domingo, 26 de febrero de 2017

El poder invasor haitiano y la primera presencia del protestantismo en Rep. Dom.


Una perspectiva crítica y consciente

Héctor B. Olea C.

A propósito de la presencia de Juan 8.32 en el escudo de la bandera nacional de la República Dominicana, junto al lema «Dios, Patria y libertad»; muy a pesar de la presunción de al menos un sector de la comunidad evangélica; parece comunicar la idea de que una patria que tiene a Dios como referente (en algún sentido), debe caracterizarse precisamente por una vida, una sociedad, una cotidianidad vivida en libertad, donde prime y se garantice la libertad de creencia (y la increencia), de conciencia y de cultos.   

Después de todo, una presencia religiosa de corte cristiano protestante y un tanto distinta a la católica (si bien no tan distinta como a muchos les habría gustado), no tuvo presencia en el territorio dominicano sino para el año 1824, con la llegada de unos seis mil (6000) negros libertos estadounidenses (entre los que vinieron dos ministros ordenados de la Iglesia Africana Metodista Episcopal); inmigración arreglada y patrocinada por el presidente e invasor haitiano Jean Pierre Boyer, precisamente por ser protestantes y para molestar a la Iglesia Católica. En consecuencia, es preciso poner de relieve que la primera presencia del cristianismo protestante en territorio dominicano es deudora del dominio y el poder invasor haitiano en territorio dominicano (1822-1844). Y en honor a la verdad histórica, pienso que las comunidades cristianas y evangélicas con presencia en territorio dominicano, deben ser conscientes de esta indiscutible realidad.

En tal sentido, si bien el pueblo dominicano como tal no habría de sentirse cómodo con la presencia de un poder invasor en su territorio; la primera presencia de un cristianismo de corte protestante, la primera presencia de un culto y una teología protestante en territorio dominicano, arreglada y patrocinada por el invasor Jean Pierre Boyer, probablemente sea una espinita que haya marcado de manera particular la visión de la Iglesia Católica respecto del invasor poder haitiano. Por supuesto, la gesta del 27 de febrero del año 1844 puso fin al dominio del poder invasor haitiano en el territorio dominicano; pero el protestantismo quedó y ha permanecido como marca indeleble de su efímera presencia.     

En suma, es prácticamente imposible, y muy inverosímil creer que la presencia de Juan 8.32 en el escudo de la bandera nacional, esté comprometido con las pretensiones del cristianismo católico y del cristianismo protestante y evangélico, que a ultranza pretenden imponer el imperio de su particular verdad y su modo peculiar de interpretar la Biblia, incluso fuera de los límites de su propio ámbito (la propia comunidad de sus fieles).

En consecuencia, a la luz de las pretensiones y la lucha de los padres de la patria y de los muchos otros que con ellos procuraron liberar al pueblo dominicano  del poder invasor haitiano; una patria que tiene a Dios como referente, debe garantizar precisamente la libertad física, de conciencia, de creencia, la increencia y la libertad de cultos; también debe sentirse comprometida con la indiscutible igualdad de todos los seres humanos, debe luchar y oponerse a todo tipo de discriminación y tiranía, incluso la tiranía religiosa, así de sencillo.   


¡Hasta la próxima!
  




domingo, 19 de febrero de 2017

La interpretación en el centro de la tradición judeocristiana


Lecturas y posiciones en conflicto


Héctor B. Olea C.

El en contexto de un diálogo con una persona amiga, tocamos un tema de esos controversiales y en los que no existe consenso entre los cristianos y evangélicos. De pronto la persona que dialogaba conmigo me dijo que ella quiere “fundamentarse en la palabra, no en su interpretación”.

Ante esta afirmación, me dije y pensé, aunque no se lo expresé: ¿Hasta cuándo se va a persistir en el error de no aceptar que todo lo que se dice y diga a partir de la Biblia, con base en la Biblia, es fruto de una inevitable e intrínseca lectura interpretativa de la misma? ¿Hasta cuándo se va a seguir creyendo que unos tienen una lectura pura de la Biblia, y otros tenemos meras conjeturas interpretativas? ¿Hasta cuándo se va a insistir en el error de creer que es posible hacer una lectura de la Biblia sin ningún tipo de mediación, sin ningún tipo de premisa, al margen de algún marco teórico y hasta referente vivencial o praxis? ¿Hasta cuándo se va a insistir en el error de no aceptar que ninguna lectura de la Biblia es inocente y desinteresada?   

En realidad la interpretación ha estado y está en el centro mismo del surgimiento de la Biblia, y de la tradición judeocristiana.

