sábado, 25 de junio de 2011

«Eucaristía y presencia de Cristo» A propósito de la fiesta de «Corpus Christi» Una interminable discusión cristiana 3 de 3

«Eucaristía y presencia de Cristo»

A propósito de la fiesta de «Corpus Christi»

Una interminable discusión cristiana

3 de 3

Héctor B. Olea C.

Análisis de Juan 6.35-59.

Este pasaje ha sido objeto de muchas discusiones entre comentaristas bíblicos católicos y protestantes. Cada uno, unos más que otros, tratando de hallar apoyo para su doctrina. No obstante, cabe preguntarse si no es posible situarse en un terreno menos interesado teológicamente, y procurar hacerle justicia al texto en el plano de la exégesis más pura posible. En este último terreno es en el que pretendo y he pretendido situarme ahora y siempre.

Hay comentaristas bíblicos que analizan todo el pasaje como teniendo los mismos matices desde el versículo 35-59. También hay comentaristas que, desde una perspectiva que entiendo más correcta, hacen una distinción y ven aquí dos secciones: la primera (versículos 35-50), que revela, describe y presenta a Jesús como el verdadero maná; la segunda (versículos 51.59), que muestra matices y elementos propios de la celebración eucarística.

Un ejemplo de una exégesis protestante muy pobre de este pasaje lo constituye la argumentación de A. T. Robertson, cuando dice: “Para estos judíos habría constituido una total confusión que Jesús hubiera empleado el simbolismo de la Cena del Señor. Sería realmente poco recto por parte de Juan emplear este discurso como apoyo del sacramentalismo. El lenguaje de Jesús sólo puede tener un significado espiritual, al revelarse Él como el verdadero maná” («Comentario al texto griego», página 221).

Después de leer el comentario de Robertson me siento en la obligación de aclarar algunas cosas:

En primer lugar, una cosa es que en este pasaje del cuarto evangelio efectivamente haya elementos que sólo se explican (específicamente en el NT) en el contexto de la «Eucaristía» o «Cena del Señor»; y otra cosa que el autor del cuarto evangelio estuviera pensando en dar apoyo al sacramentalismo. En verdad una cosa es el valor que tanto Pablo como Juan (el cuarto evangelio) le asignan a la celebración eucarística, y otra el sacramentalismo como tal.

No podemos perder de vista que el sacramentalismo está asociado con el negocio de los sacramentos, así como con el hecho de que muchas personas se consideran parte de la iglesia sólo porque reciben la eucaristía y los demás sacramentos. Esta situación ha originado toda una serie de cristianos sin compromiso con la comunidad de fe (sin una comunión e identificación plena con la misma), y prácticamente sin una verdadera vivencia y testimonio cristiano. Además, quiero advertir que en realidad el sacramentalismo es un tema de discusión y desavenencias entre los católicos mismos. También es el sacramentalismo objeto de severas críticas por parte de un buen sector de la iglesia católica misma.

Creo que sería bueno recordar aquí que ningún escritor de la Biblia escribió o pensó alguna vez como católico, protestante, luterano, reformado o pentecostal, etc. Esta incuestionable verdad nos debe poner en guardia frente a cualquier intento de proyectar en los textos bíblicos algunos prejuicios y esquemas (o sistemas) de pensamiento, así como el intento de atribuirles a los autores de la Biblia el compromiso con algunas concepciones teológicas que en verdad surgieron muchos siglos después de estos.

Al hacer esta observación viene a mi mente la actitud asumida por el comité editorial que estuvo a su cargo la versión Reina Valera 1960. Me refiero específicamente a la decisión de evitar en dicha versión la traducción “sábado” y en su lugar preferir la traducción “día de reposo” acompañada con un asterisco que llamaba la atención de la persona lectora con la frase “Aquí equivale a sábado”. Lo curioso es que aunque se mencionaron una serie de argumentos para justificar su postura, personalmente tengo las sospechas de que en el fondo estaba la preocupación respecto de publicar una versión de la Biblia que viniera a darle cierto apoyo (o pareciera dárselo) a la doctrina adventista sobre el sábado.

