lunes, 26 de septiembre de 2011

“Textos canónicos” versus “manuscritos originales” A propósito de los textos que sirven de base para la reflexión teológica

“Textos canónicos” versus “manuscritos originales”
A propósito de los textos que sirven de base para la reflexión teológica

Héctor B. Olea C.
Una idea muy popular en la tradicional teología cristiana y evangélica (marcada por lo general por algunos tintes fundamentalistas), es que la autoridad de la Biblia depende básicamente de la existencia (todavía no probada, pero sí necesitada y dada como un hecho) de unos manuscritos originales “infalibles”.
La sospecha que mueve este tipo de afirmación es que si los manuscritos originales no fueron “infalibles”, la Biblia perdería todo su valor y trascendencia, comenzando por el hecho de que la anhelada “inerrancia de la Biblia” (en el sentido más amplio de la palabra), perdería su garantía y los fundamentos sobre las que se ha levantado tal hipótesis.
Pero cabe preguntarse, si en realidad el que los manuscritos originales de la Biblia no hayan sido “infalibles” haría sucumbir la capacidad de impacto y de inspiradora que ha tenido la Biblia en los aproximados 17 siglos que tiene de su existencia (en la forma en que nos ha llegado compuesta por un Antiguo Testamento y un Nuevo Testamento como fenómeno propiamente cristiano); esto así, sin dejar de lado la historia particular de varios siglos de existencia que tuvo y ha tenido por separado el canon hebreo o Tanaj (mucho antes y después de la existencia de la Biblia como tal, y como realidad propiamente cristiana).
Por otro lado, otra forma de encarar el mismo asunto es preguntándonos: Si el valor de la Biblia depende de la existencia de unos manuscritos originales “infalibles”, manuscritos que en realidad no existen y que ni quiera tenemos la seguridad de que efectivamente hayan existido (pues la afirmación de su existencia no ha sido más que una presunción), ¿Dónde, pues, estamos? ¿Con qué nos quedamos? ¿Cómo podría sustentarse hoy el valor de la Biblia si insistimos en hacer depender su valor y trascendencia precisamente de la existencia de unos manuscritos que, al margen de cualquier presunción, sencillamente no los tenemos, sencillamente no existen?
Además, si el valor de nuestra reflexión teológica ha de depender en lo absoluto de que la misma parta o se sustente en la consulta de unos manuscritos “infalibles”, ¿qué valor tendrá la reflexión teológica cristiana que, por cierto, tiene siglos de existencia, pero que no se ha hecho sobre la base de unos manuscritos originales (sino en copias de copias, de copias), que no se ha sustentado ni podrá sustentarse en el presente y en el futuro en la consulta de unos manuscritos originales “infalibles”?