Por un lado, el AT supone una lectura y relectura interpretativa, no desinteresada (con inevitables implicaciones teológicas) de las culturas, religiones costumbres e idiosincrasia de los pueblos circunvecinos, así como de textos, códigos y mitos antiguos.

Por otro lado, el NT supone una lectura y relectura en clave cristológica de la historia, religión, cultura, códigos y mitos hebreos. De hecho, cabe preguntarse quién ha sido más determinante para la configuración de la fe cristiana, si la figura y enseñanzas del Jesús histórico, o si la lectura y relectura del AT, de la historia del pueblo hebreo (y de la persona misma del Jesús histórico) en pura clave cristológica. Me parece que la respuesta es demasiado obvia.

Por supuesto, así como la conclusión del pueblo hebreo y de la fe judía es que ellos y su religión eran mejores y superiores a la cultura, religión e idiosincrasia de los demás pueblos conocidos (compárese Éxodo 19.5; Deuteronomio 7.1-6); la fe cristiana también ha llegado a la misma conclusión, en relación a la fe judía misma, y frente al resto del pueblos (compárese Romanos 9.6-8, 30-33; Gálatas 3.6-18; y Hebreos 1-13).

Y peor aún, siendo cierto tanto a lo interno de la fe judía, como a lo interno de la fe cristiana, cada facción ha entendido, entiende, asume, concluye y afirma que tiene la verdad, la postura pura y perfecta, y el resto el error, y un mero espejismo de la verdad, así de sencillo.  


¡Hasta la próxima!


martes, 14 de febrero de 2017

La palabra «ágape» y la terminología de los sentimientos en la Biblia


Un análisis crítico y exegético
Cuestiones de exégesis y traducción bíblicas


Héctor B. Olea C.


sábado, 11 de febrero de 2017

Análisis y explicación del nombre hebreo y griego del libro de Éxodo


La migración como tema teológico


Héctor  B. Olea C.

Una forma de combinar y tomar en cuenta tanto el nombre hebreo (dado en la tradición masorética, o sea, «shemót»: “nombres”), como el que le dio la Septuaginta («éxodos»: “salida”, “partida”) al segundo libro (en castellano «Éxodo») del «Pentateuco» (nombre griego, el nombre hebreo es más bien «Toráh», es la siguiente.

Por un lado, es preciso admitir que en la tradición masorética, el nombre hebreo dado al segundo libro del «Pentateuco» o «Toráh», se sustenta en la declaración inicial del mismo primer capítulo: “Estos son los nombres (hebreo «shemót») de los hijos de Israel que entraron (emigraron a) en Egipto…” (Compárese Génesis 46.8).

Por otro lado, el nombre griego «éxodos» dado por la Septuaginta, se sustenta más bien en la declaración que se lee en el capítulo 19.1, de dicho libro: “En el mes tercero de la salida (griego «éxodos») de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí”.









En suma, la lista de las personas que entraron (emigraron de Beerseba, que hicieron un éxodo) con Jacob a Egipto, es el núcleo básico y primario del grupo que posteriormente salió (emigró, hizo otro éxodo) a Canaán, la llamada “tierra prometida” (Éxodo 6.4; compárese Génesis 46.5-27; Éxodo 1.1-4).  

Además, a diferencia del nombre hebreo «shemót» (nombres) que sí se encuentra al inicio del mismo primer capítulo del libro, el nombre griego, la palabra griega con que la Septuaginta identificó a dicho libro, o sea, «éxodos» (salida); en realidad se la encuentra en el libro en cuestión tan sólo dos veces: Éxodo 19.1 (haciendo referencia a la salida de Egipto) y Éxodo 23.16 (haciendo referencia a la salida del año), y traduciendo en ambas ocasiones una forma del verbo hebreo «yatsá» (salir, emigrar, brotar, aparecer, etc.).

Consecuentemente, desde la perspectiva de la Septuaginta, el nombre dado al libro de Éxodo, no se sustenta en el «éxodo» de Beerseba a Egipto (Génesis 46.5-27; Éxodo 1.1), como en la tradición masorética; sino en el «éxodo» de Egipto a Canaán (Éxodo 19.1).

Luego, siendo el pueblo de Israel un pueblo migrante desde sus inicios, es comprensible que luego el código mosaico incluyera una serie de disposiciones tendentes a proteger la vida y garantizar la subsistencia de las personas extranjeras (Levítico 19.33-34; 23.22; 25.5-6; Jeremías 7.6; Ezequiel  47.21-23; Zacarías 7.10).

