sábado, 9 de abril de 2016

Si «la ruáj de YHVH» es admisible, «lo pnéuma de Dios», también lo es

Del ser de Dios y las metáforas en femenino


Héctor B. Olea C.

El objetivo de este artículo es hacer algunos correctivos en cuanto al empleo de cierta y muy equivocada terminología, en el intento de hacerle justicia, o al intentar poner de relieve el hecho de que en la tradición bíblica, en algunas ocasiones, se hace referencia al ser de Dios o a la acción divina, pero en unos términos innegablemente femeninos.   

En tal sentido, es preciso tener en cuenta varias cosas:

La arbitrariedad de la relación que existe entre los dos aspectos básicos del signo lingüístico: el significante o expresión, y el significado, entre la palabra o término que se usa para señalar una realidad y la realidad misma. Dicha arbitrariedad consiste en que no existe una relación natural entre el significante y el significado, entre la terminología empleada para señalar una determinada realidad, y la realidad misma.   

Lo metafórico del lenguaje que usa la teología y el lenguaje religioso para hacer referencia a realidades que se entienden como no propias del mundo natural y material, sino del mundo espiritual.

No es cierto que el hecho de ser de género gramatical masculino una palabra, signifique, de por sí, que la realidad, la persona o ser con que con ella se hace referencia, es de sexo masculino, o sea, varón, aunque sea en sentido poético y metafórico. En consecuencia, yerran las personas que piensan que Dios es varón, sólo porque las palabras que se usan para nombrarlo son por lo general de género gramatical masculino; y que por lo tanto, es indigno de su ser, el atribuirle en su accionar, algunos atributos femeninos, y la elaboración de metáforas que hagan referencia a las acciones y el ser de Dios en términos femeninos.    

No es cierto que el hecho de ser de género gramatical femenino una palabra, signifique de por sí, que la persona, realidad o ser a la que apunta dicha palabra, es de sexo femenino, sencillamente, femenino, o sea, mujer, aunque fuere en sentido poético y metafórico.

Tampoco el hecho de que una palabra sea de género gramatical neutro, significa de por sí que la realidad, persona o ser a la que apunta dicha palabra, carezca de sexo, y no tenga características de mujer o varón, aunque fuere en sentido poético o metafórico.

Las palabras se emplean, en cuanto al recurso de la traducción se refiere, atendiendo al género gramatical que tengan en la lengua receptora (en nuestro caso, el castellano), y no según el género gramatical que las palabras tengan en las lenguas fuentes (en lo que a la Biblia se refiere, el hebreo, arameo y griego).

El atender al género gramatical de las palabras en la lengua fuente es vital, atendiendo al hecho de que sus relaciones sintácticas se darán atendiendo a las características que estas tienen en la lengua de las que forman parte. Pero se van a traducir de acuerdo a las características que tengas sus equivalentes en las lenguas receptoras. 

Después de estas puntualizaciones, me es preciso aclarar que en este artículo me voy a concentrar en analizar la falacia y el error de confundir el género gramatical con el sexo de las personas y el que se le atribuye a las cosas y a las realidades entendidas como no propias del mundo natural y humano.

En suma, no es posible seguir insistiendo en la falacia y el error de confundir el género gramatical de las palabras, con el sexo de las personas y el que se le atribuye a las cosas. Y en este mismo sentido, no es posible seguir insistiendo, aunque fuere de manera parcial, en emplear algunas palabras de manera muy selectiva, demasiado selectiva quizás, según su género gramatical en el idioma fuente (en este caso, el hebreo y el griego), y no según el género gramatical que tienen en el idioma receptor, en nuestro caso, el castellano.

De todos modos, antes de concentrarme en el análisis de la cuestión que me propuse analizar en este artículo, quiero poner de relieve un caso muy especial que, sin duda, hace referencia al ser de Dios con una metáfora que pone de relieve el cuidado de Dios en una forma muy femenina; el texto al cual me refiero es Deuteronomio 32.18.    

Deuteronomio 32.18. En la Reina Valera 1960 dice: “De la Roca que te creó te olvidaste; Te has olvidado de Dios tu creador

Respecto de este pasaje llama la atención que la Reina Valera haya traducido usando el verbo “crear” (hebreo «bará»), cuando en verdad dicho verbo («bará») no se encuentra aquí en el texto hebreo. Lo que en verdad dice el texto hebreo es: “Te olvidaste de la roca que te dio a luz, te olvidaste del Dios que te parió”.

