamento por parte de los judíos y por parte de los cristianos, recorrió caminos distintos. Esto explica que en el Nuevo Testamento mismo encontremos citas directas (dependencia literaria) de libros que no hallaron lugar en el canon hebreo definitivamente fijado y cerrado por los judíos a finales del primer siglo de nuestra era, y a principios del siglo segundo.

Ahora bien, mientras que a finales del siglo primero de la era cristiana los judíos todavía no tenían una idea de un canon cerrado del todo, y mientras avanzaba (pero todavía no se había impuesto) la idea de un canon definitivamente cerrado, algunas comunidades cristianas estaban leyendo y empleando en su liturgia algunos libros que finalmente no entraron en el canon judío, y entre estos estaban los «deuterocanónicos».

En esta línea argumenta José Manuel Sánchez Caro, cuando afirma: “En realidad… la lista de los libros de la Biblia hebrea era fluctuante al menos hasta el año 70 de la era cristiana. Y es precisamente en este período cuando nace la Iglesia, que hereda de la comunidad judía una serie de libros sagrados, cuya lista aún no estaba definitivamente cerrada. Hemos de suponer, por tanto, que el desarrollo del canon cristiano del Antiguo Testamento tuvo su propia historia, independiente, aunque paralela al esfuerzo realizado por los rabinos fariseos en el periodo que discurre entre las dos rebeliones judías contra los romanos” («Biblia y palabra de Dios», página 89).

Continúa José Manuel Sánchez Caro, diciendo: “En conclusión, durante el siglo I de la era cristiana no parece existir un canon fijo de la Biblia hebrea, si bien, se aceptan como libros sagrados y con autoridad los contenidos en la Ley y los Profetas, además de algunos Escritos, particularmente los Salmos. Pero ni siquiera en este último caso podemos sabe con claridad si existía un libro que contuviera todos los salmos actualmente integrados en la Biblia y cuáles salmos eran reconocidos como Escritura con autoridad. La elaboración de un canon concreto de la Biblia hebrea parece ser obra de los judíos fariseos en el tiempo que media entre las dos rebeliones judías, es decir, entre el 70 y el 135 de la era cristiana” (Obra citada, página 88).

En lo que a los concilios se refiere, podemos decir que en la iglesia occidental hubo tres concilios que se expresaron con relación al canon. El primero fue el primer Concilio de Cartago en el año 393. Con seguridad hubo un segundo Concilio de Cartago, pues para el año 397 se habla del “Tercer Concilio de Cartago”. Sobre estos concilios, F.F. Bruce, afirma: “Parece que estos fueron los primeros concilios de la iglesia en los que hubo una decisión oficial acerca del canon. Cuando se tomó esa decisión, no se impuso ninguna innovación; se limitaron a ratificar lo que había llegado a ser el consenso general de las iglesias occidentales y de la mayor parte de las iglesias orientales” («El canon de la Escritura», página 96). Continua F. F. Bruce, diciendo: “El Sexto Concilio de Cartago (419 de la era cristiana) volvió a promulgar las decisiones del Tercer Concilio de Cartago, una vez más con la inclusión de los libros apócrifos (los «deuterocanónicos»)” (Obra citada, página 97).

Gonzalo Báez Camargo también apunta: “Es ya en el siglo 4 cuando encontramos los que son al parecer los más antiguos dictámenes al respecto, emitidos por sínodos y concilios. Como en el caso de los Padres de la Iglesia, tampoco hay completa unanimidad en ellos. El Sínodo de Laodicea (363) dio una lista que es la del canon hebreo, más Baruc con la “Carta de Jeremías”. Siendo el texto de Ester y Daniel el de la versión griega, es de suponerse que en ambos se incluían las respectivas adiciones. Laodicea aludía a libros llamados “acanónicos”, y disponía que no debían leerse en la iglesia. El Sínodo de Roma (382) incluyó entre los libros “que la Iglesia católica universal debe aceptar”, Sabiduría, Eclesiástico, Tobit, Judit y I y II Macabeos. Según el Concilio de Hipona (393) todos los deuterocanónicos han de ser considerados como Escritura. El Sínodo de Cartago (397) reconoció Eclesiástico, Sabiduría, Tobit, Judit, Ester con sus adiciones, I y II Esdras y I y II Macabeos. Otro Sínodo de Cartago, el de 419, siguió prácticamente el criterio del anterior. Lo mismo hicieron el Concilio de Constantinopla (Trullano) (692) y el de Florencia (706)” («Breve historia del canon bíblico», página 22, edición digital).

Ahora, es interesante hacer notar el hecho de que las decisiones finales de estos concilios hayan incluido los libros «deuterocanónicos», hecho que no debe sorprender, pues, Cartago era una región bajo la influencia de Agustín, quien no tenía la idea de un canon de 39 libros como quizás piensan muchas personas. Es más, ocurre que en una declaración explícita que hizo Agustín sobre los libros y límites del canon bíblico, éste incluía a Tobías (Tobit), Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico. Con relación a los demás libros deuterocanónicos, F.F. Bruce, afirma: “Lamentaciones, Baruc, y la Carta de Jeremías (que en la Biblia en latín aparecen como el capítulo sies de Baruc) se incluyen en Jeremías” («El canon de la Escritura», página 95).

Con relación a la iglesias orientales, “baste decir que, en 1642 y 1672 respectivamente, los sínodos ortodoxos de Jassy (Iasi) y Jerusalén confirmaron como partes genuinas de la Escritura los libros añadidos en la Septuaginta ampliada (que se suponían canónicos): 1 Esdras (3 Esdras de la Vulgata), Tobit, Judit, 1,2 y 3 Macabeos, Sabiduría, el hijo de Sirac (Eclesiástico), Baruc y la Carta de Jeremías” (F.F. Bruce, obra citada página 80).

Ciertamente es innegable el uso y valoración de los «deuterocanónicos» por muchas comunidades cristianas de los primeros cinco siglos (aunque en verdad no siempre se valoraron en la misma medida).

Una irrefutable evidencia concreta, un importante testimonio del valor y uso que alcanzaron los «deuterocanónicos» en las primeras comunidades cristianas de los primeros cinco siglos, lo encontramos en el hecho de que los tres manuscritos unciales (en letras mayúsculas) de los que depende la crítica textual del Nuevo Testamento (sus principales y mejores testigos), son más bien copias de la Septuaginta que incluían gran parte del AT y del NT. Resulta que estos tres grandes testigos incluyen los «deuterocanónicos», aunque la lista muestra ligeras variantes de manuscrito a manuscrito.

El códice “Sinaítico” (del siglo IV de la era cristiana), contiene los siguientes deuterocanónicos: Tobit, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Sirac.

El códice “Vaticano” (del siglo IV de la era cristiana), contiene los siguientes deuterocanónicos: Sirac, Judit, Tobit, Baruc,

El códice “Alejandrino” (del siglo V de la era cristiana), contiene los siguientes deuterocanónicos: Tobit, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sirac.

En consecuencia, los manuscritos el Sinaítico, Vaticano, y el Alejandrino, no sólo nos sirven para evaluar el texto griego estandarizado alrededor del siglo quinto de la era cristiana, sino que también nos proporcionan la evidencia de la aceptación y valoración de los «deuterocanónicos» por algunas comunidades cristianas de los primeros cinco siglos.

Además, si los tres referidos manuscritos son de una calidad incuestionable como testigos del texto griego más antiguo (más próximo al original), no es menos cierto que también son testigos de que los «deuterocanónicos» tuvieron una presencia y valoración en medio de las comunidades cristianas de los primeros cinco siglos (realidad al parecer ignorada por muchas comunidades cristianas hoy, incluso por personas estudiosas de la Biblia y de la historia de la de cristiana).

Ahora bien, ¿por qué no entraron en el canon hebreo los libros «deuterocanónicos»? ¿Sería, tal vez, por su idioma?