Por supuesto, llama la atención y es lamentable, que hoy, personas, pueblos y comunidades cuya historia ha estado marcada por la migración, y de espalda a su propia historia, se muestren xenófobos, fomenten el odio, el desamor, y la falta de empatía, comprensión y misericordia hacia los inmigrantes, así de sencillo.



¡Hasta la próxima!

viernes, 10 de febrero de 2017

«Dios, Patria y Libertad»


A propósito del mes de la Patria


Héctor. B. Olea C.

De los tres términos que componen el lema que marcan el Escudo de la Bandera Nacional de la República Dominicana (artículos 31 y 32 de la Constitución): «Dios, Patria y Libertad», al margen de los insolubles e irreductibles problemas y conflictos teológicos que confrontan y originan tensión entre los grupos cristianos (católicos, evangélicos y otros); en mi opinión, los menos comprendidos por un gran sector de la comunidad católica y de la comunidad evangélica, son  precisa y muy lamentablemente: «Patria» y «Libertad».

Esto así, por un lado, porque no llegan a comprender, y parece que jamás lo comprenderán, que «Patria» e «Iglesia» (o su particular comunidad de fe) no son términos sinónimos, y nunca serán lo mismo; y por otro lado, porque tampoco llegan a comprender que la prerrogativa constitucional de la «Libertad» de conciencia, de creencia y de cultos (artículo 45 de  la Constitución), implica de manera intrínseca, el derecho a la increencia u otro tipo de creencia, por parte del resto de la población, el derecho de identificarse o no, y de pleno derecho, con alguna corriente religiosa (católica o evangélica, u otra), sin que se les coarten sus derechos y su libertad de expresión y asociación, en sujeción al orden público y al  marco jurídico vigente, así de sencillo.


De la separación entre iglesia y estado, y lo ideal de un estado laico.




Cuál es la religión oficial de República Dominicana?



Inconstitucionalidad del Concordato y de la Ley 44-00, por Benjamín Olea Cordero





¡Hasta la próxima!  

miércoles, 8 de febrero de 2017

El problema no está en la Biblia


Del acercamiento a la Biblia: algunos consejos prácticos para el dialogo fructífero

Héctor B. Olea C.

Cuando una persona piense entrar en diálogo con otra, para tratar un asunto relacionado con la Biblia, el que fuere; es aconsejable que antes de iniciar el diálogo (si no es lo que por lo general y en realidad es, una cadena de descalificaciones e insultos, basada precisamente en prejuicios e ideas equivocadas acerca de la verdadera naturaleza de la Biblia y de la forma en que nos acercamos e interactuamos con los textos bíblicos), procure verificar primero:

En primer lugar, si ambas partes comparten la misma visión respecto de la naturaleza y verdadera historia de la Biblia.

En segundo lugar, si ambas partes tienen en común la idea de lo esencialmente judío que es el conjunto de libros que comúnmente llamamos Antiguo Testamento, y lo propiamente cristiano que el conjunto de libros que llamamos Nuevo Testamento, y de las implicaciones que estas realidades tienen al momento de establecer cierta dependencia e interacción entre estos dos conjuntos de obras literarias (cánones) que conforman el llamado «canon bíblico».  



   







En tercer lugar, si comparten la misma concepción respecto de la intrínseca relación que existe entre los textos bíblicos y los marcos socioculturales en que estos surgieron.

En cuarto lugar, si tienen en común la misma idea respecto de la relación que existe entre la Biblia, el marco doctrinal e ideológico, y la praxis de la comunidad de fe o hermeneuta de la que cada una se siente parte y con la cual se siente identificada y comprometida.

En quinto lugar, si ambas partes emplean los mismos instrumentos y procedimientos (métodos exegéticos) en su acercamiento a la Biblia, en su estudio, apelación y apropiación de los textos bíblicos.

En verdad es prácticamente imposible que haya dialogo y una verdadera comprensión entre una persona que se acerca a la Biblia empleando los métodos exegéticos, con una perspectiva crítica, a la luz de la ciencias bíblicas; y una persona que no emplea dichos procedimientos, y peor aún, que ignora dichos procedimientos y hasta tiene ideas muy equivocadas (¿sataniza?) respecto del estudio bíblico exegético, académico y científico de la Biblia.

En sexto lugar, si ambas partes comparten la misma noción respecto del papel que se entiende que tiene la Biblia en la reflexión teológica, y para la praxis cristiana hoy (¿normativa, descriptiva, orientativa?).