No deja de ser interesante que alrededor de tres décadas después se hiciera justicia, y para la revisión de la Reina Valera 1995 se optó por emplear en la traducción, definitivamente, la palabra “sábado”. Con esto se eliminó la traducción “día de reposo” y la tediosa observación “Aquí equivale a sábado”. Me pregunto, si “día de reposo equivalía” a “sábado”, ¿por qué, pues, no haber traducido desde un principio “sábado” en lugar de “día de reposo”? De todos modos, a pesar de aparecer la palabra «sábado» en la Reina Valera 1995, no es cierto que haya cambiado en algo la histórica visión que tienen las iglesias protestantes y evangélicas no sabáticas de la tradicional e histórica doctrina adventista.

Lo que quiero evitar ahora es que caigamos en este tema, con relación al catolicismo, en el mismo error que se cayó respecto de los grupos sabáticos, al evitar sin fundamento el empleo de la traducción “sábado” en la versión Reina Valera 1960.

En segundo lugar, que en virtud de lo dicho en el párrafo anterior, no es recomendable dejar que nuestros prejuicios vicien o influencien negativamente nuestra exégesis. De ocurrir tal cosa, nos llevaría a negar, manipular o pretender minimizar algunas realidades que son apoyadas por los textos bíblicos, bajo el pretexto de que vendrían a darle soporte bíblico a una corriente o posición teológica adversa a la mía (a la cual se busca presentar, a todo costo, como sin fundamento bíblico alguno).

Creo pertinente traer a colación aquí el conocido concepto de «protocatolicismo». ¿En qué consiste, pues, el «protocatolicismo»? Se la llamado «protocatolicismo» o «catolicismo temprano» a ciertos rasgos que se encuentran en algunas secciones del NT mismo (principalmente en las llamadas epístolas pastorales y en las generales) y que concuerdan con algunos de los rasgos principales de la iglesia católica romana occidental en la edad media.

Ahora bien, si se cree justificado el concepto de «protocatolicismo», para ser consistente, habría que sospechar: 1) de un «protocalvinismo» o «calvinismo temprano» en Romanos 8.28-30, 38-39; Efesios 1.3-14; 2) de un «protoarminianismo» o «arminianismo temprano» en 1 Pedro 1.2; 2 Pedro 1.10; 3) de un «protopentecostalismo» o «pentecostalismo temprano» en Hechos 1.8; 2.1-13; 1 Corintios 12.1-31; 4) de un «protoadventismo sabático» o «adventismo sabático temprano» en Marcos 1.21-22; Lucas 13.10; Hechos 13.42, 44; 15.21; 16.13; 17.1; etc.

En tercer lugar, en concordancia de Raymond E. Brown, podemos decir que hay en Juan 6-51-59 dos factores que evidencian aquí la referencia a la «Eucaristía» o «Cena del Señor». Por un lado, la insistencia en la necesidad de comer la carne de Jesús y beber su sangre (Juan 6.54); por otro lado, la idea desarrollada especialmente en el versículo 51, a saber: “y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (compárese Marcos 14.22, 24; Mateo 26.27-28; Lucas 22.19-20; 1 Corintios 11.23-24). Tales palabras sólo se entienden y se encuentran en el NT en el contexto de la «Eucaristía» o «Cena del Señor».

Conclusiones:

1) De las cinco veces en que se usa en el NT la expresión “cuerpo de Cristo”, es en tan sólo una de ellas que se usa en conexión con la «Eucaristía» o «Cena del Señor», a saber, 1 Corintios 10.16.

2) Tradicionalmente ha habido tres formas de entender la presencia de Cristo en la Eucaristía o Cena del Señor:

a) La asumida por la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa y la Anglicana o Episcopal. Esta se caracteriza por entender que en la Eucaristía o Cena del Señor, el pan (la hostia) y el vino de manera milagrosa se transforman en el verdadero cuerpo de Cristo. No obstante, no se emplea en esta línea interpretativa la palabra “físico” por ninguna parte. En otras palabras, las iglesias que asumen la «transubstanciación» no afirman ni creen que en la Eucaristía o Cena del Señor se ingiera físicamente el cuerpo y la sangre de Cristo. En este sentido, carece de valor hablar aquí, como algunos han pretendido hacerlo, de canibalismo alguno. Lo que si entiendo es que resulta complicado el afirmar que de manera milagrosa el pan y el vino se convierten realmente en el cuerpo y sangre de Cristo y, sin embargo, no atreverse a hablar de ingerir físicamente el cuerpo de Cristo; así como el indiscutible hecho de que nadie puede dar testimonio (en el contexto d estas iglesias) de que ha ingerido otra cosa que no sea sencillamente la hostia y el vino.

b) La asumida por a iglesia luterana. Esta postura es muy parecida a la anterior, pues también habla de la presencia real y natural del cuerpo y sangre de Cristo. La única diferencia es que, por un lado, mientras la primera presupone un cambio de substancia («transubstanciación»), esta presupone la presencia paralela del cuerpo y la sangre de Cristo al lado (con y bajo el pan y el vino= «consubstanciación»).

