martes, 15 de agosto de 2017

¿Hacia una traducción cristiana del Antiguo Testamento como escritura judía?


Un sueño es sólo un sueño, no la realidad


Héctor B. Olea C.


¿Podremos soñar con tener algún día una traducción o versión cristiana del Antiguo Testamento (el Tanaj o Biblia Hebrea) que le haga justicia a éste como cuerpo literario propiamente judío y no cristiano? Esto, evidentemente, tendría ciertas implicaciones. Entre estas:

En primer lugar, ofrecer una traducción más apegada al texto hebreo que a su correspondiente traducción en la Septuaginta (versión griega del AT,  o Tanaj, Biblia Hebrea), y sin las intenciones de no hacer quedar mal a los autores del Nuevo Testamento, o por lo menos, no hacer que algunas interpretaciones de éstos sean puesta bajo sospecha o bajo cuestionamiento.

En segundo lugar, colocar los libros del Antiguo Testamento en el orden en que en verdad se encuentran en el Tanaj o Biblia Hebrea.

Consecuentemente, tendríamos un Antiguo Testamento que comience en Génesis, pero que termine en 2 Crónicas, y no en Malaquías. Luego, un período intertestamentario (entre los dos testamentos) que tenga como marco no a Malaquías y a Mateo, sino más bien a Daniel (como la obra más reciente del AT, Tanaj, Biblia Hebrea) y a Marcos (como el primer Evangelio en ser escrito). De todos modos, tal vez sería más preciso fijar un período intertestamentario (entre los dos testamentos) teniendo de marco a Daniel (como la obra más reciente del AT) y 1 Tesalonicenses (primer escrito del Nuevo Testamento, primera epístola de Pablo, y primer testimonio escrito de la interpretación o reinterpretación de Jesús, primer escrito propiamente cristiano).

Finalmente, si bien el AT (el Tanaj o Biblia Hebrea) no concluye con Malaquías, sino con 2 Crónicas; no es menos cierto que Esdras y Nehemías son posteriores a las Crónicas; y respecto del Nuevo Testamento, no fue el Evangelio de Mateo el primer Evangelio en ser escrito, tampoco fue el primer escrito del Nuevo Testamento, así de sencillo. 



¡Soñar no cuesta nada!

sábado, 12 de agosto de 2017

Teocracia, escatología e institucionalización de la Iglesia


Una perspectiva crítica


Héctor B. Olea C.


En el marco de las expectativas de una soñada y anhelada «teocracia» de un gran sector de la comunidad cristiana y evangélica, paralelas a las expectativas «escatológicas» en relación al retorno de Jesucristo y las implicaciones sociopolíticas que se asocian con éste, al menos desde la perspectiva dispensacionalista; quiero poner de relieve el conjunto de algunos elementos presentes en el  Nuevo Testamento mismo, y que se han identificado como fundamentales en el proceso de institucionalización de la Iglesia, y en conjunto comúnmente llamado «catolicismo temprano».

Por supuesto y, en honor a la verdad, estos factores han sido determinantes para las distintas formas de gobierno eclesiástico e institucionalización de las diversas tradiciones eclesiales cristianas y evangélicas; y no sólo en la institucionalización del cristianismo católico romano.

Por ejemplo, es prácticamente imposible encontrar que una tradición eclesiástica cristiana no haya apelado a las llamadas cartas o epístolas pastorales, en alguna forma, al momento de explicar y configurar su gobierno o administración eclesiástica; y esto es cierto incluso en los casos de las iglesias pentecostales, carismáticas y neo pentecostales, que en la práctica parecen depender demasiado de la iglesia de Corinto en su énfasis en los dones espirituales.     

Por otro lado, se observa que hay en el Nuevo Testamento, respecto de la institucionalización de la Iglesia, un proceso análogo al del establecimiento de la institucionalidad monárquica en la historia de Israel, de acuerdo a los datos que nos proporciona el Antiguo Testamento mismo (Tanaj, Biblia Hebrea).  

