viernes, 29 de abril de 2016

El valor de la transliteración y sus modalidades


Héctor B. Olea C.

La transliteración se plantea como una necesidad en los estudios bíblicos, pues la Biblia originalmente fue escrita en tres idiomas muy distintos a nuestro castellano o español. Algo que difícilmente muchos no sepan es que el AT se escribió originalmente en hebreo y arameo, y el NT en griego.

Luego, cuando la persona estudiosa de la Biblia quiere poner al tanto a su auditorio sobre una palabra hebrea, aramea o griega que forma parte de un texto que está siendo objeto de estudio, el recurso que, sin duda, tendrá que emplear es la “transliteración”.

Pero, ¿en qué consiste la “transliteración”? Transliterar consiste en representar en caracteres de un idioma, las palabras de otro. No es más que la comunicación del significante o expresión. En esto se diferencia de la traducción, pues mientras que la transliteración comunica el significante, la expresión; la traducción, en cambio, comunica y traspasa el significado o sentido. 

Un ejemplo práctico que nos puede ayudar a distinguir definitivamente la “transliteración” de una “traducción” es el siguiente. En Génesis 1.1 encontramos la afirmación de que “Dios” creó. Ahora bien, allí la palabra “Dios” es la traducción de una palabra hebrea. Como se ve, la traducción no le ha comunicado al receptor y receptora ninguna idea sobre cómo se lee la palabra hebrea que está detrás de la traducción “Dios”, sino que simplemente le ha comunicado su sentido. Esto es una traducción. Pero cuando se afirma que la palabra hebrea que se traduce “Dios” en Génesis 1.1 es «elojím», entonces estamos frente a una transliteración.

Pero, ¿por qué, profesor, ha transliterado usted, «elojím» y no «elohim», como prácticamente todas las fuentes, diccionarios, comentarios y obras de teología?  Por una sencilla razón. En primer lugar, he usado un «j» u no una «h», pues en hebreo la letra «hei» o «he» siempre se pronuncia, como la «j» del castellano, que es su verdadera equivalencia fonética (excepto cuando es la última letra de una palabra, aunque existe un recurso para indicar cuándo en esos casos se la ha de pronunciar, el mappiq), como en “Haina” (jáina) y no es muda como en hueso, hielo, habichuela, hierba, hervir, herbívoro, etc.

En segundo lugar, le pongo la tilde porque de esta manera me aseguro de que mi lector o lectora la pronuncie como en verdad se pronuncia en hebreo, como una palabra aguda. Más adelante ofrezco más detalles al respecto.

Consideremos también un ejemplo del NT. Una palabra con que Pablo se identificó bastante es “siervo”. En Romanos 1.1 Pablo se define a sí mismo como “siervo de Jesucristo”. Aquí la palabra “siervo” es una traducción, pues no comunica nada sobre la lectura o expresión de la palabra griega que está detrás de dicha traducción. Ahora, cuando pasamos a decir que la palabra griega que se traduce “siervo” en Romanos 1.1 es la griega «dúlos», entonces estamos ante una transliteración.       

Ahora bien, se da por sentado que la razón de la transliteración se plantea por la necesidad de ilustrar al auditorio, lo mejor posible, respecto de una o varias palabras que tienen importancia en un determinado análisis textual. También implica que la persona receptora no conoce (o se da por sentado que no) la lengua en que se encuentra originalmente el texto objeto de estudio, y por lo tanto el emisor procura familiarizar al lector, oyente o auditorio con el sonido (o significante) y la escritura propia del texto en su lengua original o lengua fuente.

Pienso que aquí procede establecer cierta diferencia entre “lengua original” y “lengua fuente”, en relación a la labor de traducción. Por «lengua original» se entiende el idioma en que se supone que originalmente se escribió un texto, por ejemplo, en alemán. Luego, si a partir de ese texto en alemán se hace una traducción directa al castellano, en este caso, «lengua original»  y «lengua fuente» son la misma cosa.

