viernes, 22 de abril de 2011

Reflexiones bíblicas y teológicas en torno a las siete expresiones de Jesús en la cruz 3 de 7

Reflexiones bíblicas y teológicas en torno a las siete expresiones de Jesús en la cruz

3 de 7

Héctor B. Olea C.

La tercera palabra de las siete pronunciadas por Jesús en la cruz, pero la quinta según el orden en que aparece en el NT, es: “Madre he ahí tu hijo, hijo he ahí tu madre” (Juan 19. 26 y 27).

Esta expresión igual que las anteriores muestra algunas dificultades en su interpretación.

En primer lugar, está la problemática en torno a su historicidad. En segundo lugar, su interpretación de acuerdo a la peculiar teología del evangelio de Juan, el cuarto evangelio.

En cuanto a la historicidad del relato, traigo a colación las palabras de Raymond E. Brown: “El elemento de más difícil comprobación histórica entre las actividades junto a la cruz es la presencia de la madre y los amigos de Jesús, incluido el discípulo amado, tal como se nos narra en Juan 19.25-27. El hecho de que esa narración concuerde con la teología joánica de una comunidad creyente (Iglesia) formada antes de morir Jesús no prueba automáticamente que Juan inventase la escena.

La presencia a distancia de amigos y compañeros de Jesús, tal como se narra en los sinópticos, corresponde a un motivo escriturístico (Salmo 38.12 [11]; 88.9 [8]). Sobre la base de la teología es muy difícil, por tanto, determinar la mayor o menor historicidad de una descripción respecto a la otra, o simplemente decidir si alguna de ellas es histórica. Nada en los otros evangelios confirma que la madre de Jesús estuviera presente en el Gólgota; sí hay, en cambio, algún indicio de presencia de discípulos no integrados en el grupo de los Doce104. En cuanto a la costumbre en este tipo de ejecuciones, algunos apelan a textos rabínicos posteriores que indican que con frecuencia el crucificado estaba rodeado de familiares y amigos (y enemigos) durante la larga agonía. Pero, en el reinado de terror subsiguiente a la caída de Sejano en 31 d. C., "a los parientes [de los condenados a muerte] se les prohibió ir a hacer duelo" (Suetonio, Tiberio 61.2; véase también Tácito, Anales 6.19). Durante el reinado de varios emperadores de esa época, no estaba permitido a los familiares acercarse al cadáver de su crucificado. Así pues, no es posible tener la certeza de que los soldados permitiesen la proximidad a Jesús descrita en Juan 19.25-27.

En el cuarto evangelio mismo, poco induce a pensar que el discípulo a quien Jesús amaba fuera miembro de los Doce.

En el COMENTARIO apunté la posibilidad de una tradición muy primitiva concerniente a María en una escena que establecía un contraste entre la familia natural y la familia constituida por el discipulado. Pero los sinópticos ofrecen esa escena durante el ministerio público, por lo cual Juan podría haberla adaptado y Trasladado a este nuevo escenario, en el relato de la crucifixión” (La muerte del Mesías, tomo II, página 1, 2019).

Ahora bien, una vez planteado el hecho de que prácticamente imposible que este aspecto del relato joánico sea histórico, tenemos que dirigir nuestra atención a la elaboración, intención e interpretación teológica del mismo. Son interesantes aquí las palabras de la obra «María en el NT», cito: “Inicialmente es significativo que la escena reúna a dos figuras cuyos nombres propios Juan nuca da. Puede indicar que las significación de ambas está en sus respectivos papeles” (página 205).

Pasemos ahora a analizar el simbolismo del «discípulo amado»

I) ¿Qué simboliza el discípulo amado? ¿Quién era el discípulo amado?

Concuerdo con la hipótesis de los autores del libro «María en el NT», de que “el «discípulo amado» fue alguien real, aunque ya no identificable, y ciertamente compañero de Jesús. Fuera o no el fundador de la comunidad joánica, para ésta tenía al menos una doble significación: Primero, es presentado como el discípulo ideal o modelo de Jesús, quien le tiene un amor especial. Sintoniza de una manera especial con él, nunca abandona a Jesús, de tal manera que creyó en el resucitado antes que ningún otro (20.8; 21.7). Segundo, es el testigo por excelencia (19.35; 21.34), garante de la validez de la comprensión de Jesús que tiene la comunidad joánica, la cual adquiere un rango no inferior a de otras iglesias que reivindican a Pedro y a los doce como fundadores o fundamento” (página 204-205).

II) ¿Qué simboliza la madre de Jesús?