Mi personal punto de vista es que es más verosímil afirmar que tales libros no entraron en el canon hebreo porque formaban parte de la Septuaginta, y no precisamente por su idioma. Me explico. Lo que en realidad rechazaron los judíos a partir de Yabné (Jamnia) no fue precisamente los deuterocanónicos, sino la Septuaginta como tal.

Además, respecto del idioma de los «deuterocanónicos», Gonzalo Báez Camargo, apunta (Breve historia del canon bíblico): “Hasta donde sabemos, los deuterocanónicos fueron escritos originalmente, unos en griego: II Macabeos, parte de Sabiduría y las dos cartas de Artajerjes en Ester; otros en hebreo: Baruc, Eclesiástico, Judit y el resto de Sabiduría, y algunos en arameo: las dos cartas del principio de II Macabeos, Tobit, el Ester del que se hizo la versión griega, la Carta de Jeremías y II Esdras (I Esdras de Rahlfs)” («Breve historia del canon bíblico», página 17, edición digital).

Ahora bien, insisto en destacar el rechazo judío a la Septuaginta como tal y no propiamente a los «deuterocanónicos», para no crear la falsa expectativa de que los judíos sí estaban conformes y a gusto con la versión griega de los 39 libros del canon hebreo que también formaban parte de la Septuaginta.

El hecho es que si bien la LXX se había convertido en el Tanaj de los judíos de la dispersión y principalmente de habla griega, lo cierto es que en la medida en que las comunidades cristianas la hicieron suya, y la consideraron adecuada y útil para su lectura del AT en clave cristológica (y para sus polémicas con los judíos), los judíos la fueron rechazando, hasta prohibir su uso. Precisamente Gonzalo Báez Camargo plantea que “Los judíos, por influencia decisiva del venerable rabí Aquiba, rechazaron definitivamente la LXX en el año 130 A.D. y patrocinaron y adoptaron una versión griega enteramente nueva” (Obra citada, página 20). Aunque plantea también que esta nueva traducción fue más bien desastrosa.

Algunos ejemplos que muestran la forma en que la LXX facilitó la interpretación del Antiguo Testamento en clave cristológica son:

En primer lugar, sólo mediante el texto griego de Isaías 7.14 podía el autor del evangelio de Mateo hacer una lectura cristológica de dicho pasaje, y aplicárselo al nacimiento de Jesús, y hablar de “una virgen” (aunque el texto hebreo no apunta en esa línea).

En segundo lugar, la afirmación de que el “logos” tuvo un papel importante en la creación como lo sugiere Juan 1.3, halla una base o fundamento en el texto griego del Salmo 33.6, cuando se lee en la LXX que “Por la palabra (lógos) del Señor fueron hechos los cielos”.

En tercer lugar, la tradicional traducción de la LXX de la palabra hebrea “Toráh” con la palabra “nomos” (ley), sirve muy bien de base para el lenguaje cristiano en su discurso y visión de la religión judía como una religión extremadamente legalista. Por un lado, lo cierto es la palabra hebrea “Toráh” no significa esencialmente “ley”, sino más bien “instrucción”.

En conclusión, el rechazo de los deuterocanónicos hay que explicarlo y entenderlo en el contexto del rechazo a la Septuaginta como tal, y no estrictamente a una sección de la misma.

Los deuterocanónicos y el Concilio de Trento

Si bien los protestantes históricamente han rechazado el que se adopten como inspirados los libros «deuterocanónicos», lo cierto es que la valoración que recibieron los «deuterocanónicos» en el concilio de Trento fue más bien una especie ratificación del valor que una gran parte de las iglesias le había dado a tales libros (si bien no todas las iglesias y ni todos los pensadores cristianos de los primeros cinco siglos, incluyendo el oriente griego y el occidente latino, los valoraron en la misma proporción).

Al respecto se pronuncia el biblista católico André Paul: “Una de las primeras disposiciones dogmáticas del concilio de Trento (diciembre de 1945 a diciembre de 1563) fue fijar de una vez por todas las lista canónica de los libros santos, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento. El concilio recogió íntegra y literalmente el canon que el concilio de Florencia había definido y proclamado el 4 de febrero de 1442 (Decreto para los jacobitas), como constitutivo de las Escrituras inspiradas. Hay que subrayar un hecho: tanto en los textos oficiales de Florencia como en Trento no se hace distinción entre categorías de libros: todos están situados en el mismo plano” («La Biblia y occidente», página 396).

Ciertamente tiene razón André Paul cuando luego sostiene que la distinción entre libros “protocanónicos” (libros del canon hebreo) y “deuterocanónicos” (los libros adicionales que incluyen las llamadas «Biblias católicas») no era conocida para ese entonces, para la fecha de clausura del concilio de Trento. A propósito, Gonzalo Báez Camargo sostiene: “Hacia 1566 se comenzó a llamar “protocanónicos” a los libros del canon hebreo, y “deuterocanónicos” a los demás incluidos en la lista de libros que el Concilio de Trento había declarado, sin distinción, canónicos” («Breve historia del canon bíblico», página 26, edición digital).

En otras palabras, es sólo tres años después de la clausura del concilio de Trento cuando entra en escena la terminología de “protocanónicos” y “deuterocanónicos”. Esto significa que no se le puede atribuir al concilio de Trento el haber creado o establecido la distinción mencionada, ni el haber creado una especie de término favorable («deuterocanónicos») particularmente para la teología católica y para su idea del canon bíblico.

De todos modos, es claro que las decisiones del concilio de Trento se dieron estrictamente en el contexto propiamente católico, lo cual significa que no son vinculantes en forma alguna para el cristianismo protestante; no obstante, pienso que los protestantes harían bien en considerar de buen ánimo y con sentido crítico el proceso histórico que explica el valor que recibieron los deuterocanónicos en las comunidades cristianas de los primeros cinco siglos, por un lado, y en el cristianismo propiamente católico, por otro.

Finalmente, pienso que un aspecto que merece analizarse con la debida ponderación es lo que podríamos llamar “voluntad Judía” respecto de la idea cristiana del canon del Antiguo Testamento.

Me pregunto: ¿Es posible decir que las autoridades judías le impusieron a las primitivas comunidades cristianas su particular visión del canon hebreo? ¿Es posible sostener que las autoridades y comunidades judías han logrado que las comunidades cristianas adopten su particular lectura e interpretación del canon hebreo? ¿Han tomado en cuenta las comunidades cristianas la particular lectura e interpretación judía del canon hebreo? ¿Se han sentido obligadas las comunidades cristianas a adoptar la lectura e interpretación judía del canon hebreo en su apropiación, lectura e interpretación del mismo canon hebreo? ¿Estarían o no las comunidades cristianas en la obligatoriedad de asumir el canon hebreo (en los términos propiamente judíos) cuando por otro lado no han tomado en cuenta la propia lectura e interpretación de la comunidad (intérprete primaria del texto hebreo)? ¿Cómo olvidar que en el proceso de definición, fijación y cierre del canon hebreo no hubo participación cristiana, ni se tomaron en cuenta sus puntos de vista al respecto? ¿Cómo olvidar que en el proceso de definición, fijación y cierre del canon bíblico (la Biblia como fenómeno o realidad cristiana) no hubo participación judía? ¿Podrían y, se habrán sentido libres o no, las comunidades cristianas para asumir un canon del Antiguo Testamento un poco distinto al canon hebreo?