Antes de pasar a la tercera postura, es preciso aclarar que las iglesias que asumen estas dos primeras posturas respecto de la presencia real del cuerpo de Cristo en la «Eucaristía» o «Cena del Señor»; en común entienden como herética la doctrina de la «impanación». La «impanación» sostiene que en la «Eucaristía» o «Cena del Señor, Jesús está presente a través de su cuerpo humano (a luz de una real encarnación), pero unido sustancialmente al pan y el vino. En síntesis, la «impanación» supone que Cristo está realmente presente en la «Eucaristía», pero como pan (habiéndose hecho pan).

c) La asumida por las iglesias calvinistas o reformadas, y por extensión la mayoría de las iglesias protestantes y evangélicas. Esta tercera postura se diferencia de las dos anteriores en que no asume la presencia del real y natural cuerpo de Cristo en la Eucaristía o Cena del Señor. Esta tercera postura simplemente asume una presencia espiritual o mística de Cristo.

3) La evidencia bíblica apunta a que el apóstol Pablo entendía que en la «Eucaristía» o «Cena del Señor» se estaba participando (y en comunión) con el cuerpo de Cristo, de manera específica. Por eso dijo: “27De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. 28Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. 29Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí” (1 Corintios 11.27-29). Recomiendo también considerar el análisis que hice de estos pasajes en el desarrollo de este estudio.

4) Las traducciones “esto es mi cuerpo” y “esto es mi sangre” no son correctas, si bien parecer muy convenientes teológicamente para la postura seguida por la teología reformada y la mayoría de las iglesias evangélicas. Tales traducciones parecen fundamentarse más bien en conveniencias teológicas que en razones filológicas, gramaticales y exegéticas.

5) Versiones de la Biblia que han seguido a la Reina Valera 1960 al traducir “Esto es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre”, son: La Nueva Versión Internacional, la Biblia Peshita en español, Biblia en lenguaje actual, la Biblia de las Américas, la Nueva Traducción Viviente (Biblia Vida Abundante), la Biblia Textual, Reina Valera Actualizada 2006, la versión popular Dios Habla Hoy, la Sagrada Biblia Cantera-Iglesias (“católica”).

6) Versiones de la Biblia que han traducido correctamente (“Este es mi cuerpo”; “Esta es mi sangre”), son: la Biblia de Jerusalén, Biblia de Jerusalén latinoamericana, la Sagrada Biblia traducción de la Vulgata Latina.

7) Una versión de la Biblia va mucho más lejos que la Reina Valera 1960 y las versiones que coinciden con ella en este punto, es la «Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras» (la de los Testigos de Jehová). Esta versión traduce: “Esto significa mi cuerpo” y “Esto significa mi sangre”.

8) Hay versiones de la Biblia que se han mostrado inconsistentes en este punto. Menciono los siguientes casos:

a) La «Nueva Biblia Española» y la «Biblia del peregrino» (edición de estudio) que, por un lado, traducen: “Esto es mi cuerpo”; y por el otro: “Esta es mi sangre”.

b) La «Santa Biblia, la palabra de Dios para todos» (publicada por la Liga Bíblica). Esta versión traduce, por un lado: “Este es mi cuerpo”; y por el otro: “Esto es mi sangre”.

c) La obra «Todos los evangelios», traducción íntegra de las lenguas originales de todos los textos evangélicos conocidos, edición de Antonio Piñero. Esta obra en Marcos 14.22-23, traduce: “Este es mi cuerpo”, y “Esta es mi sangre”; pero en Mateo 26.26 y 28 traduce: “Este es mi cuerpo” y “Esto es mi sangre”.