La Septuaginta por su parte, tradujo: “Abandonaste al Dios que te engendró, te olvidaste del Dios que te amamantó”

Otro pasaje donde se usó una imagen femenina para hablar de la acción de Dios es Isaías 66.13, cito: “Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo

Un texto más donde se emplea una imagen femenina (por no decirlo de otra forma), esta vez tomada del reino animal (como la gallina) es Mateo 23.37, cito: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!

Y Lucas 13.34 “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!”  

Por supuesto, por el carácter patriarcal de los contextos socioculturales en que surgieron los textos bíblicos, se explica que no sean tan abundantes las metáforas de carácter femenino que apunten al ser y las acciones de Dios. Sin embargo, la pregunta es: ¿Tiene que seguir siendo así?

Al respecto, me parecen plausibles aquí las palabras de Sallie McFague en su obra «Modelos de Dios, teología para una era ecológica y nuclear» (publicada por Sal Terrae, año 1994), cito: “Si nos planteamos seriamente la forma de la Escritura, con la pluralidad de perspectivas de interpretación que supone, tendremos que adoptar la misma actitud arriesgada y audaz que la propia Escritura adopta: interpretando el amor salvífico de Dios de forma que pueda «hablarle» a nuestras crisis de manera más persuasiva y enérgica. Y eso no significa, no puede significar utilizar la terminología de hace dos mil años” (página 88).

También plantea Sallie McFague la pregunta: “¿Implica la teología cristiana el uso, por medio de la traducción o la interpretación, de las metáforas y los conceptos de la Escritura (y la tradición), o de lo que se trata es de tomar los textos escriturísticos como modelos de cómo hacerlo, pero adaptándose al lenguaje particular de cada época? Creo que la segunda opción es la necesaria y apropiada, y esto supondrá, obviamente, divergencias significativas” (obra citada, página 65).  

Retomemos ahora, la cuestión principal de este artículo.

Insisto, Dios no es varón porque el género de las palabras que se usan para referirse a Dios en el AT sean de género gramatical masculino, así también en el griego (Septuaginta y el NT). Por supuesto, el Espíritu de Dios no es de naturaleza femenina, no es mujer ni tiene rasgos de mujer o femeninos, sólo porque la palabra hebrea «ruáj» es de género gramatical femenino.

Obviamente, no ha de suponerse que el Espíritu de Dios sea asexuado, que carezca de características masculinas y femeninas, sólo con base en el hecho de que la palabra griega («pnéuma») que se usa para “Espíritu” (Septuaginta y el NT), es de género gramatical neutro.  

Paso ahora a demostrar lo falaz y erróneo de entender, interpretar, y asumir  selectivamente algunas palabras, como la hebrea «ruáj», según al género gramatical que tienen en las lenguas fuentes y no según el género gramatical de su equivalente en castellano. 

¿Por qué insistir en castellano, en la falacia de usar la expresión «la ruáj» (la espíritu) de Dios, como si el hecho de que dicha palabra sea de género gramatical femenino en hebreo, implicara que el Espíritu de Dios se asumiera como una entidad femenina, como que apuntara a unas atribuciones femeninas en el ser de Dios?

¿Es que no son conscientes las personas que emplean dicha frase de que cometen el mismo error que quieren combatir, el de suponer que Dios es varón porque las palabras que se emplean para hacer referencia a Dios, son de género gramatical masculino?

Ahora bien, ¿por qué curiosamente insistir, erróneamente por cierto, en el uso de la palabra hebrea «ruáj», en el marco de una expresión que quiere destacar el género gramatical femenino de dicha palabra en hebreo, y a la vez no ser consistentes y hacer lo mismo respecto del género neutro de la palabra «Espíritu» en el idioma griego (Septuaginta y el NT)?

¿Por qué no emplear la palabra griega «pnéuma» (espíritu), a la manera de la hebrea «ruáj», en el marco de una expresión que tenga el propósito de destacar precisamente el hecho de que es de género gramatical neutro en el griego, como por ejemplo, «lo pnéuma» (lo espíritu) de Dios?