Creo que la siguiente cita (extensa por necesidad, pero pertinente y muy ilustrativa) de Gonzalo Báez Camargo ha de ayudar sobremanera a la ponderación de las preguntas planteadas:

“Muy debatida fue la aceptación de Ester, Eclesiastés y Cantar de Cantares. Es interesante que hubo dudas también en cuanto a la aceptación de uno de los grandes profetas, nada menos que Ezequiel. La razón que se invocaba era que los rabinos advertían diferencias entre las ordenanzas consignadas en los caps. 40–48 y las contenidas en la Toráh. Ezequiel estuvo a punto de ser declarado guenuzí, hasta que un rabino muy respetado, Ananías ben Ezequías, halló solución a las discrepancias que, según dijimos antes, se le encontraban con la Toráh”

“Es interesante que casi todos los guenuzim, una vez definido el canon en Yabneh, fueron preservados y usados por los cristianos primitivos, por lo cual el texto que de ellos se conoce es el de copias de origen cristiano. También es interesante notar que una de las decisiones de Yabneh fue que “el evangelio (es decir, los escritos cristianos) y los libros de los herejes no son Sagrada Escritura”

“Los guenuzim eran libros no autorizados para lectura general y mucho menos para lectura en las sinagogas. Eran libros que se guardaban o reservaban para uso exclusivo de ciertas personas que podían usarlos con discernimiento, porque ofrecían algunos problemas teológicos o de concordancia con la Ley” («Breve historia del canon bíblico», páginas 11 y 12, edición digital).

“Es un hecho que no hay en el Nuevo Testamento citas directas y textuales de los libros deuterocanónicos. Pero la cita directa o la falta de ella de algún libro es realmente un dato neutral que no va en favor ni en contra de la autoridad de él. Tampoco se citan directamente en el Nuevo Testamento Josué, Jueces, Crónicas, Esdras-Nehemías, Esther, Eclesiastés, Cantares, Lamentaciones, Abdías, Nahum ni Sofonias. En cambio se citan apócrifos que no llegaron a aceptarse ni siquiera como deuterocanónicos. En Judas 9 la referencia y la cita son de la “Asunción de Moisés”, identificación hecha ya por Orígenes (siglo 3). En 14 y 15 se cita textualmente y por nombre el “Libro de Enoc”, y en 6 y 13 se advierten influencias del mismo apócrifo. Orígenes decía que la cita de 1 Corintios 2.9 es del “Apocalipsis de Elías”. Es también la opinión sustentada más tarde por San Jerónimo (siglo 4). Esta cita se suele dar como de Isaías 64.4, pero no coincide. Lo mismo sucede con la cita atribuida a Jeremías en Mateo 27.9, 10, que no es del Jeremías canónico, y que erróneamente se considera de Zacarías 11.12, 13. San Jerónimo la halló textualmente en un “Apócrifo de Jeremías”, una copia del cual asegura que tuvo en sus manos. En 1 P. 3.19 la alusión a los “espíritus encarcelados” proviene de “Enoc”, capítulos 14 y 15”

“Es sabido que los nombres de Janes y Jambres no aparecen en Éxodo 7.11, donde se narra el incidente a que alude 2 Timoteo 3.8. Orígenes afirma que existió un “Libro de Janes y Jambres”. De ser así, de él provendrían estos nombres o, de todos modos, de alguna leyenda judía. Es posible, también, que en Hebreos 11.37, “aserrados” se base en otro apócrifo, el “Martirio de Jeremías”, en que se dice que así fue como murió el profeta. No se sabe de qué libro tenido por inspirado es la cita de Efesio 5.14 ni qué “Escritura” es la citada en Santiago 4.5, pero en estos casos, como en los de Lucas 11.49–51a y Juan 7.38, a que aludimos anteriormente, e igualmente en los de Mateo 2.23, Lucas 24.46 y Juan 12.34, se trataría de escritos que no entraron en el canon hebreo ni en la LXX. Hay además en el Nuevo Testamento citas de escritos no pertenecientes a la literatura judía: en Hechos 17.28, del “Himno a Zeus”, del filósofo estoico Cleantes; en 1 Corintios 15.33, un verso de la comedia “Tais”, del poeta griego Menander; en Tito 1.12, un dicho de Epiménides”

“En cuanto a los deuterocanónicos, no hay, como antes dijimos, citas directas de ellos, pero sí paralelos, alusiones indirectas e influencias más o menos visibles. En Efesios 6.13–17, la figura de la “armadura de Dios”puede haberse inspirado en el pasaje similar de Sabiduría 5.18–20. En Hebreos 1.1–3 hay dos palabras griegas que no ocurren en ningún otro pasaje del Nuevo Testamento: polumerós (“de muchas maneras”) y apaúgasma (“resplandor”), que son las mismas que aparecen en Sabiduría 7.22 y 23 respectivamente, aplicadas a la Sabiduría Divina. El autor de Hebreos las refiere al Hijo, que según una antigua interpretación es la Sabiduría personificada, y que el pensamiento cristiano primitivo identificaba con Cristo (cf. “Cristo… sabiduría de Dios”, en 1 Corintios 1.24). Otro pasaje del mismo libro (3.14, 15) parece basarse en II Macabeos 6.18–7.42, que habla de los sufrimientos de los judíos perseguidos por los tiranos seléucidas. Santiago 1.19, 8 parece basarse en Eclesiástico 5.11, y hay otros pasajes de Santiago que sugieren influencias de este deuterocanónico y de Sabiduría. En Mateo 27.43 puede estar reflejado Sabiduría 2.13, 18. El concepto del cuerpo que hallamos en 2 Corintios 5.4 coincide con el de Sabiduría 9.15. Y Romanos 1.20–32 tiene sustancial parecido con Sabiduría 13.1–9; 14.22–31. Un cotejo más detenido podría mostrarnos que los escritores del Nuevo Testamento conocían y a veces utilizaban directa o indirectamente los libros deuterocanónicos, cualquiera que fuera el grado de autoridad que les reconocieran” («Breve historia del canon bíblico», páginas 19 y 20, edición digital).

Al final, no podemos negar el hecho de que no son los libros «deuterocanónicos» la base ni el centro de las principales e históricas diferencias que separan el «cristianismo católico» del «cristianismo protestante» (y viceversa). Después de todo, un canon del Antiguo Testamento en común (de 39 libros) para todas las comunidades de fe dentro del «cristianismo protestante» tampoco ha podido generar o ser garante de ciertos consensos y de posturas comunes entre estas (ya en la lectura, interpretación y aplicación del Antiguo Testamento, ya en la forma en que estas interpretan y explican la relación entre los dos testamentos, así como en lo concerniente a lo que se ha de considerar estrictamente normativo, válido y vigente del Antiguo Testamento).


¡Hasta mañana con el favor de Dios!

jueves, 29 de septiembre de 2011

Ni «católicas» ni «protestantes», sólo «Biblias» A propósito de los agentes que difunden la Biblia 1 de 4

Ni «católicas» ni «protestantes», sólo «Biblias»

A propósito de los agentes que difunden la Biblia

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Héctor B. Olea C.

Una idea muy popular en el ambiente cristiano es que, aparente y definitivamente, hay «Biblias católicas» y «Biblias protestantes». Esta concepción parece legitimarse en virtud de la clásica distinción y división que existe en el cristianismo occidental a partir del siglo XVI, entre «cristianismo católico» y «cristianismo protestante» (a la manera en que la división del imperio romano en el siglo IV explicó la posterior división del cristianismo en oriental y occidental).

Ahora bien, ¿Es cierto que hay «Biblias católicas» y «Biblias protestantes»? ¿Es legítima esta distinción? ¿Es hasta cierto punto y, en cierto sentido, comprensible y aplicable tal distinción? ¿Habrá versiones de la Biblia que sólo mediante ella puede explicarse y justificarse el cristianismo católico? ¿Habrá versiones de la Biblia que sólo por medio de ellas puede explicarse el cristianismo protestante?

La común concepción de lo que es una «Biblia católica»

La noción popular que domina en los ambientes del cristianismo protestante respecto de la catolicidad de una versión de la Biblia, supone básicamente dos cosas: 1) Que es una versión que se origina en ambientes dominado por el catolicismo católico, y con la participación decisiva (probablemente exclusiva y única) de eruditos comprometidos con el cristianismo católico. 2) Que es una versión que, además de incluir los 66 libros que contienen las «Biblias protestantes», incluyen otros siete libros más, específicamente en el Antiguo Testamento, a saber: Tobías (Tobit), Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, y Baruc, así como algunas adiciones a Ester, Jeremías y Daniel.