Si se pone como condición Sine qua non que el valor de la Biblia y de la reflexión teológica que parte de ella y se sustenta en la misma, dependa de la existencia de unos manuscritos originales “infalibles”, es de esperarse que la reflexión teológica can base en la Biblia sólo tendría un genuino fundamento precisamente si hace con base en tales manuscritos.
Pero las cosas se complican cuando tenemos que admitir, por un lado, que nunca se ha podido probar la existencia (y en realidad no podemos estar seguros de que alguna vez hayan existido) de tales manuscritos “infalibles”. Por otro lado, el que si alguna vez asistieron tales manuscritos, lo cierto es que no los tenemos.
Además, cuando analizamos el uso y dependencia del canon hebreo (el Tanaj, el Antiguo Testamento) por parte de los autores del Nuevo Testamento, descubrimos algunos detalles interesantes.
En primer lugar, la apelación que hace el Nuevo Testamento al Antiguo Testamento, no la hace mediante el empleo de algunos manuscritos originales “infalibles”, sino más bien mediante el empleo de copias de copias.
En segundo lugar, la apelación que hicieron los autores del Nuevo Testamento del canon hebreo, por lo general la hicieron mediante la Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento).
Estas dos observaciones nos permiten afirmar con toda seguridad que la apelación al Antiguo Testamento por parte del Nuevo Testamento, jamás se hizo sobre la base de unos manuscritos “originales”, y mucho menos sobre unos “originales infalibles”; sino más bien con base en una traducción hecha de copias de copias y, por supuesto, no “infalibles”.
Ahora bien, ante los hechos aquí presentados, una particular y típica reacción fundamentalista es la siguiente: “Si alguien insiste en que nadie ha visto los originales infalibles, ¡Es tan correcto como decir que nadie ha visto los originales falibles!”. Esta afirmación la hace el teólogo protestante Clark Pinnok, en su obra «Revelación bíblica, el fundamento de la teología cristiana» (publicada por CLIE, año 2004). Ahora, un detalle que ignora Clark Pinnok, es que el proceso de copiado y reproducción textual que nos ha dado la Biblia no parece partir de unos supuestos “originales infalibles”.
Otro detalle que tampoco toma en cuenta el señor Clark Pinnok (detalle que en muchísimas ocasiones se les echa en cara a los exégetas muy preocupados por la arqueología de los textos), es que los textos normativos y que sirven de base para la actual reflexión teológica no son los textos de los manuscritos originales (y mucho menos los supuestos “originales infalibles”), sino la forma final en que los textos fueron canonizados y recibidos por las distintas comunidades cristianas en su momento.
Esto es muy bien claro, en primer lugar, respecto de la recepción y apropiación del canon hebreo por parte de las comunidades cristianas. La decisión a la que se llegó en la asamblea de Yabné (Jamnia) en los años 90 de la era cristiana, no tuvo que ver, ni se expresó respecto de algunos supuestos manuscritos “originales infalibles”; más bien se expresó, en términos muy específicos, sobre la forma textual que habían alcanzado los textos del Tanaj (el Antiguo Testamento hebreo) para ese entonces (forma que, por cierto, era de tipo consonántico, pues el texto masorético del cual depende nuestra exégesis actual del Tanaj, entraría en escena no antes de cinco o seis siglos después o un poco después).
En iguales términos tenemos que expresarnos respecto de varios concilios del siglo IV, hasta concluir en el tercer concilio de Cartago del año 397 de la era cristiana (el primero fue el primer Concilio de Cartago en el año 393, parece que hubo un segundo Concilio de Cartago, pues en para el año 397 se habla del “Tercer Concilio de Cartago”, finalmente, también se habla del Sexto Concilio de Cartago del año 419 de la misma era cristiana), cuando se expresaron respecto de los libros que se consideraban normativos para la fe cristiana. Tales concilios no se expresaron, no canonizaron, unos textos en manuscritos “originales infalibles”, sino más bien, canonizaron y se expresaron respecto de manuscritos copias de copias, los cuales no eran infalibles, y que habían pasado todo un largo proceso de desarrollo, relecturas, exégesis, interpretación y transformación, proceso que los hacía in equiparables con los originales infalibles o no.
Ahora bien, si la historia es testigo del impacto y de lo inspiradora que ha sido y sigue siendo la Biblia prácticamente en todo el mundo (no ignoramos el hecho de la poca o ninguna presencia de la fe cristiana con su Biblia en gran parte del globo terráqueo) en todo el mundo; parece, pues, que las premisas de la hipótesis de la necesidad de unos manuscritos “originales infalibles” están en crisis, y merecen reformularse si no es que abandonarse.
Finalmente, 1) Si las relecturas dentro del Antiguo Testamento mismo (el Tanaj) han tenido su innegable valor a pesar de sustentarse en copias de copias; 2) Si la lectura, interpretación y apelación que hace el Nuevo Testamento (su teología) del Antiguo Testamento (el Tanaj), se hizo con base en copias de copias; 3) Si nuestra lectura, interpretación y apelación a la Biblia como tal (en su forma actual), se hace con base en unos textos canónicos ni originales, ni infalibles, sino en la traducción de unos manuscritos no originales, ni infalibles y copiados cientos de veces; nos parece verosímil concluir en que no necesitamos la hipótesis de la existencia de unos manuscritos “originales infalibles”, pues su sustentación origina más crisis que los supuestos fundamentos que provee.
En conclusión, la actual reflexión teológica cristiana en sentido general, no se sustenta ni se lleva a cabo sobre la base de la consulta y apelación de unos manuscritos “originales infalibles”, sino más bien en unas copias de copias, tampoco “infalibles”. La actual reflexión teológica cristiana se sustenta más bien en la consulta y apelación de unos textos canónicos normativos, no originales, y mucho menos infalibles.
Pienso que ayudará mucho a la interpretación cristiana de la Biblia, si los intérpretes cristianos no ignoran esta realidad en su labor de apropiación, lectura, relectura, apelación y aplicación de los textos bíblicos.
¡Hasta la próxima!

2 comentarios:

  1. Muchas gracias por tomar tiempo para informar a los cristianos sedientos de verdades solidas. Sus articulos ayudaran para ser compartidos con otros que desean crecer mas en la fe. Dios lo bendiga.

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    1. Muchas gracias, mi hermano, por la lectura, por tu comentario y las palabras de estímulo. Un abrazo cordial y fraternal.

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