A continuación, de manera resumida, voy a mencionar los aspectos que se consideran expresión del llamado «catolicismo temprano», tomando como base lo que plantea Raymond E. Brown en su «Introducción al NT» (dos tomos) publicado por editorial TROTTA, al comentar a 2 Pedro, tomo II, páginas 989 y 990); y la descripción que ofrece el «Diccionario enciclopédico de historia de la iglesia», dos tomos, publicado por Herder:

1)    Ante el retraso de la “parusía”, la necesidad de la iglesia de afrontar su devenir histórico y el sentido presente de la vida (con el retraso de la parusía, los cristianos, que al principio entendían que la venida de Jesús acontecería muy pronto, tuvieron que hacer preparativo para su estadía aquí en la tierra. Este aspecto favoreció el proceso histórico de la institucionalización de la iglesia).

2)    En este mismo sentido, parece verosímil sostener que muy a pesar de las “señales” que menciona el llamado «Apocalipsis sinóptico» (Marcos 13.3-32; Mateo 24.3-51; Lucas 21.5-37 que deberían preceder a la «parusía»), al no cumplirse las expectativas escatológicas comunicadas por el mismo Jesús; por un lado, se fue desarrollando en la iglesia primitiva misma cierta prudencia o pesimismo en torno a depender demasiado de tales señales, asumiendo, en consecuencia, el regreso del Señor más bien como algo inesperado (sin contar con la realización previa de algunos eventos que la señalaran); y por otro lado, se fue consolidando la actitud de ruego y súplica (no la afirmación) por el definitivo regreso del Señor, o sea «maranata»: «Señor nuestro, ven» (ven ya).

3)    La tradición apostólica (compárese 2 Tesalonicenses 3.6), expresada en las cartas pastorales como “depósito” confiado al apóstol y a sus sucesores (1 Timoteo 6.29; 1 Timoteo 1.12, 14), garantiza la identidad de los cristianos a través del cambio de los tiempos y frente a las falsas doctrinas.

4)    La imagen de las comunidades se define menos a partir de los “carismas” (dones) de sus miembros, que del orden de los ministerios eclesiásticos (las pastorales y Primera de Clemente)

5)    En la mención de los elementos que le otorgan consistencia y permanencia a la comunidad adquiere importancia la enseñanza ética y la formación para el correcto comportamiento cristiano, también como expresión de la verdadera doctrina (1 Timoteo 6.1-10; Tito 3.1-8).

6)    La constitución de un canon cristiano propio tenía para la iglesia carácter de confesión de fe (Judas 1).

En conclusión, cualquier apelación que en la actualidad quisiera hacerse a la figura de la «teocracia» (gobierno de  Dios, mediado o directo) en algún sentido; no debería perder de vista que, cuando las expectativas en relación a la teocracia (Israel, AT) y con respecto a la escatología (Iglesia, NT), se vieron frustradas, o al menos aplazadas; tanto Israel como la Iglesia de manera natural hicieron los arreglos y ajustes de lugar, mediante alguna forma de institucionalización (¿secularización vital e inevitable?) que garantizara su presencia, continuidad, vitalidad, identidad, permanencia y subsistencia en su propio entorno sociocultural y político; aunque sin necesariamente perder la esperanza y la fe, como lo pone en evidencia la actitud de ruego y súplica que suponía el empleo de la palabra «maranata»: «¡Señor nuestro, ven!» (¡Ven ya!).



¡Hasta la próxima!  

viernes, 11 de agosto de 2017

«Teocracia», «monarquía», y la no imparcialidad de las narraciones bíblicas


Una perspectiva crítica

Héctor B. Olea C.

A propósito del libro de los Jueces, Werner H. Schmidt, en su «Introducción al Antiguo Testamento» (publicada por Ediciones Sígueme, año 1999, obra que recomiendo), afirma: “El libro de los Jueces describe sin duda una situación que se repitió varias veces. Pero la aparente orientación cíclica forma una espiral que se dirige a una determinada meta. La serie de acontecimientos ofrece, además del movimiento regresivo, otro movimiento prospectivo: el tiempo de los jueces apunta desde el principio hacia el período monárquico” (página 191).