La común concepción de lo que es una «Biblia protestante»

Como especie de una verdadera antítesis de lo afirmado en la sección anterior, la idea común de una “verdadera” «Biblia protestante» supone igual y básicamente dos cosas: 1) Que es una versión que se origina en ambientes dominado por el protestantismo, y con la participación decisiva (probablemente exclusiva y única) de eruditos comprometidos con el cristianismo protestante. 2) Que es una versión de la Biblia que, por un lado, tiene un Antiguo Testamento conformado sólo por los 39 que integran el Tanaj o Biblia hebrea; por otro lado, un Nuevo Testamento de 27 libros, para un total de sólo 66 libros que se consideran inspirados, autorizados y normativos. Claro está, con relación al Nuevo Testamento no hay diferencia entre las «Biblias católicas» y las «Biblias protestantes» en cuanto al número de libros que lo conforman.

«Biblias interconfesionales»

En nuestro contexto, se dice que una versión de la Biblia es interconfesional cuando el plan y proceso de producción y publicación ha implicado la participación de eruditos y casas editoriales de por lo menos dos confesiones cristianas distintas (principalmente de confesión católica y de confesión protestante). En la historia de la Biblia podemos mencionar dos principales proyectos de producir una versión interconfesional de la Biblia. Del primer proyecto nos habla Plutarco Bonilla en los siguientes términos: “1978: La Biblia interconfesional: Nuevo Testamento. Se trata de un esfuerzo interconfesional en el que participaron Sociedades Bíblicas Unidas, la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) y EDICABI (la Casa de la Biblia). Se ha publicado sólo el NT. Al parecer, hay interés en continuar con la traducción del AT.” («Descubre la Biblia», artículo: Traducciones castellanas de la Biblia, página 381).

El segundo proyecto interconfesional consistió en la publicación de la revisión de la original versión popular «Dios Habla Hoy» de 1979, en el año 1992, igualmente como versión popular, pero como edición de estudio, con la inclusión además de los libros deuterocanónicos.

Ahora bien, la simple participación de eruditos protestantes en un proyecto propiamente católico para la publicación de una determinada versión de la Biblia, ni la simple participación de eruditos católicos en un proyecto propiamente protestante con iguales objetivos, en ninguno de estos dos casos es correcto hablar de un proyecto interconfesional. Para que una versión de la Biblia (parcial o completa) sea interconfesional, el proyecto debe tener ese matiz como característica esencial de la publicación en todo el sentido de la palabra, pues implica que por lo menos las dos confesiones involucradas en el mismo participan con iguales derechos en un contexto ecuménico y de respeto mutuo, con todas sus naturales implicaciones.

Por ejemplo, en el mismo artículo citado, Plutarco Bonilla nos habla de la participación de dos eruditos evangélicos en la revisión y publicación de la llamada «Biblia Herder» (el NT), en el año 1975; no obstante, tal publicación nunca recibió el calificativo de interconfesional.

Tampoco es interconfesional un proyecto de publicación de una versión de la Biblia, cuando éste lo lleva a cabo una casa editorial protestante (o varias) y con la sola participación de eruditos protestantes, aunque involucre a eruditos de las distintas tradiciones protestantes. Por ejemplo, para el año 2010 se publicó la llamada Biblia vida abundante, nueva traducción viviente, publicada por Tyndale House Publishers, Inc. El caso es que este proyecto involucró la participación de eruditos de distintas congregaciones protestantes (incluyéndome a mí), pero jamás fue, ni podía serlo, ni tuvo la pretensión de ser un proyecto, de producir una edición interconfesional de la Biblia.

Sentido en que es comprensible hablar de «Biblias católicas» y «Biblias protestantes»

Si bien más adelante vamos a demostrar lo inadecuado de la distinción entre «Biblias católicas» y «Biblias protestantes, hay que admitir, sin embargo, que es hasta cierto punto comprensible.

En primer lugar, es claro que existen diferencias marcadas entre la oficial e institucional teología católica con relación a las distintas y tradicionales teologías oficiales e institucionales de corte protestante.

En segundo lugar, existe la sospecha de que una versión de la Biblia que proceda ya sea del ambiente católico, ya sea del ámbito protestante, habrá de recibir, en alguna manera, el sello de la teología que caracteriza a ambas tradiciones teológicas y eclesiales. En otras palabras, que la versión de la Biblia que proceda de un ambiente católico (y realizada por eruditos católicos) estará comprometida con el catolicismo en algún sentido; y la versión de la Biblia que preceda del ambiente protestante (y realizada por eruditos protestantes), estará comprometida con el protestantismo en alguna forma.

Ahora bien, ante estos dos postulados, es posible que haya personas que reaccionen catalogándolos como puras especulaciones, pues sueñan con la idea de que la reproducción y difusión de la Biblia es una empresa totalmente neutral y desinteresada, cuando en realidad es todo lo contrario. Paso a explicarme.

Si la iglesia católica romana tiene una concepción particular y distinta del canon bíblico, respecto de los movimientos protestantes, es lógico suponer que las versiones de la Biblia que surjan en su ambiente, lo pongan de manifiesto, y se ajusten a esa particular visión del canon bíblico.

Lógicamente y, para ser consistente, lo mismo hay que decir respecto de la visión del canon que tengan los movimientos protestantes y de las versiones de la Biblia que surjan en sus ambientes.

Por ejemplo, analicemos la situación y presencia de los libros «deuterocanónicos» (considerados generalmente como «apócrifos» por los movimientos o comunidades protestantes), en las generalmente llamadas «Biblias católicas».

Ciertamente hay que advertir que el canon hebreo (el conjunto de libros considerado autorizado y normativo) según fue definitivamente fijado por los judíos (principalmente de la corriente farisea) en Yabné (Jamnia) a partir de los años 90 de la era cristiana, no contiene los considerados «libros deuterocanónicos» (Tobías (Tobit), Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, y Baruc) por la iglesia católica romana. De todos modos, no es menos cierto que tales libros sí se encuentran en la versión griega del Antiguo Testamento, la Septuaginta (que fue por lo general el Antiguo Testamento conocido y empleado por los autores mismos del Nuevo Testamento, y por las comunidades cristianas desde sus inicios. Testamento).

Antes de avanzar, pienso que se hace necesario hacer una necesaria precisión terminológica, no sin antes puntualizar que:

En primer lugar, por lo general, desde la perspectiva protestante, se ha sostenido que todo libro que no sea reconocido por los movimientos protestantes como “inspirado”, es “apócrifo”, es decir, no inspirado, no autorizado, no normativo.

En segundo lugar, el surgimiento del término «apócrifo» (escondido, oculto), no surge en un ambiente judío, sino cristiano. A los primeros personajes que se les atribuye su uso son: Cirilo de Jerusalén (siglo 4 A.D.), Orígenes (siglo 4) y San Jerónimo (siglo 5).

En tercer lugar, un libro deuterocanónico, según la perspectiva católica, es un libro inspirado, canónico y normativo, sólo que fue recibido por la iglesia con posterioridad a los libros que componen el primer canon (protocanónicos).

Pasemos, pues, a definir puntualmente cuatro términos relacionados con este aspecto de los estudios bíblicos:

Literatura canónica: El cuerpo de literatura aceptada y fijada como normativa por alguna comunidad de fe (contexto judeocristiano). Ahora bien, el que una determinada obra sea reconocida como canónica (normativa y autorizada) por una determinada comunidad de fe, no significa que otras comunidades también lo harán.