Al respecto, son muy pertinentes aquí las palabras de Sallie Mcfague: “Si queremos plantearnos seriamente la Escritura y considerarla normativa, debemos entenderla en sus propios términos, como modelo de la forma en que debe hacerse teología, más que como autoridad que dicta los términos concretos de cómo hacerla”.

“Si nos planteamos seriamente la forma de la Escritura, con la pluralidad de perspectivas de interpretación que supone, tendremos que adoptar la misma actitud arriesgada y audaz que la propia Escritura adopta: interpretando el amor salvífico de Dios de forma que pueda «hablarle» a nuestras crisis de manera más persuasiva y enérgica. Y eso no significa, no puede significar, utilizar la terminología de hace dos mil años” («Modelos de Dios, teología para una era ecológica y nuclear», Sal Terrae, 1994, páginas 87 y 88).

En séptimo lugar, si ambas partes se definen y conciben con el mismo perfil. Ciertamente es muy difícil que haya un verdadero diálogo, comprensión y un trato respetuoso cuando una persona que se concibe como literalista, ultraliteralista, y por demás  conservadora, y ultra conservadora, pretende entrar en diálogo con otra que se considera progresista, crítica, y liberal. Por supuesto, hay personas que no se definen como conservadoras y fundamentalistas, pero la manera en que se acercan a la Biblia, hablan de ella, y en la forma en que se expresan y reaccionan ante la otra persona, las pone al desnudo.

En octavo lugar, si ambas partes comparten la misma noción respecto de los métodos de traducción empleados en la reproducción y difusión  de la Biblia, y de lo interesada y no neutral que es la labor de la traducción y difusión de la Biblia.

En noveno lugar, si ambas partes comparten la idea de lo no neutral, no inocente  y lo interesada que es la lectura de la Biblia, todo acercamiento a la Biblia, la interpretación y aplicación de la misma.

Finalmente, no deja de ser un tanto falaz e ilusorio el que tantas personas sigan creyendo que nos acercamos a la Biblia, que leemos los textos bíblicos a especie de «tabula rasa», en el vacío, sin ningún presupuesto doctrinal o ideológico, sin compromiso alguno con una determinada praxis, etc.; por supuesto, seguir pensando también que los autores de la Biblia sencillamente escribieron para nosotros sino es que para las personas de todos los tiempos, y no para la gente de su propio contexto histórico y sociocultural, y en los términos de su propio contexto vital.


¡Hasta la próxima!  



martes, 7 de febrero de 2017

Biblia y teología en el marco de la asamblea de Jerusalén


La voluntad de Dios versus las premisas de la comunidad hermeneuta 



En Hechos 15, en el contexto de la asamblea o concilio de Jerusalén, encontramos un ejemplo demasiado concreto de la intrínseca relación que existe entre la llamada «voluntad de Dios» (lo que se supone que es el deseo de Dios, lo que le agrada a Dios, lo que pide o exige Dios), y la teología o premisas de la comunidad hermeneuta (la comunidad que asume, interpreta, relee y contextualiza los textos bíblicos), la comunidad triunfadora, la que tiene el poder, la hegemonía, la que define una determinada y particular ortodoxia.  

En el marco del relato o informe que da cuenta de dicha asamblea, observamos cómo lo que finalmente es presentado por Jacobo (líder de la comunidad de Jerusalén) como la «voluntad y el deseo de Dios» (la perspectiva del Espíritu Santo), Hechos 15.28-29: “Porque pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponerles mayor carga que estas cosas esenciales: 29 que se abstengan de lo que ha sido sacrificado a los ídolos, de sangre, de la carne de animales que han sido estrangulados y de prostitución…”; curiosamente era precisa y exactamente lo que previamente Jacobo había externado como su opinión personal y particular: “Y mi opinión entonces es que no debemos ponerles obstáculos a los gentiles que se convierten a Dios. 20 Al contrario, deberíamos escribirles y decirles que se abstengan de comer alimentos ofrecidos a ídolos, de prostitución, de comer carne de animales estrangulados y de consumir sangre” (Hechos 15.19-20).









En suma, no entiendo la dificultad que tienen muchas personas en entender que el proceso de reflexión teológica, de lectura, interpretación y aplicación de los textos bíblicos es en realidad un proceso de doble vía: por un lado, los textos bíblicos funcionan como «el alma» de la reflexión teológica, en el contexto de la tradición judeocristiana; pero a su vez, y por otro lado, los textos bíblicos son leídos, asumidos, interpretados, y aplicados a la luz de la particular teología y conjunto de premisas que posee cada comunidad hermeneuta (y de una persona en particular como miembro comprometido de una determinada comunidad hermeneuta), así de sencillo.


¡Hasta la próxima!