Ahora bien, si se ha de insistir, erróneamente por cierto, en emplear la palabra hebrea «ruáj», ateniendo a su género gramatical en hebreo; si se ha de insistir y ser consistente en emplear las palabras radicalmente según el género gramatical que estas tienen en los idiomas fuentes de la Biblia (hebreo, arameo y griego), ¿por qué no hacer lo mismo, entonces, en los siguientes casos muy ilustrativos?

Primer caso. La palabra hebrea para padre, es «ab»; ahora bien, resulta que el plural de dicha palabra es «abót», o sea, en forma femenina. En consecuencia, atendiendo a la falacia del empleo de la palabra «ruáj» según su género gramatical en hebreo, ¿habría que traducir el plural en femenino de «ab», en forma femenina, a la manera de “padres gays”, “padre afeminados”, “los madres”, “las padres”?

Segundo caso. Dado que la palabra griega «bíblos» (libro), en realidad es de género femenino; atendiendo, pues, a la falacia del empleo de la palabra «ruáj» según su género gramatical en hebreo, ¿habría que traducir “la libro”, “el libra”, de la genealogía de Jesucristo, en Mateo 1.1?

Tercer caso. Dado que la palabra griega «jodós» (camino) es de género gramatical femenino; atendiendo, pues, a la falacia del empleo de la palabra «ruáj» según su género gramatical en hebreo, ¿habría que traducir en Juan 14.6 que Jesús dijo: “Yo soy el camina”, “la camino”?

Cuarto caso. Dado que las palabras «mathetés» (discípulo) y «profétes» (profeta), tienen forma de género femenino, si bien son de género gramatical masculino (cosa que sólo se sabe por el artículo y por la forma del caso genitivo singular); ¿se van a traducir, entonces, como “la profeta”, “el profeta afeminado”, “el profeta gay; y como “el discípula”, “el discípulo gay”, “el discípulo afeminado”? 

Quinto caso. Hay en el idioma griego dos palabras para el castellano “casa”. Una es de género gramatical masculino: «óikos»; y la otra es de genero gramatical femenino: «oikía». Entonces, atendiendo, a la falacia del empleo de la palabra «ruáj» según su género gramatical en hebreo, ¿habría que traducir el masculino «óikos» como “el casa”, “la caso”; y el femenino «oikía», como “casa”, “la casa”? 

Sexto caso. Una de las palabras griegas para “palabra” es «lógos», la cual es de género masculino; entonces, atendiendo, pues, a la falacia del empleo de la palabra «ruáj» según su género gramatical en hebreo, ¿habría que traducir “el palabra”, “la palabro”, en Juan 1.1?  

Séptimo caso. En el griego hay una palabra que se usa para señalar lo que se ha parido, a lo que ha nacido, sin importar si es varón o hembra, varón o mujer. Dicha palabra es «téknon», y es de género gramatical neutro. También hay en el griego una palabra para señalar a un ser humano de corta edad, sea macho o hembra, varón o hembra, y dicha palabra es «paidíon», y también es de género gramatical  neutro; por supuesto, es obvio que las implicaciones y el uso de estas dos palabras, a la luz de su género gramatical neutro, deja ver lo falaz del empleo de la palabra «ruáj» según su género gramatical en hebreo, y del pretender sacar matices especiales y adicionales del género gramatical de las palabras.

En resumen: Yerran las personas que piensan que el uso del género gramatical masculino de las palabras que en la tradición bíblica se usan para hacer referencia a Dios, implique que éste es varón. En consecuencia, es errónea la idea de que es contrario al carácter de Dios, el empleo de metáforas en femenino para hablar de las acciones de Dios y el cuidado divino.

Yerran las personas que entienden que el género gramatical femenino de la palabra hebrea «ruáj», implique que éste posea matices femeninos propios de la mujer, o represente el lado femenino del ser de Dios. Por otro lado, lo cuestionable de la expresión «la ruáj» (la espíritu), se pone de manifiesto cuando a la vez se evita el empleo de la expresión «lo pnéuma» (lo espíritu), en virtud del género gramatical neutro de la palabra «pnéuma» en el idioma griego (Septuaginta y el NT).

Finalmente, en Deuteronomio 32.18 (en el texto hebreo, no en la Reina Valera 1860), se habla del cuidado de Dios en unos términos demasiado e innegablemente femeninos, a pesar de que tanto en el hebreo como en la Septuaginta, las palabras empleadas para hacer referencia a Dios, son de género gramatical masculino.     



 ¡Hasta la próxima!

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