Por ejemplo, es claro que en la tradición judeocristiana el canon hebreo (el fijado y asumido por el judaísmo, principalmente por el llamado judaísmo ortodoxo) no incluye los libros del Nuevo Testamento. Sin embargo, el canon cristiano (la Biblia como fenómeno propiamente cristiano, el aprobado y adoptado por el cristianismo) hace suyo el canon hebreo, y agrega la literatura que conocemos como Nuevo Testamento.

En el contexto del cristianismo mismo, es claro que la iglesia ortodoxa griega, la iglesia católica y romana, y la iglesia anglicana tienen un concepto del canon distinto y más amplio que el que exhibe por lo general el cristianismo protestante.

Literatura apócrifa: Respecto de la palabra “apócrifo”, Gonzalo Báez Camargo afirma: “El término les fue aplicado primeramente por Cirilo de Jerusalén (siglo 4 A.D.) y San Jerónimo (siglo 5 A.D.). Lo usaron, sin embargo, no en el sentido que la palabra tiene hoy en el lenguaje común y corriente, o sea, el de “falso” o “espurio”, sino en su sentido propio original de “oculto” o “secreto” (del verbo griego apocripto, “ocultar”). Es pues, sinónimo, o más bien equivalente, del hebreo guenuzí, y tiene la misma aplicación, que ya hemos explicado anteriormente” («Breve historia del canon bíblico», página 15, edición digital).

Por otro lado, “Por literatura apócrifa judía (apócrifos del Antiguo Testamento) entendemos un conjunto de obras judías (o excepcionalmente, judeocristianas, escritas en el período comprendido entre el año 200 antes de la era cristiana y el 200 después de misma era cristiana, obras pretendidamente inspiradas y referidas, ya sea como autor o como interlocutor, a un personaje del Antiguo Testamento” («Apócrifos del Antiguo Testamento», tomo I, página 27, Alejandro Diez Macho director general).

Con relación al Nuevo Testamento, Julio Trebolle, citando a Scheemelcher, nos da la siguiente definición: “Desde el punto de vista del análisis formal, cabe definir los libros apócrifos como aquellos escritos que imitan las formas de estilo del Nuevo Testamento y que, si bien no llegaron a entrar en el canon, tanto por el título como por afirmaciones hechas en los mismos, tenían pretensiones de ser considerados canónicos” («La Biblia judía y la Biblia cristiana», página 270). Desde esta perspectiva, se habla de evangelios apócrifos, Hechos apócrifos, cartas o epístolas apócrifas, Apocalipsis apócrifos, etc.

De todos modos, y a pesar de todo, lo cierto es que principalmente en el contexto protestante, la palabra “apócrifo” tiene un sentido negativo, y apunta a cualquier obra que no haya logrado formar parte del canon bíblico compuesto por los ya conocidos 66 libros.

Literatura seudo epigráfica: Refiere a una serie de obras que tienen como autor supuestamente (pero en realidad no) a un conocido personaje o autor del Antiguo Testamento (seudonimia), pero que no llegaron entrar en el canon hebreo (el canon del Antiguo Testamento hebreo (Tanaj). Generalmente estos libros son llamados apócrifos en el ambiente católico, pero pseudoepígrafos por los protestantes, a pesar de que en realidad muchos de los libros pseudoepígrafos originalmente fueron anónimos. De todos modos, lo cierto es que la pseudoepigrafía (seudonimia) tiene presencia incluso en el marco del canon bíblico.

Literatura deuterocanónica: Los libros deuterocanónicos (los libros que conforman la literatura deuterocanónica del Antiguo Testamento) son: Tobit, Judit, 1 y 2 Macabeos, Eclesiástico, Sabiduría, Baruc y algunos pasajes adicionales de Ester (después del capítulo 10.3 del texto hebreo canónico) y Daniel (la Oración de Azarías y el Cántico de los Tres Jóvenes, la Historia de Susana y la Historia de Bel y el Dragón).

Ahora bien, fue mucho después del concilio de Trento (1545-1563) cuando comenzó a emplearse la terminología de “libros protocanónicos” para hacer referencia a los libros del canon hebreo (los 39 conocidos), y “libros deuterocanónicos” para hacer referencia a los libros arriba mencionados.

Al respecto, Gonzalo Báez Camargo, afirma: “Hacia 1566 se comenzó a llamar “protocanónicos” a los libros del canon hebreo, y “deuterocanónicos” a los demás incluidos en la lista de libros que el Concilio de Trento había declarado, sin distinción, canónicos. En 1568 apareció en inglés la llamada Biblia del Obispo, que contenía los deuterocanónicos” («Breve historia del canon bíblico», página 26, edición digital).

Finalmente, con relación a la terminología aquí explicada, pienso que son importantes y pertinentes las observaciones de Gonzalo Báez Camargo, cuando afirma: “Los judíos no empleaban los términos “canónicos”, “apócrifos” y “seudoepígrafos”, terminología de origen cristiano, para distinguir entre los libros de tema religioso. El sentido original de “apócrifo” se explicará al tratar de la Septuaginta. Baste ahora decir que “seudoepígrafo” se llama el libro que se atribuye a algún personaje de importancia y prestigio en la esfera religiosa, y en cuyo título figura el nombre respectivo. Algunos apócrifos son a la vez seudoepígrafos”

“Los judíos clasificaban los libros, desde el punto de vista religioso, en tres clases: 1) los “libros que contaminan las manos”, o sea los libros sagrados en grado sumo, que después de fijado el canon podemos llamar “canónicos”; 2) los guenuzim (de la raíz ganaz, “guardar” o “esconder”), o sea, literalmente, guardados, ocultados o almacenados, y 3) los sefarim jitsonim, lit. “libros de afuera” (exteriores, extraños)” («Breve historia del canon bíblico», página 11, edición digital).

¡Hasta mañana con el favor de Dios!

martes, 27 de septiembre de 2011

Marco legal del 27 de septiembre como “día nacional de la Biblia” Algunas observaciones

Marco legal del 27 de septiembre como “día nacional de la Biblia”

Algunas observaciones

Héctor B. Olea C.

Ley No.204, que declara como "Día de la Biblia" el 27 de septiembre de cada año.

G.O. No. 9636 del 30 de Abril de 1984

EL CONGRESO NACIONAL

En Nombre de la República

NÚMERO: 204

CONSIDERANDO: Que desde el descubrimiento de la isla de Santo Domingo el pueblo dominicano ha profesado espiritualmente su creencia en Dios a través de las Sagradas Escrituras;

CONSIDERANDO: Que la Sagrada Biblia constituye universalmente la tabla de salvación entre Dios y los hombres, por su sustanciación hacia el amor, la paz y la redención;

CONSIDERANDO: Que el Escudo Nacional se honra con la Sagrada Biblia abierta en su centro, donde se lee el pasaje "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (San Juan VIII-32);

CONSIDERANDO: Que la sociedad dominicana se ha caracterizado por su fe, manifiesta en Dios, como uno de los pueblos más cristianos del mundo;

HA DADO LA SIGUIENTE LEY:

Artículo 1.- Se declara “Día de la Biblia”, en todo el territorio nacional el 27 de septiembre, mes en que se tradujo la primera biblia al idioma español.

Artículo 2.- La presente ley deroga y sustituye cualquier disposición que le sea contraria.

DADA en la Sala de Sesiones de la Cámara de Diputados, Palacio del Congreso Nacional, en Santo Domingo de Guzmán, Distrito Nacional, Capital de la República Dominicana, a los treinta días del mes de noviembre del año mil novecientos ochenta y tres; año 140 de la Independencia y 121 de la Restauración.

William Soto Medina

Vicepresidente en funciones de Presidente

Tony Raful Tejada

Secretario

Carlos B. Lalane Martinez

Secretario

DADA en la Sala de Sesiones del Senado, Palacio del Congreso Nacional, en Santo Domingo de Guzmán, Distrito Nacional, Capital de la República Dominicana, a los cuatro días del mes de abril del año mil novecientos ochenta y cuatro; año 140 de la Independencia y 121 lo de la Restauración.