Por otro lado, cuando un texto escrito originalmente en alemán, recibe una traducción al francés, y de dicha traducción francesa se hace posteriormente una traducción al castellano, en este caso, la “lengua original” y la “lengua fuente” no son iguales, no son la misma cosa. En dicha situación hay que admitir que el alemán fue el idioma original de dicho texto, pero es el francés el idioma fuente de la traducción al castellano. 

Existen pues, dos tipos básicos de transliteración: la lingüística y la fonética. La «transliteración lingüística» comunica el significante o expresión, pero lo hace agregando una serie de elementos que son más bien propios del idioma fuente, pero que no ayudan en nada a la persona que recibe la transliteración y que desconoce los intríngulis de dicho idioma. Por ejemplo, a una persona de habla castellana no le ayuda en nada el recibir una transliteración que incluya una señal que indique, por ejemplo, si una vocal es corta o larga. Este fenómeno que es común a la lengua hebrea y aramea del AT como al griego de la Septuaginta (AT en griego) y el NT, es, en cambio, totalmente algo extraño para el castellano. 

La «transliteración fonética», al contrario, lo que procura es que la persona que reciba la transliteración reproduzca, es decir, lea y pronuncie, lo más exactamente posible, el sonido real y propio de la palabra hebrea aramea o griega que se ha traducido. Este tipo de transliteración obliga a colocar tildes en lugares que el castellano, que es nuestro caso, no permite colocarla en una palabra propia del castellano. Ahora bien, en ningún momento se puede perder de vista que una transliteración no es una palabra, frase o texto en castellano, sino la reproducción de una expresión de otra lengua, de otro idioma.

Un hecho muy lamentable es que siendo la transliteración fonética la más adecuada, son muchos los buenos comentarios y diccionarios bíblicos que, a pesar de su calidad, lamentablemente han empleado la transliteración lingüística. Personalmente recomiendo el uso de la transliteración fonética.

También quiero puntualizar que existe un tipo de traducción que incluye el texto fuente. Este tipo de traducción, que por lo general no agrega o no añade ningún tipo de transliteración, se conoce con el nombre de “interlineal”. A pesar de que muchos recomiendan este tipo de obras, la verdad es que al no incluir ningún tipo de transliteración, para la persona que no conoce el idioma fuente, esta no le aporta absolutamente nada, no tiene para él o ella ninguna ventaja adicional. En realidad, en este caso, una traducción interlineal equivale a una traducción cualquiera, sólo que el lector o lectora se ve confrontado (a) por el texto fuente y por unos caracteres que ni siquiera puede leer. El problema, entonces, es doble: 1) El lector o lectora no puede siquiera leer el texto fuente. 2) Tampoco es capaz de analizarlo y evaluarlo gramaticalmente.    

Para concluir, voy poner un ejemplo de que ilustra muy bien la diferencia entre la transliteración «lingüística» y la «fonética». En el idioma hebreo, por ejemplo, una palabra de uso frecuente como una forma de saludo (entre otros usos), es la hebrea «shalóm» (paz) deletreada: s-h-a-l-ó-m. Luego, transliterarla «salom», sin la “sh” y sin el acento en la “o”, aunque termina en “m”, es una transliteración lingüística que dificulta la verdadera y propia pronunciación que realmente tiene en hebreo la palabra “paz”, que es «shalóm» con “sh” y como aguda.      

Un detalle interesante es que la mayoría de las palabras del idioma hebreo son agudas, es decir, palabras cuya sílaba tónica es la última. En el castellano, en cambio, la mayoría de las palabras son graves o llanas, es decir, palabras cuya sílaba tónica es la penúltima sílaba.

Cuando se translitera «shalóm» no estamos violentando la regla que dice que salvo algunas excepciones, las palabras agudas no llevan tilde si no terminan en “n”, “s” o “vocal”. No olvidemos que «shalóm» no es un término castellano, sino simplemente un recurso (conocido como “transliteración”) para hacer que nuestro auditorio o interlocutor lea y pronuncie este vocablo hebreo como en verdad se pronuncia en dicho idioma. Igual será la meta y el procedimiento respecto de una palabra aramea o griega.



¡Hasta la próxima! 

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