9) Entre las versiones judío-mesiánicas del NT tenemos la siguiente situación:

a) Una versión que traduce en concordancia con la Reina Valera 1960. Esta obra es conocida como «Pacto Mesiánico» (Edición Latina 2011), realizada por Mijael Kibutz. Dicha versión traduce: “Esto es el cuerpo mío” y “Esto es la sangre mía”.

b) Una versión que tradujo de manera inconsistente. Esta versión es la obra identificada como «El Código Real», Nuevo Testamento, versión textual hebraica; traducida y comentada por D. A. Hayyim.

En Marcos 14.22-24 esta versión traduce en la línea de la «Reina Valera 1960» (“Esto es mi cuerpo”, “Esto es mi sangre”); pero en Mateo 26.26-28 traduce en la línea de la «Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras» (la de los testigos de Jehová): “Esto habla de mi cuerpo” y “Esto habla de mi sangre”.

c) Una versión que traduce de manera correcta, en armonía con la Biblia de Jerusalén, Biblia de Jerusalén latinoamericana, y la Sagrada Biblia traducción de la Vulgata Latina.

Esta versión corresponde a la traducción del NT de la versión realizada por Diego Ascunce. Dicha versión traduce: “Este es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre”.

10) Las traducciones “Este es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre” son las correctas exegéticamente hablando. No obstante, tales traducciones no dan apoyo para sostener la doctrina de la «transubstanciación».

11) La razón de que el pronombre demostrativo (“jútos”) esté en género neutro en ambas expresiones en el texto griego, es sencillamente porque los dos sustantivos involucrados (cuerpo; griego “soma”; y sangre, griego “jáima”) son de género gramatical neutro.

12) Con relación a las versiones judío-mesiánicas la situación se torna más sorprendente, pues, tanto el idioma hebreo como el arameo carecen del género gramatical neutro. El hebreo al igual que el arameo sólo conoce como géneros gramaticales el masculino y el femenino. En el hebreo hay alrededor de 15 palabras de género masculino y de género femenino que se traducen “cuerpo” en el AT (aunque la mayoría de género masculino), y ninguna de género neutro. Esto también hace imposible que hubiera un pronombre o determinante demostrativo de género neutro en una versión aramea o hebrea de las expresiones en cuestión.

13) En Juan 6.51-59 hay referencias inevitables a la «Eucaristía» o «Cena del Señor». No obstante, esto no equivale a decir que justifique el «sacramentalismo» como tal. De todos modos, no es recomendable el que se pretenda negar la referencia eucarística de este pasaje, sólo porque históricamente se haya asumido una postura crítica al sacramentalismo. Hay en este pasaje una fraseología que sólo se encuentran en el NT en el contexto de la «Eucaristía» o «Cena del Señor».

14) El tema de la presencia de Cristo en la «Eucaristía» o «Cena del Señor» parece que será un asunto de eterna discusión a lo interno del Cristianismo. Pero muy a pesar de ello, lo cierto es que las tres posturas mencionadas, aunque en tensión, entienden que de una manera u otra Cristo está presente en dicho contexto. También asumen que en el contexto de la celebración eucarística nos identificamos con el Cristo crucificado y resucitado, asumiéndolo como modelo y referente básico para la doctrina y acción cristianas (tanto a nivel personal como eclesial y comunitario), así como recordamos también y mantenemos viva la promesa de su regreso.

15) Hablar de la presencia de Cristo en el contexto de la Eucaristía y en la vida de la comunidad de fe, nos habla de un Cristo vivo. Así mismo nos invita a considerar a Jesús como referente esencial en la lucha por unas mejores condiciones de vida para nuestros pueblos y comunidades.

16) Más allá del simple contexto eucarístico, cuando la comunidad de fe pone en práctica las enseñanzas de Jesús y hace suyo el compromiso de él con la justicia y los ideales del Reino de Dios; se hace presente a Jesús con unas consecuencias sociopolíticas inevitablemente concretas.

Conclusión:

Quiero cerrar este trabajo con las valiosas palabras de Gumersindo Lorenzo Salas:

“No hay cristianismo sin Iglesia, pero la Iglesia tiene que someterse una y otra vez a la medida de Jesús mismo y tiene que consentir que Él la llame al orden. En efecto, la iglesia reclama prolongar y continuar la causa de Jesús. Por tanto, tiene que permitir que por Él se la mida y se la critique. Jesús no es sólo origen, sino también norma de la iglesia” («Evangelio, iglesia y Cristianismo, historia y dialéctica», páginas 142 y 143).


¡Hasta la próxima!

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