jueves, 2 de junio de 2011

¿Por qué utilizar el «cuervo» para invitarnos a confiar en Dios? ¿El fin justifica los medios? 1 de 2

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Héctor B. Olea C.

Por lo general, principalmente desde la óptica de la ética cristiana, se entiende que la persecución de una meta (fin, propósito, objetivo) loable, digno; supone a la vez, el empleo de unas estrategias o métodos tan loables y dignos como la meta propuesta misma.

En otras palabras, que el logro de un determinado fin (fin intermedio o fin final, fin último), implica la aplicación y utilización de unos medios que tengan el mismo ADN de la meta a alcanzar. Por eso la ética cristiana ha insistido en que “el fin no justifica los medios”, o por lo menos, “no siempre”.
Sin embargo, desde hace algunos siglos se viene planteando la justificación de la tesis con la cual compite: “el fin justifica los medios”. Pienso que es preciso reconocer aquí que en realidad, la tesis cristiana “el fin no justifica lo medios”, o por lo menos, “no siempre el fin justifica los medios”, ha venido a ser la reacción y la antítesis cristiana a la primera.

Con la tesis “el fin justifica los medios (y hay quienes dicen que “siempre”), se subraya la convicción de que no importa lo que tenga que hacerse, con tal que los métodos y estrategias a emplear permitan el logro de la meta propuesta y en la mejores condiciones posibles.

Ahora bien, a pesar de lo popular que ha venido a ser la tesis “el fin justifica los medios”, lo cierto es que lo referente a quién fue su creador es más bien objeto de discusión. Por lo general se le atribuye al político, diplomático, filósofo, y escritor italiano Nicolás Maquiavelo en italiano (Niccolò di Bernardo dei Machiavelli), nacido en Florencia, el 3 de mayo de 1469, y quien murió en la misma Florencia, el 21 de junio de 1527 (Wikipedia).




De todos modos, las personas que entienden que “siempre” el fin justifica los medios, no lo hacen en el vacío. Parten del supuesto de que en realidad, dicen ellos (y parece ser cierto), no hay en la vida sino una cadena de fines. Entienden que cuando una persona ejerce un acto de voluntad en una dirección determinada, no importando donde se la sitúe (si como fin final, o no), esa dirección constituye en realidad un fin.

Por ejemplo, desde el punto de vista de la lengua y el lenguaje (como capacidad únicamente humana), todo acto de habla involucra la decisión deliberada de utilizar ciertas palabras y no otras. Lógicamente, esto implica la decisión consciente de evitar, al mismo tiempo, el uso de ciertas palabras.

Me explico, cada vez que en un acto de habla una persona decide utilizar determinadas palabras, en ese mismo acto de habla estuvo involucrada la decisión de evitar consciente y deliberadamente el empleo de otras.

Y es precisamente en el campo del lenguaje y la lengua, y no en el terreno del debate filosófico-teológico sobre la ética y la moral, en el que me propuse hablar de «Una apelación indigna: ¿por qué utilizar la figura del cuervo para invitarnos a confiar en Dios? ¿Justifica el fin lo medios?» ¿Por qué utilizar un ave “impura”, “abominable” para comunicar una enseñanza positiva, para invitar a la gente a confiar en el cuidado de Dios?

Pues bien, si en todo acto de habla la persona hablante de manera deliberada ejerce un acto de volunta al decidir qué palabras usar y cuáles evitar; es obvio que lo mismo se ha de aplicar y en la misma proporción en lo relativo a cuáles figuras apelar, o cuáles metáforas utilizar, y a cuáles figuras o metáforas evitar.








Ahora, si bien las palabras -sujetas a la forma (morfología) y estructura (sintaxis) en que las emplee- vienen a constituir un medio respecto del mensaje que desea comunicar el hablante; no es menos cierto que el acto voluntario que ejerce la persona hablante respecto de escoger unas palabras y evitar otras, las convierte efectivamente, en ese nivel, en un fin.

En la medida que una persona hablante desea y busca el empleo de una determinada palabra, figura o metáfora; en esa misma medida, cuando decidió buscar y elegir esas palabras y no otras, ahí mismo vinieron a constituir éstas un fin en sí mismas, como cosa buscada y lograda.

Eso implica que cuando una persona decide emplear por ejemplo, la palabra “bello” en lugar de “lindo”, en un determinado discurso; esa decisión supone un acto deliberado del hablante. Acto que implica el ejercicio de la voluntad para escoger una palabra y no la otra.

En consecuencia, aunque para la totalidad del discurso el decidir emplear una palabra en lugar de otra puede ser considerado un medio; lo cierto es que el inclinar la voluntad hacia la elección y preferencia de una palabra (figura o metáfora) supone considerar la elegida como un fin, fin que lleva a la persona hablante a lograr el fin, meta e impacto que pretende alcanzar y producir con el empleo de dicha palabra, figura o metáfora.