Jacobo Majluta Azar

Presidente

Rafael Fernando Correa Rogers

Secretario

José Antonio Constanzo Santana

Secretario

SALVADOR JORGE BLANCO

Presidente de la Republica Dominicana

En ejercicio de las atribuciones que me confiere el Articulo 55 de la Constitución de la Republica,

PROMULGO la presente Ley, y mando que sea publicada en la Gaceta Oficial, para su conocimiento y cumplimiento.

DADA en Santo Domingo de Guzmán, Distrito Nacional, Capital de la Republica Dominicana, a los dieciocho días del mes abril del año mil novecientos ochenta y cuatro; año 141 de la Independencia y 121 de la Restauración.

SALVADOR JORGE BLANCO

Observaciones:

1) Observaciones en cuanto a los considerandos de la ley 204:

CONSIDERANDO: Que desde el descubrimiento de la isla de Santo Domingo el pueblo dominicano ha profesado espiritualmente su creencia en Dios a través de las Sagradas Escrituras;

Observación: Este considerando da por sentado que a pesar de algunos elementos cuestionables, con la llegada de Cristóbal Colón a la isla de Santo Domingo, ciertamente con él también llegó por lo menos algo del cristianismo. Además, se afirma que Cristóbal Colón poseía un ejemplar personal de la Biblia.

CONSIDERANDO: Que la Sagrada Biblia constituye universalmente la tabla de salvación entre Dios y los hombres, por su sustanciación hacia el amor, la paz y la redención;

Observación: Este considerando pone de manifiesto la típica pretensión del universalismo cristiano, presunción que explica el esfuerzo misionero mundial por las comunidades cristianas de las distintas confesiones y tradiciones teológicas y eclesiales.

CONSIDERANDO: Que el Escudo Nacional se honra con la Sagrada Biblia abierta en su centro, donde se lee el pasaje "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (San Juan VIII-32);

Observación: Si bien la Biblia está en el centro del escudo de nuestra bandera nacional (hecho del cual probablemente presuman más los protestantes que los católicos), lo cierto es que, a pesar de todo, la familia de Juan Pablo Duarte, ni el mismo Juan Pablo Duarte, eran protestantes. En realidad las primeras manifestaciones del cristianismo protestante llegan a la isla de Santo Domingo, en primer lugar, en el año 1824 con la llegada de Iglesia Metodista Espiscopal, que se establece en Samaná (región noroeste del país); en segundo lugar, con la llegada del misionero Samuel Mills (de la iglesia Metodista Libre), quien llega a la República Dominicana en el año 1889 y se concentra en la región norte del país (Santiago).

CONSIDERANDO: Que la sociedad dominicana se ha caracterizado por su fe, manifiesta en Dios, como uno de los pueblos más cristianos del mundo;

Observación: Si bien es cierto que el pueblo dominicano se ha caracterizado por su sensibilidad a la religiosidad cristiana, no sabemos qué investigación realizaron los congresistas para redactar este considerando en esta forma.

2) Observación respecto del artículo número 1: “Se declara “Día de la Biblia”, en todo el territorio nacional el 27 de septiembre, mes en que se tradujo la primera biblia al idioma español.”

Si bien hubo varias versiones parciales de la Biblia en castellano, antes de la publicación de la versión de la Biblia del oso, lo cierto es que la versión castellana de la Biblia publicada en 1569 fue la primera versión completa de la Biblia traducida al idioma español.

Aunque es un detalle no aparece en todo artículo que habla del trabajo de Casiodoro de Reyna, lo cierto es que se afirma que la Biblia del oso fue publicada el 28 de septiembre del año 1569 en Basilea, Suiza.

Finalmente, puedo decir que es posible y legítimo tener algunas reservas respecto a este tipo de leyes (cuando nos comprometemos con el ideal de un estado laico pero respetuoso y garante del derecho a libertad de creencia y de culto); sin embargo, lo cierto es que la ley 204 está vigente y no conocemos de una disposición posterior que le sea contraria.

¡Hasta la próxima!

lunes, 26 de septiembre de 2011

“Textos canónicos” versus “manuscritos originales” A propósito de los textos que sirven de base para la reflexión teológica

“Textos canónicos” versus “manuscritos originales”
A propósito de los textos que sirven de base para la reflexión teológica

Héctor B. Olea C.
Una idea muy popular en la tradicional teología cristiana y evangélica (marcada por lo general por algunos tintes fundamentalistas), es que la autoridad de la Biblia depende básicamente de la existencia (todavía no probada, pero sí necesitada y dada como un hecho) de unos manuscritos originales “infalibles”.
La sospecha que mueve este tipo de afirmación es que si los manuscritos originales no fueron “infalibles”, la Biblia perdería todo su valor y trascendencia, comenzando por el hecho de que la anhelada “inerrancia de la Biblia” (en el sentido más amplio de la palabra), perdería su garantía y los fundamentos sobre las que se ha levantado tal hipótesis.
Pero cabe preguntarse, si en realidad el que los manuscritos originales de la Biblia no hayan sido “infalibles” haría sucumbir la capacidad de impacto y de inspiradora que ha tenido la Biblia en los aproximados 17 siglos que tiene de su existencia (en la forma en que nos ha llegado compuesta por un Antiguo Testamento y un Nuevo Testamento como fenómeno propiamente cristiano); esto así, sin dejar de lado la historia particular de varios siglos de existencia que tuvo y ha tenido por separado el canon hebreo o Tanaj (mucho antes y después de la existencia de la Biblia como tal, y como realidad propiamente cristiana).
Por otro lado, otra forma de encarar el mismo asunto es preguntándonos: Si el valor de la Biblia depende de la existencia de unos manuscritos originales “infalibles”, manuscritos que en realidad no existen y que ni quiera tenemos la seguridad de que efectivamente hayan existido (pues la afirmación de su existencia no ha sido más que una presunción), ¿Dónde, pues, estamos? ¿Con qué nos quedamos? ¿Cómo podría sustentarse hoy el valor de la Biblia si insistimos en hacer depender su valor y trascendencia precisamente de la existencia de unos manuscritos que, al margen de cualquier presunción, sencillamente no los tenemos, sencillamente no existen?
Además, si el valor de nuestra reflexión teológica ha de depender en lo absoluto de que la misma parta o se sustente en la consulta de unos manuscritos “infalibles”, ¿qué valor tendrá la reflexión teológica cristiana que, por cierto, tiene siglos de existencia, pero que no se ha hecho sobre la base de unos manuscritos originales (sino en copias de copias, de copias), que no se ha sustentado ni podrá sustentarse en el presente y en el futuro en la consulta de unos manuscritos originales “infalibles”?







