viernes, 30 de diciembre de 2016

«Maranata» en la víspera y expectativas de un año nuevo


¿«El Señor nuestro viene» o «Señor nuestro, ven ya»?


Héctor B. Olea C.

La palabra «maranata» es una transliteración de una expresión aramea que tiene dos formas de escribirse, atendiendo a si se considera una forma afirmativa en tiempo pasado y en tiempo presente: «El Señor nuestro ha venido (está presente)», «El Señor nuestro viene»; o si se asume como una forma imperativa: «Señor nuestro, ven» (ven ya).

La forma afirmativa en tiempo pasado y en tiempo presente, es «maran- ’atáh», que significa «Nuestro Señor ha venido (está presente)», «Nuestro Señor viene». La forma imperativa es «maraná’- ta’», que significa «Señor nuestro, ven».  

El único ejemplo de una transliteración griega en el NT la encontramos en 1 Corintios 16.22, a saber, “marána-thá”, que debe traducirse en forma imperativa («Señor nuestro, ven») y no en la forma afirmativa («El Señor nuestro ha venido», «Nuestro Señor viene»).

Al respecto se pronuncia el «Diccionario Teológico del NT», publicado por Sígueme, y teniendo como editores a Lothar Coenen, Erich Beyreuther y Hans Bietenhar, diciendo: “Marnathá es un vocablo arameo que, en el NT, aparece únicamente en 1 Corintios 16.22. Su significado es objeto de discusión. De todos modos lo que es seguro es que el arameo «maranan»  o «marana’», «Señor nuestro», ha de ir unido al verbo «ata’», «venir». Así, dicha expresión puede entenderse, o bien en un sentido de pasado «maran ata’», y entonces significa «nuestro Señor ha venido», o bien en un sentido imperativo «marana ta’», o «marana eta’», «ven Señor nuestro». Otras versiones diferentes no parecen probables” (página 298).

Por su parte, el «Compendio del Diccionario Teológico del NT», editado en inglés por Geoffrey W. Bromiley, y publicado en castellano por «Libros Desafío», en el año 2002 (página 553), sugiere como tercera acepción el sentido afirmativo pero en tiempo presente «nuestro Señor viene», sentido con que la Reina Valera 1960 tradujo la expresión en cuestión, en 1 Corintios 16.22.

Ahora bien, una evidencia que confirma el uso de la forma imperativa en el Nuevo Testamento mismo es la forma aramea que se supone que está detrás de la expresión griega «érju kúrie Iesú», en Apocalipsis 22.20. Pues bien, está conformada la expresión «érju kúrie Iesú», de la siguiente manera. En primer lugar, por la forma verbal «érju», que está en tiempo presente, voz activa, modo imperativo, y en la segunda persona del singular (tú), del verbo «érjomai» (vengo, voy, regreso).

Pero me es preciso aclarar que si bien la forma verbal «érju» tiene la morfología de una forma de voz media o pasiva, lo cierto es que debe entenderse con el sentido de la voz activa. Esto así ya que el verbo «érjomai» forma parte de un conjunto de verbos griegos que si bien tienen como forma básica la morfología de la voz media o pasiva; no obstante deben entenderse con el sentido de la voz activa. A este tipo de verbos se les llama «deponentes» o «defectivos». En  consecuencia, la forma verbal «érju» debe ser traducida y entendida como «ven tú».

En segundo lugar, tenemos la palabra «kúrie», que consiste en el caso vocativo masculino singular, de la palabra «kúrios» («Señor»).

En tercer lugar tenemos la palabra «Iesú», que también debe entenderse aquí, por razones sintácticas, en caso vocativo, si bien su morfología también es propia de los casos genitivo y dativo.

Consecuentemente, después de todo lo dicho, diré que una radical traducción por equivalencia formal de la expresión «érju kúrie Iesú», es «Ven tú, Señor Jesús», «Ven, Señor Jesús».  

Luego es preciso admitir que la diferencia que existe entre 1 Corintios 16.22 y Apocalipsis 22.20, es que en el pasaje de Corintios, Pablo nos ofrece una transliteración griega de la expresión aramea, o sea, «marána thá»; mientras que en Apocalipsis se nos ofrece no una transliteración, sino una traducción, y precisamente en modo imperativo.