Con relación a cómo la antigua exégesis cristiana interpretó el simbolismo de la madre de Jesús en esta escena propia del cuarto evangelio, Raymond E. Brown comenta:

“Ya en una temprana época de la exégesis cristiana, la que aquí es llamada "mujer" fue equiparada a Eva, la mujer de Gn 2-4. Así como la antigua Eva era la madre de todos los vivientes (3,20), la nueva Eva deviene la madre de los discípulos de Jesús, de los que tienen vida eterna. En cuanto al discípulo, es el hijo dado a María en sustitución del que moría en la cruz, también como en el caso de la antigua Eva: "Dios me ha dado un hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín" (Génesis 4.25; véase también 4.1: "Con la ayuda del Señor he concebido un hombre"). Tal simbolismo ha sido reforzado recurriendo al cap. 12 del Apocalipsis (a menudo en la idea de que ese libro está relacionado con Juan), donde la mujer que lucha con el dragón (12,9: = la antigua serpiente de Génesis 3) es la madre del Mesías (12,5); pero, una vez puesto su hijo a salvo junto al trono de Dios, ella tiene nueva progenie (12,17: "los que guardan los mandamientos de Dios"), que combate de su lado en la lucha de Satanás contra ella” («La muerte del Mesías», página 1,211)

Resumiendo, por tanto, afirma Raymond E. Brown, “diríamos que el cuadro joánico en que la madres de Jesús se convierte en madre del discípulo amado parece evocar temas veterotestamentarios de Sión dando a luz un pueblo en la edad mesiánica y de Eva con su descendencia. Estas imágenes nos llevan a la de la iglesia que da a luz hijos conforme al modelo de Jesús y a la de las relaciones amorosas que deben unir estos hijos con su madre” («El evangelio según Juan», página 1,333).

Concluyo la interpretación del simbolismo o representación de la madre de Jesús, y el discípulo amado, en Juan 19-25-27, con el siguiente comentario:

“En la cruz, por consiguiente, Jesús no muere abandonado: queda al pie de ella una comunidad formada por algunos discípulos creyentes, el tipo de comunidad que para otros escritos del NT se forma en el período postresurreccional (los sinópticos) o pentecostal (Hechos). Quizás sea esta la razón de que, tras la escena en que aparecen la madre y el discípulo amado, refiera Juan cómo sabe Jesús que ahora todo se ha cumplido (19.28): la consumación de su obra está exigiendo la creación de la comunidad cristiana” («María en el NT», página 205).

Exhortación para el testimonio cristiano:

La perspectiva teológica desde la cual el autor del cuarto evangelio coloca en escena a la madre de Jesús y al «discípulo amado», nos invita a reflexionar seriamente sobre el tipo de relación que como discípulos y miembros tenemos con la comunidad de fe en su contexto más amplio, la comunidad universal de creyentes en Jesús. Esto así, porque es en cuyo contexto donde somos, y nos comprometemos con el seguimiento fiel a Cristo, y con el desafío de representarlo amorosa e idóneamente en este mundo.

La comunidad de fe tiene un papel vital en el desarrollo y sostenimiento espiritual e integral de sus miembros. Tanto la comunidad de fe como el miembro, y viceversa, deben escuchar con amor y humildad las palabras de Jesús de asumirnos y reconocernos en amor. Ahora bien, por lo general la comunidad de fe por razones sociológicas se constituye en «institución» con formalismos, reglas, y ciertas exigencias, etc., factores que en muchas ocasiones son causas de su inoperancia y desaciertos en muchísimas ocasiones, pues obstaculizan o frenan su dinamismo y desvirtúan su naturaleza.

También tenemos que admitir que por razones históricas e intereses de distintas naturalezas, la comunidad seguidora de Cristo se ha fragmentado en corrientes muy diversas, con perspectivas teológicas y doctrinales muy disímiles, así como con percepciones heterogéneas de lo que se entiende que debe ser el ideal testimonio cristiano, y que a su vez existen en tensión y con ciertas confrontaciones.

Pero, a pesar de la institucionalización de la comunidad de fe o iglesia (y su real y palpable fragmentación), todavía este hecho no debe hacernos perder de vista la realidad del cuerpo de Cristo como organismo (1 Corintios 12-14), donde todos podemos y debemos ser útiles y valorados, donde nadie debe ser marginado, o es insignificante; sino que, por el contrario, donde todos y todas sean vistos y vistas como órganos vitales del cuerpo, de esa comunidad seguidora de Cristo, donde todos y todas ponen su granito de arena según los dones que han recibido de parte de Dios, por medio del Espíritu Santo.

¡Madre, he ahí a tu hijo, hijo he ahí a tu madre!

¡Bendiciones!

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