Si se pone como condición Sine qua non que el valor de la Biblia y de la reflexión teológica que parte de ella y se sustenta en la misma, dependa de la existencia de unos manuscritos originales “infalibles”, es de esperarse que la reflexión teológica can base en la Biblia sólo tendría un genuino fundamento precisamente si hace con base en tales manuscritos.
Pero las cosas se complican cuando tenemos que admitir, por un lado, que nunca se ha podido probar la existencia (y en realidad no podemos estar seguros de que alguna vez hayan existido) de tales manuscritos “infalibles”. Por otro lado, el que si alguna vez asistieron tales manuscritos, lo cierto es que no los tenemos.
Además, cuando analizamos el uso y dependencia del canon hebreo (el Tanaj, el Antiguo Testamento) por parte de los autores del Nuevo Testamento, descubrimos algunos detalles interesantes.
En primer lugar, la apelación que hace el Nuevo Testamento al Antiguo Testamento, no la hace mediante el empleo de algunos manuscritos originales “infalibles”, sino más bien mediante el empleo de copias de copias.
En segundo lugar, la apelación que hicieron los autores del Nuevo Testamento del canon hebreo, por lo general la hicieron mediante la Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento).
Estas dos observaciones nos permiten afirmar con toda seguridad que la apelación al Antiguo Testamento por parte del Nuevo Testamento, jamás se hizo sobre la base de unos manuscritos “originales”, y mucho menos sobre unos “originales infalibles”; sino más bien con base en una traducción hecha de copias de copias y, por supuesto, no “infalibles”.
Ahora bien, ante los hechos aquí presentados, una particular y típica reacción fundamentalista es la siguiente: “Si alguien insiste en que nadie ha visto los originales infalibles, ¡Es tan correcto como decir que nadie ha visto los originales falibles!”. Esta afirmación la hace el teólogo protestante Clark Pinnok, en su obra «Revelación bíblica, el fundamento de la teología cristiana» (publicada por CLIE, año 2004). Ahora, un detalle que ignora Clark Pinnok, es que el proceso de copiado y reproducción textual que nos ha dado la Biblia no parece partir de unos supuestos “originales infalibles”.
Otro detalle que tampoco toma en cuenta el señor Clark Pinnok (detalle que en muchísimas ocasiones se les echa en cara a los exégetas muy preocupados por la arqueología de los textos), es que los textos normativos y que sirven de base para la actual reflexión teológica no son los textos de los manuscritos originales (y mucho menos los supuestos “originales infalibles”), sino la forma final en que los textos fueron canonizados y recibidos por las distintas comunidades cristianas en su momento.
Esto es muy bien claro, en primer lugar, respecto de la recepción y apropiación del canon hebreo por parte de las comunidades cristianas. La decisión a la que se llegó en la asamblea de Yabné (Jamnia) en los años 90 de la era cristiana, no tuvo que ver, ni se expresó respecto de algunos supuestos manuscritos “originales infalibles”; más bien se expresó, en términos muy específicos, sobre la forma textual que habían alcanzado los textos del Tanaj (el Antiguo Testamento hebreo) para ese entonces (forma que, por cierto, era de tipo consonántico, pues el texto masorético del cual depende nuestra exégesis actual del Tanaj, entraría en escena no antes de cinco o seis siglos después o un poco después).
En iguales términos tenemos que expresarnos respecto de varios concilios del siglo IV, hasta concluir en el tercer concilio de Cartago del año 397 de la era cristiana (el primero fue el primer Concilio de Cartago en el año 393, parece que hubo un segundo Concilio de Cartago, pues en para el año 397 se habla del “Tercer Concilio de Cartago”, finalmente, también se habla del Sexto Concilio de Cartago del año 419 de la misma era cristiana), cuando se expresaron respecto de los libros que se consideraban normativos para la fe cristiana. Tales concilios no se expresaron, no canonizaron, unos textos en manuscritos “originales infalibles”, sino más bien, canonizaron y se expresaron respecto de manuscritos copias de copias, los cuales no eran infalibles, y que habían pasado todo un largo proceso de desarrollo, relecturas, exégesis, interpretación y transformación, proceso que los hacía in equiparables con los originales infalibles o no.
Ahora bien, si la historia es testigo del impacto y de lo inspiradora que ha sido y sigue siendo la Biblia prácticamente en todo el mundo (no ignoramos el hecho de la poca o ninguna presencia de la fe cristiana con su Biblia en gran parte del globo terráqueo) en todo el mundo; parece, pues, que las premisas de la hipótesis de la necesidad de unos manuscritos “originales infalibles” están en crisis, y merecen reformularse si no es que abandonarse.
Finalmente, 1) Si las relecturas dentro del Antiguo Testamento mismo (el Tanaj) han tenido su innegable valor a pesar de sustentarse en copias de copias; 2) Si la lectura, interpretación y apelación que hace el Nuevo Testamento (su teología) del Antiguo Testamento (el Tanaj), se hizo con base en copias de copias; 3) Si nuestra lectura, interpretación y apelación a la Biblia como tal (en su forma actual), se hace con base en unos textos canónicos ni originales, ni infalibles, sino en la traducción de unos manuscritos no originales, ni infalibles y copiados cientos de veces; nos parece verosímil concluir en que no necesitamos la hipótesis de la existencia de unos manuscritos “originales infalibles”, pues su sustentación origina más crisis que los supuestos fundamentos que provee.
En conclusión, la actual reflexión teológica cristiana en sentido general, no se sustenta ni se lleva a cabo sobre la base de la consulta y apelación de unos manuscritos “originales infalibles”, sino más bien en unas copias de copias, tampoco “infalibles”. La actual reflexión teológica cristiana se sustenta más bien en la consulta y apelación de unos textos canónicos normativos, no originales, y mucho menos infalibles.
Pienso que ayudará mucho a la interpretación cristiana de la Biblia, si los intérpretes cristianos no ignoran esta realidad en su labor de apropiación, lectura, relectura, apelación y aplicación de los textos bíblicos.
¡Hasta la próxima!

jueves, 22 de septiembre de 2011

Sobre la «dependencia del Espíritu Santo» en el proceso de definición doctrinal

Una perspectiva crítica

Héctor B. Olea C.

Si todas las corrientes eclesiales y teológicas del cristianismo son guiadas por el Espíritu Santo en el proceso de lectura, interpretación de la Biblia, y reflexión teológica, ¿por qué persisten los desacuerdos? ¿Demuestra la historia del cristianismo que el Espíritu Santo corrige teologías? ¿No parece más bien que la obra del Espíritu Santo es interpretada a la luz de cada corriente eclesial y teológica?

Ahora bien, si se da por sentado que las diferencias teológicas se explican porque algunas de las corrientes del cristianismo no se están dejando guiar por el Espíritu Santo en dicho proceso, ¿qué corriente admitirá que ella es una de esas? ¿Admitirán algo así los arminianos? ¿Los reformados? ¿Los bautistas? ¿Los presbiterianos? ¿Los pentecostales? ¿Los adventistas? ¿Los templos bíblicos? ¿Los católicos? ¿Los anglicanos? ¿Los dispensacionalista? ¿Los no dispensacionalistas?, etc.

Al final, me parece que volvemos a caer de nuevo y siempre (lo admitamos o no), en el siguiente círculo vicioso: 1) una determinada corriente eclesial y teológica lleva a cabo una particular lectura de la Biblia; 2) desarrolla una teología peculiar y propia; y 3) da por sentado que en ese proceso fue guiada (se dejó guiar) por el Espíritu Santo (y no admite que alguien le diga lo contrario).

Precisamente por esto es que resulta muy curioso y en extremo interesante, que todas las corrientes mencionadas dicen lo mismo, y ninguna admite lo contrario.      

Si las diferencias teológicas entre adventistas y no adventistas se explican en la guía de Espíritu Santo, me pregunto: ¿cuál de las dos corrientes no se ha dejado guiar por el Espíritu Santo, la adventista o la no adventista?

Si las diferencias teológicas entre calvinistas y arminianos se explican por el mismo fenómeno, ¿cuál de las corrientes no se ha dejado guiar por el Espíritu Santo, los calvinistas o los arminianos?

Si las diferencias escatológicas se han de explicar por una falta de conformidad a la dirección del Espíritu Santo en el proceso de lectura e interpretación de la Biblia,

¿Qué corriente o escuela escatológica admitirá que es ella la que no se ha sometido a la guía del Espíritu Santo? ¿Admitirán algo así los dispensacionalistas? ¿Lo harán los amilenialistas? ¿Lo harán los postmilenialista?
¿Entonces?

Un ejemplo bíblico que ilustra muy bien lo que por siglos viene ocurriendo con las distintas posturas cristianas eclesiales y teológicas, lo encontramos en relación al llamado “Concilio de Jerusalén”, en Hechos 15.