Respecto del porqué la usa Pablo sin traducirla, concuerdo con Herman C. Waetjen («Diccionario de Teología», Harrison, publicado por T.E.L.L., 1985), cuando afirma que este hecho indica que era una fórmula fija y que circulaba ampliamente, de modo que no se necesitaba traducirla, aunque esto sí fue lo que ocurrió en Apocalipsis 22.20.

Además, a luz del uso de la palabra «maranata» en la «Didajé» («Didaché») en el contexto de la Eucaristía o Cena del Señor («Didajé» 10.6b “¡Hosanna al Hijo de David! Si alguien es santo, que venga, si alguien no es santo, que se arrepienta. ¡Maranatha! «Señor, ven» Amén”); se ha concluido que el uso corriente de la palabra «maranata» en la iglesia primitiva era el contexto de la liturgia de la Eucaristía o Cena del Señor. Y como la Eucaristía (Cena del Señor) era celebrada todos los domingos, semanalmente, esto hizo que se fijara, que fuera bastante conocida, y que se convirtiera en una expresión de dominio público, y que no necesitara traducción.

Por otro lado, se entiende que las Palabras de Pablo en 1 Corintios 11.26 (que apuntan a una tradición establecida antes de la época paulina), a saber: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga”, aluden al uso litúrgico-eucarístico de la expresión «maranata» (subrayando la expresión “hasta que él venga”).

Ahora bien, cabe preguntarse si existen algunos textos bíblicos que demuestren que esas expectativas en torno a la venida del Señor, fomentada y difundida en el contexto de la liturgia de la Eucaristía, se apoyaban en alguna promesa (palabras o dichos) atribuida al mismo Jesús. Consideremos, pues, los siguientes textos del NT:

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”  (Juan 14.2-3)

“De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios” (Marcos 14.25)

“Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” Marcos 14.62)

“Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. 43Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23.42-43)

Pregunta de reflexión: ¿Qué tienen en común estos cuatros pasajes bíblicos? Respuesta: La idea de que la gente contemporánea a Jesús serían testigos de su victoria, de la venida del reino de Dios, y otros hasta participarían con él en los resultados de su victoria, en un momento con posterioridad a su muerte y resurrección.

Quiero destacar en particular dos de estos cuatro pasajes.

En primer lugar, en Juan 14.2 y 3, Jesús les promete a sus discípulos regresar por ellos inmediatamente logre su victoria, para que sus discípulos (no nosotros, los creyentes de hoy) estuvieran con él. Está demás decir lo que esto pudo significar para las expectativas de los discípulos en su propio tiempo.

En segundo lugar, En Marcos 14.25 Jesús les promete a sus discípulos (no a los creyentes de hoy), a aquellos con los cuáles celebró la llamada “última cena”, que bebería con ellos el fruto de la vid en la manifestación del reino de Dios en su propio tiempo.

Ante estos hechos es comprensible que se fijarán y consolidaran, en el contexto litúrgico-eucarístico, las expectativas en torno al pronto e inminente regreso de Jesús por los suyos en el mismo primer siglo, y no con demasiada posterioridad a su muerte y resurrección.

Ahora bien, una reacción interesante a las expectativas escatológicas que como judío del tenía el propio Jesús de Nazaret, y que todavía caracteriza al llamado “judaísmo ortodoxo”, la encontramos en el muy conocido rabino ortodoxo, Jacob Neusner: “¿Hasta cuándo? ¿Cuándo llegarán los grandes acontecimientos del tiempo  a su clímax y conclusión? Y como respuesta a esta pregunta surge la esperanza en el Mesías, el ungido de Dios, que ha de redimir al pueblo y ponerlo para siempre en el camino recto, dando fin así a las vicisitudes de la historia… Señor, tú has planteado la pregunta: «¿Hasta cuándo?» Y tu respuesta es «dentro de poco», «dentro de muy poco». Yo, señor, me he hecho la misma pregunta, pero la única respuesta que puedo dar es: «Dure lo que dure, esto es lo que seremos, lo que estamos llamados a hacer; un reino de sacerdotes y un pueblo santo».”

