jueves, 16 de junio de 2011

«El que hurtaba, no hurte más, pero…» (Efesios 4.28); Teología y texto bíblico


Un análisis a manera de ejemplo

Héctor B. Olea C.

Un hecho que aparentemente no necesita demostración es que el mensaje que comunica un texto está sujeto a la forma y estructura en que dicho texto fue elaborado por su autor o autora. Claro está, hay textos que manifiestan una elaboración más compleja que la de otros.

En consecuencia, el estudio básico de un texto supone el análisis gramatical o morfosintáctico del mismo, atendiendo a las características peculiares de la lengua en que lo leemos. En los casos de trabajar con un texto traducido (característica general de los textos bíblicos), estamos llamados a tratar de conocer el texto tal cual nos ha llegado en su lengua original (siempre que sea posible, pero no deja de ser un valioso ideal).

El análisis del texto como construcción lingüística y literaria (sujeto a una determinada gramática o morfosintaxis), nos permite constatar si el lenguaje empleado es llano, o si hay alguna figura literaria en el texto que amerite alguna atención especial. También nos permite verificar si las palabras se están empleando en su sentido corriente o en un sentido figurado.

Por otro lado, el análisis estructural o semiótico nos invita a considerar algunas estructuras especiales (superficiales y profundas) que no se deben ignorar, que tienen una importancia trascendental al momento de tratar de explicar cómo es que un texto produce su sentido.

Lo ya dicho, obviamente, se ha de aplicar con igual rigor a los textos bíblicos y la teología que se supone comunican. Por lo tanto, una inadecuada o mala lectura de un texto bíblico nos expone a la triste condición de comunicar una idea equivocada respecto de su mensaje, enseñanza o teología.

Ahora bien, el hecho de asumir los textos bíblicos como «textos sagrados», textos con una importancia religiosa y espiritual capital (textos normativos); ha imposibilitado el que en muchas ocasiones los textos bíblicos sean tratados como lo que en esencia son: textos lingüísticos y literarios (hijos de su tiempo, propios de un determinado contexto geográfico y de un determinado marco cultural). Es más, muchas veces se ha pensado y, son muchas las personas que entienden, que el someter los textos bíblicos a ciertos tipos de análisis va en contra de su naturaleza y de su carácter. Cierto es que para nosotros los textos bíblicos tienen el carácter de sagrados, pero al final, textos son.

De todos modos, a manera de ilustración, me propuse en esta ocasión llamar la atención sobre un texto bíblico (aplicándole un sencillo análisis gramatical) que en muchas ocasiones personalmente he visto que se lee muy mal, y en consecuencia se ha dicho que afirma algo, cuando en realidad sostiene otra cosa.

El texto en cuestión es Efesios 4.28, cito: “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Reina Valera 1960).

Pues bien, en el contexto en que el autor de Efesios invita a sus lectores a abandonar por completo la pasada manera de vivir sin Cristo (Efesios 4.17-6.9), y a asumir las condiciones de la nueva realidad en él (en Cristo); Efesios 4.28 demanda que la persona que robaba, no robe más. Pero más que eso, afirma “trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir”.

La parte de este texto que en mi presencia se ha leído e interpretado mal es: “para que tenga qué compartir.” Ahora, es preciso tener bien claro que en el centro de la confusión está la palabra “qué” (con tilde). De lo que he sido testigo ocular es que se lee la palabra “qué” (con tilde), que es la que está en el texto, como un “que” (sin tilde). Pero, ¿existe alguna diferencia? ¿Cómo cambia o se altera el mensaje que realmente comunica el texto al leerse el “qué” (con tilde), como un “que” (sin tilde)?

Mi reacción ante las preguntas planteadas va en la siguiente línea. Resulta que la palabra “que” (sin tilde), tiene dos usos básicos: 1) Como pronombre relativo (Ella es la hermana de la que te hablé); 2) Como conjunción (Es imposible que lo olvide; Le dijo dos veces al hermano, que le trajera los libros).

Pero el “qué” (con tilde) tiene tres usos básicos: 1) Pronombre interrogativo y exclamativo (¿Qué fue lo que dijo?; ¡Qué día!); 2) Interjección (¡Qué!); 3) Sustantivo masculino (Tiene su qué, atrae).

Como se ve, es improcedente e induce a error el leer el “qué” (con tilde), como un “que” (sin tilde) en la frase de Efesios 4.28 “para que tenga qué compartir.
Leyendo el “qué” (con tilde), como un “que” (sin tilde) en la frase en cuestión, origina la lectura: “el que hurtaba no hurte más, sino trabaje con sus propias manos para que tenga que compartir (para que se vea en la obligación, deber, o posibilidad de compartir).”