Resulta que para dicha ocasión se manifestaron tres posturas: En primer lugar, una postura de total apertura a los gentiles en el movimiento cristiano sin aplicarle ciertos requisitos vitales para la fe judía (representada por Pablo y Bernabé); En segundo lugar, una corriente que podríamos llamar de “intermedia” (aunque muy cercana a la representada por Pablo y Bernabé), representada por Pedro; y en tercer lugar, una corriente que podríamos calificar de “conservadora” (representada por Jacobo).

Observemos, en primer lugar, las palabras introductorias a la asamblea de Jerusalén:

“Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. 2Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. 3Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. 4Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. 5Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés” (Hechos 15.1-5)

En segundo lugar, observemos las palabras de Pedro:

6Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto. 7Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. 8Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; 9y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. 10Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? 11Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (Hechos 15.6-11)


En tercer lugar, consideremos lo que el autor de Hechos nos dice de la participación de Pablo y Bernabé

12Entonces toda la multitud calló, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles” (Hechos 15.12)

Al llegar aquí me llama poderosamente la atención que el autor del libro de Hechos no tuviera el interés o el valor de dar a conocer e incluir en su relato, lo que en efecto fueron las palabras precisas de Pablo y Bernabé en defensa de su postura, como sí lo hizo con la participación de Pedro y la de Jacobo.

En cuarto lugar, a la luz de la observación que hice en el párrafo anterior, observemos las palabras de la postura “conservadora” de Jacobo:

“13Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. 14Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. 15Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: 16 Después de esto volveré Y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; Y repararé sus ruinas, Y lo volveré a levantar, 17Para que el resto de los hombres busque al Señor, Y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, 18Dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos. 19Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, 20sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. 21Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo.” (Hechos 15.13-21)

Observemos las palabras que encierran o engloban la postura representada por Jacobo:

“Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, 20sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre” (Hechos 15.19-20)

Consideremos ahora la conclusión que según el mismo relato de Hechos, es comunicada por el mismo Jacobo, como aprobada por el Espíritu Santo, pero después de la consideración del liderazgo apostólico, los ancianos y demás líderes de Jerusalén (Hechos 15.22, 26, 28):

28Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: 29que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien” (Hechos 15.28-29)

Ahora bien, curiosamente viene a resultar que la postura representada por el liderazgo de Jerusalén, encabezada por Jacobo, fue precisamente la que le pareció bien, la que aprobó el Espíritu Santo. Una manera sencilla y clara de poner en evidencia este hecho, es comparando los versículos 19-20, y 28- 29.

“Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, 20sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre” (Hechos 15.19-20)

28Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: 29que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien” (Hechos 15.28-29)

Pero, ¿estuvo Pablo totalmente de acuerdo con la conclusión a la que llegó el “Concilio de Jerusalén” según lo relatado por el libro de Hechos?

Creo que una manera de responder adecuadamente a esta pregunta es consultando las epístolas paulinas que, por cierto, son totalmente ignoradas por el autor de Hechos.

¿Qué pensaba Pablo de lo sacrificado a los ídolos, a pesar de la postura aprobada y reafirmada por el liderazgo dominante de Jerusalén? ¿Relativiza Pablo, o no, la postura a la que llegó el Concilio de Jerusalén en este aspecto?

Observemos:

4Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios. 5Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), 6para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él. 7Pero no en todos hay este conocimiento; porque algunos, habituados hasta aquí a los ídolos, comen como sacrificado a ídolos, y su conciencia, siendo débil, se contamina. 8Si bien la vianda no nos hace más aceptos ante Dios; pues ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos. 9Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles. 10Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil, ¿no será estimulada a comer de lo sacrificado a los ídolos? 11Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió. 12De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis. 13Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Corintios 8.4-13)

23Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. 24Ninguno busque su propio bien, sino el del otro. 25De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia; 26porque del Señor es la tierra y su plenitud. 27Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. 28Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. 29La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro? 30Y si yo con agradecimiento participo, ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias? 31Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. 32No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; 33como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos” (1 Corintios 10.23-32)

¿Qué pensaba Pablo de la fornicación (prostitución), a pesar de la postura aprobada y reafirmada por el liderazgo dominante de Jerusalén?

9Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; 10no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo. 11Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis” (1 Corintios 5.9-11)

3pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; 4que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor” (1 Tesalonicenses 4.3-4)

18Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca. 19¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 20Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6.18-20)

19Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación (prostitución), inmundicia, lascivia” (Gálatas 5.19)

Es claro, pues, que respecto del tema de la fornicación Pablo no tiene problemas con lo aprobado, con la postura asumida por el concilio de Jerusalén, y con la cual se identificada el liderazgo de Jerusalén.

¿Qué pensaba Pablo del comer el animal con su sangre, a pesar de la postura aprobada y reafirmada por el liderazgo dominante de Jerusalén?

1Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones. 2Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil, come legumbres. 3El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido. 4¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme” (Romanos 14.1-4)

14Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es. 15Pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió. 16No sea, pues, vituperado vuestro bien; 17porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. 18Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres. 19Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación. 20No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo que el hombre haga tropezar a otros con lo que come. 21Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda, o se debilite. 22¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. 23Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14.14-23)

13Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Corintios 8.13)

31Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. 32No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; 33como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos” (1 Corintios 10.31-33)

13Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios” (1 Corintios 6.13a)

17porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14.17)

Como se puede observar, de los tres elementos que formaron parte de la conclusión a la que arribó el Concilio de Jerusalén (comida sacrificada a ídolos, fornicación-prostitución- y comer la carne del animal con su sangre), es claro que Pablo sólo se muestra de acuerdo con la fornicación (prostitución); con relación a los otros dos elementos, asume una postura en una línea contraria.

Cabe preguntarse, pues, ¿qué pensaba (o pensaría) Pablo de la dirección del Espíritu Santo respecto de los aspectos de la postura del liderazgo de Jerusalén que él no compartía? Pero también, ¿qué pensaba (o pensaría) el liderazgo de Jerusalén de la dirección del Espíritu Santo en aquellos asuntos que no compartían con Pablo, pero que eran abiertamente aprobados por éste?

Yendo todavía un poco más lejos, tendremos que puntualizar el hecho de que no sólo era que se asumía la dirección del Espíritu Santo en la fijación de una determinad postura doctrinal, sino que a la vez, se tildaba de “anatema” (herejía, opción equivocada) la distinta asumida por otros. Por ejemplo, mientras que para Pablo cualquier intento de judaizar la fe cristiana (haciendo énfasis o reclamando la necesidad de asumir algunos elementos del judaísmo, incluso un sobre énfasis en el conocimiento del Jesús físico de Nazaret) era anatema; para la comunidad joánica, la postura correcta era precisamente el énfasis en el Jesús físico, el Cristo encarnado, y la postura errada, el negar o minimizar este aspecto de la persona de Jesús de Nazaret. Observemos:

6Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. 7No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. 8Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. 9Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gálatas 1.6-9)

1¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? 2Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? 3¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? 4¿Tantas cosas habéis padecido en vano? si es que realmente fue en vano. 5Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gálatas 3.1-5)

16De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. 17De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5.16-17)

Consideremos ahora la postura de la comunidad joánica:

7Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo. 8Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo. 9Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. 10Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! 11Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras” (2 Juan 7-11)

1Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. 2En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; 3y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4.1-3)

Como se ve, el muy usado lema (pretexto o justificación) de que todas las corrientes eclesiales y teológicas cristianas leen la Biblia bajo la dirección del Espíritu Santo, no garantiza el que todas asuman las mismas premisas y lleguen por igual a las mismas conclusiones doctrinales y teológicas. Además de que, en el fondo, subyace la sospecha (de ambos lados), de que en aquellos aspectos en los que se mantienen posturas disidentes, el fallo está del otro lado, nunca y jamás del lado suyo.

En consecuencia, cada corriente eclesial y teológica cristiana asume una dirección correcta y efectiva del Espíritu Santo en la corriente adversa o disidente, sólo en aquellos aspectos de la interpretación de la Biblia y de la reflexión teológica (así como respecto de la praxis cristiana) en que la otra parte, concuerda con ella. Así de sencillo.


¡Hasta la próxima!