Además es muy probable que la persona hablante esté consciente de que la utilización de ciertas palabras en un determinado mensaje, en un determinado contexto, puede se catastrófico para los objetivos de su discurso, mensaje y acto de habla.

¿Cuántas veces no nos ha ocurrido que, queriendo y teniendo la meta de usar (o evitar) una determinada palabra, figura o metáfora; sin embargo, no lo hemos logrado? ¿Cuántas veces frente a un determinado auditorio no hemos logrado la meta de emplear la palabra, figura o metáfora deseadas, y hemos tenido que recibir la ayuda del auditorio mismo?

Después de este largo preámbulo, paso ahora a considerar el asunto que en realidad me he propuesto analizar en este artículo: el empleo por parte de Jesús, de una figura que tiene una imagen muy negativa, pero con el propósito de comunicar una lección positiva. ¿Justifica el fin los medios?

Pues bien, en el contexto de una enseñanza en que Jesús animaba a sus oyentes a confiar en Dios, y a evitar el afán y la ansiedad; encontramos el empleo de una figura repugnante para muchas personas. Esta figura es la del cuervo, un animal de carroña, un animal impuro inmundo en la cultura hebrea. Esto así, pues, además de alimentarse de insectos y pequeños animales, también se alimenta de carne en estado de corrupción.

El pasaje bíblico materia prima para nuestro análisis es Lucas 12.24, que en la versión Reina Valera 1960 afirma: Considerad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni granero, y Dios los alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que las aves?

Ahora, es posible que algunas personas reaccionen y se pregunten: Señor, ¿dijiste cuervo? ¿En verdad eso fue lo que dijiste? ¿Es que no había para ti un animal cuya imagen y reputación fuera más adecuada? ¿Por qué no hablaste de, por ejemplo, los animales puros que se utilizan tanto para comer como para los sacrificios en el templo?

Y posiblemente concluirían diciendo: Bueno, Señor, respecto tu punto de vista, pero en tu lugar, yo jamás emplearía la figura del cuervo. A diferencia de ti, prefería utilizar, por ejemplo, la figura de la paloma, la tórtola, etc., pero nunca a un animal de carroña.

En la Biblia misma hallamos algunos pasajes que nos ilustran muy bien la idea negativa que generalmente se tenía y se tiene del cuervo, por ejemplo:

“El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre. Los cuervos de la cañada lo saquen, Y lo devoren los hijos del águila” (Proverbios 30.17).

Se adueñarán de ella el pelícano y el erizo, la lechuza y el cuervo morarán en ella; y se extenderá sobre ella cordel de destrucción, y niveles de asolamiento (Isaías 34.11)

“La madera de sus casas será arrancada, y en ellas se echarán los rebaños de ovejas y toda clase de animales salvajes. El búho y el erizo dormirán en lo alto de sus postes, y los cuervos graznarán en las ventanas y en los umbrales (Sofonías 2.14 en la versión popular Dios Habla Hoy de estudio). Y en una nota al pie de página explica: “Los cuervos según la versión griega (la Septuaginta; hebreo: destrucción”.

Por otro lado, el cuervo es catalogado como un ave abominable en el código mosaico:

Y de las aves, éstas tendréis en abominación; no se comerán, serán abominación: el águila, el quebrantahuesos, el azor, 14el gallinazo, el milano según su especie; 15todo cuervo según su especie (Levítico 11.13-15)

Toda ave limpia podréis comer. 12Y estas son de las que no podréis comer: el águila, el quebrantahuesos, el azor, 13el gallinazo, el milano según su especie, 14todo cuervo según su especie (Deuteronomio 14.11-14)

Después de conocer la imagen negativa que tenía el cuervo, fundamentada también en lo que establecía el código mosaico, parece razonable preguntase si Jesús no pudo hallar una figura mejor posicionada para su discurso.

Como ya advertí, a pesar de la imagen muy negativa que se tiene del cuervo, vemos que sin ningún pesar ni alteración del ánimo, Jesús muy tranquilamente afirma: Considerad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni granero, y Dios los alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que las aves? (Lucas 12.44).

De todos modos las cosas no dan muestras de ser tan sencillas, pues al margen de lo que acabamos de leer en Lucas 12.24, llama la atención que en Mateo 6.26 leamos: Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?

Una vez que se compara la versión de Lucas con la de Mateo, comienzan los problemas. ¿Por qué, según Lucas, Jesús usó la figura negativa de «el cuervo»; pero según Mateo, la figura general más positiva de «las aves del cielo»? ¿Cuál fue en realidad la figura utilizada por Jesús? ¿Cuál de los dos evangelistas (Mateo o Lucas) fue el que aparentemente produjo un giro en las palabras de Jesús?