Ahora bien, entendiendo que el “qué” de la frase en cuestión lleva tilde, cabe preguntarse cuál será su uso aquí (¿interrogativo o exclamativo?, ¿interjección? o ¿sustantivo?). Pienso que no debe ser un gran problema entender que aquí su uso es de sustantivo.

En consecuencia, como sustantivo, el “qué” de Efesios 4.28 nos da la siguiente lectura: “La persona que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga algo para compartirlo con la persona que padece necesidad” (Reina Valera 1960).

Esto explica la traducción que leemos en la versión popular Dios Habla Hoy: “El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo (un “qué”) que dar a los necesitados.

En concordancia, pues, con el uso de “qué” (con tilde) como sustantivo, se comprenden también las formas en que se lee Efesios 4.28 en la Nueva Biblia Española y en la Biblia de Jerusalén latinoamericana, las cuales cito a continuación.

«Nueva Biblia Española»: “El ladrón, que no robe más; será mejor que se fatigue trabajando honradamente con sus propias manos para poder repartir (su “qué” logrado y obtenido) con el que lo necesita.”

«Biblia de Jerusalén latinoamericana»: “El que robaba, que ya no robe, sino que trabaje con sus manos, haciendo algo útil para que pueda socorrer (con el “qué” logrado y obtenido) al que se halle en necesidad.”

Ahora, si bien no parece haber mucha diferencia si se lee el “qué” (con tilde), como si no tuviera tilde (“que”) en Efesios 4.28 en la Reina Valera de 1960; lo cierto es que no comunican exactamente la misma idea.

Si en Efesios 4.28 (Reina Valera 1960) hubiera un “que” sin tilde, la idea comunicada sería: “para que tenga que compartir con quien lo necesita”, “para que se vea en la obligación, deber o posibilidad real de poder compartir.”

Pero si se lee tal y como está el texto, con una “qué” con tilde, la idea que comunica más bien es: “para que tenga algo (un “qué”, un bien) que pueda compartir”.

Finalmente, antes de plantear la conclusión final de este estudio, quiero arrojar un poco de luz respecto del texto griego que está detrás de la frase que ahora nos ocupa “para que tenga qué compartir” (Reina Valera 1960). Esto así, pues en realidad estamos haciendo referencia a un texto traducido.

Pues bien, la expresión griega que está detrás de la traducción “para que tenga qué compartir”, es “jina éje metadídonai”. Dicha expresión está compuesta por tres elementos: 1) La conjunción “jina” que acompañada con el modo subjuntivo abunda bastante en el NT (alrededor de 620 veces) indicando finalidad o propósito; 2) Una forma verbal del verbo “éjo” (tengo) en modo subjuntivo, en la tercera persona singular, tiempo presente, voz activa, o sea, “éje”; 3) El infinitivo activo del verbo “metadídomi”, o sea “metadídonai”.

En resumen, todos estos detalles nos permiten concluir que una traducción adecuada de la expresión griega que está detrás de la traducción “para que tenga qué compartir” (Reina Valera 1960), es decir, ““jina éje metadídonai”, es: “para que tenga algo que compartir”; también: “para que tenga algo que lo pueda compartir”.

En conclusión, el “qué” sin tilde (como conjunción) habla de la posibilidad de poder compartir. Pero el “qué” con tilde (como sustantivo) apunta específicamente al hecho de que “el bien o fruto” logrado mediante el trabajo honrado sea compartido.

Así como en la pasada manera de vivir el ladrón (o ladrona) se apropiaba, no de la posibilidad de que el prójimo o prójima tuviera algo, sino concretamente de sus bienes y posesiones; la nueva vida en Cristo le exige al anterior ladrón que ahora obtenga de manera honrada sus bienes, algún bien (un “qué”) que pueda y deba compartir con las personas necesitadas.

Si en la pasada manera de vivir el ladrón o ladrona se apropiaba del bien ajeno (de manera centrípeta); ahora en Cristo, el ladrón o ladrona debe trabajar para adquirir de manera honrada y legítima sus bienes; pero no sólo eso, sino que también debe estar dispuesto (a) y capacitado (a) para despojarse de lo suyo (de manera centrífuga) con buen ánimo y sin remordimiento o dolor alguno, y compartirlo con aquellas personas que padecen necesidad.


¡Hasta la próxima!

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