Por otro lado, una “Introducción al Antiguo Testamento” más conservadora y menos académica, plantea:

“¿Acaso es el libro de los Jueces una justificación moderada de la monarquía davídica? ¿Sugerirá quizá la afirmación «en aquellos días no había rey en Israel» un tiempo en que había rey, para establecer un contraste implícito entre los días de la monarquía y aquellos inmediatamente anteriores? (a lo que yo respondo: por supuesto que sí) («Panorama del Antiguo Testamento», por Wiliam Sanford Lasor, David Allan Hubbard, y Frederic William Bush, publicada por Libros Desafíos, 1999, página 222).

En tal sentido se comprende la visión pesimista y hasta negativa que comunica el libro de los Jueces del periodo inmediatamente anterior al establecimiento de la monarquía en Israel, y la visión tan positiva y optimista que, en cambio, transmite de la monarquía misma. En ese marco no resulta sorprendente que insista, en cuatro ocasiones, en afirmar que la especie de caos y desorden que imperó en Israel en el periodo inmediatamente anterior a la monarquía, era precisamente por la ausencia de ésta (Jueces 17.6; 18:1; 19:1; 21.25).

Consecuentemente, es inocultable el apoyo (y defensa) del libro de los Jueces a la monarquía, en el marco de la historia deuteronomista (Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes, grupo literario conocido en el Tanaj o Biblia Hebrea, como «Profetas anteriores», o sea, «nevi’ím ’ajaroním»); luego llama la atención la injustificable, a nuestro juicio, imagen tan negativa que comunica el deuteronomista respecto de la figura de Saúl en relación a la de David (¿tiene Dios un villano favorito?); así como la imagen tan sublime que comunica del rey Josías en contraste con la de Saúl (el aparente desobediente por antonomasia) y la del conflictivo, violento, y nada perfecto rey David.

Por supuesto, a diferencia de la figura de Saúl que no tuvo ni siquiera la defensa del «Chapulín Colorado» (sin negar, obviamente, que Samuel tuvo una comprensión y un misericordia hacia Saúl, que jamás ha tenido una gran mayoría de la cristiandad evangélica, considérese 1 Samuel 15.35; 16.1); la figura de David si logró con el Cronista (1 y Crónicas, «divré hayyamín») un defensor a ultranza.

En consecuencia, así como para el deuteronomista el monarca perfecto fue Josías (“No hubo otro rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual”, 2 Reyes 23.25; esto muy a pesar de lo que dice respecto del rey Ezequías, 2 Reyes 18.5), para el cronista (1 y 2 Crónicas) lo fue el rey David (obra en la que todos los hechos negativos de la vida de David de pronto no parece que tuvieron lugar).

En suma, si bien representa el libro de los Jueces una situación muy similar a la que viven y fomentan muchas iglesias contemporáneas (salvando las diferencias, por supuesto) dirigidas por una figura imponente y carismática, con poca o ninguna institucionalidad; al margen de lo que piensen muchas iglesias evangélicas y personas en la actualidad; para el complejo redaccional de la que forma parte el libro los Jueces (la historia deuteronomista: Josué, Jueces, Samuel, Reyes), la falta de una institucionalidad como la que representada la monarquía, no es «teocracia», es un «caos».

En todo caso, a los fines prácticos, es preciso admitir que la «ley divina» o «teocracia», no pudo contar jamás con una mediación perfecta, sino siempre fallida, y en más de un sentido; en consecuencia, no podemos obviar las fallas de la mediación patriarcal, de la mediación sacerdotal, de la mediación profética, de la mediación de los héroes o jueces, y de la mediación de la monarquía misma, así de sencillo. 



¡Hasta la próxima!