Si en la versión de Lucas Jesús nos invita a considerar “los cuervos”; pero en la versión de Mateo Jesús nos invita a considerar “las aves del cielo”; opino, en consecuencia, que no es descabellado el preguntarse cuál de las dos versiones, si la de Mateo o si la de Lucas, es la que reproduce las palabras originales de Jesús.

¿Cuáles fueron, pues, las palabras precisas de Jesús? ¿Consideren “los cuervos” o consideren “las aves del cielo”?

Si en efecto Jesús originalmente usó la figura del cuervo (en conformidad con Lucas, entonces fue Mateo el que cambió la figura del cuervo, por la de las aves en sentido general. Pero si es Mateo el que reproduce las precisas palabras de Jesús, sería Lucas el que habría hecho la sustitución de las “aves” por la de los “cuervos”.

En todo caso, es obvio que Jesús no pudo haber usado las dos expresiones al mismo tiempo y en el mismo contexto. Así, pues, es inevitable el concluir que uno de los dos evangelios hizo una sustitución. El problema es saber cuál.

Las palabras de Jesús que ahora nos ocupan, forman parte de la fuente de los dichos (logia) de Jesús, conocida como “la fuente «Q»”. Hecho que explica por qué no se lo encuentra en Marcos, en cambio sí en Mateo y en Lucas.

Precisamente el que no tengamos otra fuente que dé apoyo a la versión de Lucas ni a la de Mateo, dificulta el análisis. No obstante, pienso que hay formas de acercarnos a una conclusión plausible.

El dilema que nos presenta la presencia de “los cuervos” en Lucas, y la de “las aves del cielo” en Mateo; pienso que podemos encararlo de una manera adecuada apelando al principio o criterio utilizado en las ciencias históricas y en los llamados “métodos histórico-críticos”, el criterio de la «disimilitud». ¿En qué consiste, pues, el criterio de la «disimilitud»?

Una forma parafraseada de la definición que ofrece Antonio Piñero del criterio de la criterio de la «disimilitud», «discontinuidad», o «desemejanza», es la siguiente: “Ciertos dichos y hechos de Jesús pueden considerarse auténticos si se demuestra que no pueden derivarse del judaísmo antiguo o del cristianismo primitivo, o son contrarios a las concepciones e intereses de las dos religiones en cuestión.”

Y aquí nos preguntamos: ¿Qué es más probable, que sería más acorde con la mentalidad común? ¿Qué Jesús usara la figura del cuervo, o que Jesús usa la figura general de las aves? ¿En qué dirección podría ir la tentación de cambio? ¿De los “cuervos” a las “aves”, o de las “aves” a los “cuervos”?

A pesar de la imagen negativa de los cuervos, hay en el AT dos pasajes que favorecen la versión de Lucas:

¿Quién prepara al cuervo su alimento,
Cuando sus polluelos claman a Dios,
Y andan errantes por falta de comida? (Job 38.41)

7Cantad a Jehová con alabanza,
Cantad con arpa a nuestro Dios.
8El es quien cubre de nubes los cielos,
El que prepara la lluvia para la tierra,
El que hace a los montes producir hierba.
9El da a la bestia su mantenimiento,
Y a los hijos de los cuervos que claman (Salmo 147.7-9)

En esta misma línea de pensamiento, encontramos un pasaje que habla de la vulnerabilidad del cuervo, en un pasaje en el que se describen las debilidades e incapacidades de los ídolos. El libro es un libro del AT, «apócrifo», según la nomenclatura protestante; pero deuterocanónico, según la nomenclatura católica. El pasaje al que hago referencia es «Carta de Jeremías» 6.45-53, cito:

45“Los ídolos son hechos por artesanos y orfebres, y no son más que lo que el artista quiere que sean. 46Los hombres que los hacen no viven mucho tiempo: ¿cómo pueden ser dioses cosas hechas por esos hombres? 47Estos no dejan a sus descendientes más que un engaño vergonzoso. 48En caso de guerra o de desastre, los sacerdotes se reúnen para ver dónde esconderse con sus dioses. 49¿Cómo es posible que no se den cuenta de que no son dioses, si no pueden salvarse a sí mismos de la guerra y del desastre? 50No son más que trozos de madera recubiertos de oro y plata; por eso, tarde o temprano aparecerá que son un puro engaño. Todas las naciones y sus reyes reconocerán que no son dioses, sino cosas hechas por los hombres, y que en ellos no hay ningún poder divino. 51¿Quién no se da cuenta, pues, de que no son dioses? 52“No pueden nombrar a nadie rey de un país, ni pueden dar la lluvia a los hombres. 53No pueden hacer valer en un juicio sus derechos, ni pueden salvar al oprimido, porque no tienen poder ninguno. Son como cuervos en el aire

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