Y mirando para atrás, llegando como estamos al año 2000 (Jacob Neusner escribió su obra en el año 1993), vemos que la espera ha sido larga: pero a lo largo de todo este tiempo hemos tratado de permanecer fieles a nuestra vocación de formar un reino de sacerdotes y un pueblo santo, como Dios nos ha mandado por medio de la Torá de Moisés” («Un Rabino habla con Jesús», Ediciones Encuentro, 2008, páginas 182 y 183),

Por otro lado, considero que son muy pertinentes aquí las palabras del «Nuevo Diccionario de Teología», cuando dice: “La erudición del siglo XX se ha ocupado mucho del problema de la demora de la parousía: ya que no se cumplió la expectativa de la iglesia primitiva de una parousía inminente, ¿no ha quedado desacreditado todo el concepto?” (Ferguson, Wrigth y Packer editores, Casa Bautista de Publicaciones, 2005; artículo Escatología, página 334).

En conclusión, la palabra “maranata”, atendiendo a su demostrado uso bíblico, debe entenderse no como una afirmación de la “venida del Señor” (nuestro Señor ha venido, nuestro Señor viene), sino más bien como una expresión de ruego, deseo y anhelo de que su venida tenga lugar- «Señor nuestro, ven»-, ante la real y efectiva demora de su regreso.

Luego, en el mismo contexto de esta actitud un tanto pesimista respecto del inminente regreso del Señor, hay que comprender y explicar la expresión «como  ladrón en la noche», expresión que es posterior a Jesús, aunque no es imposible que se remonte a un dicho expresado por el propio Jesús, y que no se encuentra en los evangelios. Encontramos la expresión «como ladrón en la noche», en los siguientes pasajes del NT:

1 Tesalonicenses 5:2 “Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche.”

1 Tesalonicenses 5.4 “Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.”

2 Pedro 3.10 “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.”

Apocalipsis 3.3 “Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.”

Apocalipsis 16.15 “He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza.”

No obstante, este es el mismo enfoque de algunos textos de los evangelios mismos que hablan de lo inesperado de la venida del Hijo del hombre:

“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. 43Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. 44Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis” (Mateo 24.42-44, compárese versículo 50, y Lucas 12.46)

“Pero sabed esto, que si supiese el padre de familia a qué hora el ladrón había de venir, velaría ciertamente, y no dejaría minar su casa. 40Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá” (Lucas 12.39-40)

En resumen, parece verosímil sostener que, por un lado, a pesar de las “señales” que menciona el llamado «Apocalipsis sinóptico» (Marcos 13.3-32;  Mateo 24.3-51; Lucas 21.5-37 que deberían preceder a la «parusía»), al no cumplirse las expectativas escatológicas comunicadas por el mismo Jesús; por un lado, se fue desarrollando en la iglesia primitiva misma cierta prudencia o pesimismo en torno a depender demasiado de tales señales, asumiendo, en consecuencia, el regreso del Señor más bien como algo inesperado (sin contar con la realización previa de algunos eventos que la señalaran); y por otro lado, se fue consolidando la actitud de ruego y súplica (no la afirmación) por el definitivo regreso del Señor, o sea «maranata»: «Señor nuestro, ven» (ven ya).

En consecuencia, tenemos que admitir y afirmar de manera contundente, que el libro de Apocalipsis no concluye afirmando la inminente venida («parusía») de Jesús, sino más bien deseando, rogando porque ocurra, porque se haga una realidad definitivamente concreta. Esto así, pues para la fecha en que dicho libro se escribió (probablemente en la última década del primer siglo) todavía no había tenido lugar la «parusía», a pesar de las expectativas escatológicas del mismo Jesús y de la primera generación de cristianos.   

En suma, a la luz del sentido del modo imperativo que domina en el uso de la expresión «maranata» en el NT mismo, en conformidad con algunas premisas y presuposiciones del dispensacionalismo mismo, y en la línea de un trabajo que publiqué hace unos cinco o seis años; es verosímil concluir que la «parusía» del Señor no tendrá lugar en lo que resta de este año, y en el año 2017, tampoco, así de sencillo.




¡Feliz y venturoso año 2017!    

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