viernes, 9 de diciembre de 2016

Análisis crítico e implicaciones de la expresión griega «joi ídioi» en Juan 1.11


Profundizando un poco más en el texto y mensaje de Juan 1.11


Héctor B. Olea C.


En este artículo reacciono a la postura de A. T. Robertson, cuando en su comentario de Juan 1.11, en su famosa obra, finalmente publicada por Editorial CLIE en un solo volumen, plantea: “Es probable que aquí «joi idioi» haga referencia al pueblo judío, el pueblo elegido al que Cristo fue enviado primero (Mateo 15.24), pero en un sentido más amplio todo el mundo queda incluido en «joi idioi»”.  

Ahora bien, antes de reaccionar a la las palabras de Robertson, con el cual concuerdo en cuanto a que la referencia de la expresión «joi ídioi» (adjetivo posesivo masculino plural) es al pueblo judío; pienso que me es necesario advertir sobre las premisas que tengo sobre el evangelio de Juan:

1) El evangelio de Juan no fue escrito por un testigo ocular, ni miembro del círculo de los doce. No sabemos en realidad quién escribió este evangelio. Por el contenido y los rasgos del libro, se deduce una mano judía muy helenizada.

2) Las dos conclusiones que tiene el libro (20.30 y siguientes, y 21.24 y siguientes), ponen de manifiesto que además de las manos del autor original, tuvo este evangelio la participación de un redactor final cuya contribución a la obra final no es posible constatar del todo. 

3) Fue escrito entre los años 80-110.

4) No sabemos desde dónde se escribió. Se han mencionado algunos lugares, como Samaria, o alguna ciudad de Asia Menor, preferiblemente Éfeso.

5) Los destinatarios originales son definitivamente cristianos.

6) Este evangelio fue escrito con una visión muy pesimista y hasta negativa de los judíos, perspectiva característica de los movimientos cristianos.   

7) La lengua original de este evangelio fue el griego koiné.

Como fuentes recomendadas para una buena introducción al evangelio de Juan, recomiendo las siguientes obras: «Introducción al Nuevo Testamento», de Raymond E. Brown, publicada por Editorial TROTTA, año 2002; «Historia de la literatura cristiana primitiva», de Philipp Vielhauer, publicada por Ediciones Sígueme, año 2003; «Guía para entender el Nuevo Testamento», de Antonio Piñero, publicada por Editorial TROTTA, año 2006. Como comentario al cuarto evangelio, recomiendo la excelente obra de Raymond E. Brown, «El Evangelio de Juan», publicada por Ediciones Cristiandad. .

Pasemos ahora, a dilucidar nuestra cuestión.

La relación de «la palabra» (griego «lógos») con la creación, el mundo (griego «kósmos»)

Dos veces en el prólogo, el cuarto evangelio afirma que el mundo («kósmos», las cosas creadas), fueron creadas por medio de la palabra, nótese bien, «por medio de» (el griego, la preposición «día» más el caso genitivo”). La primera la encontramos en el versículo 3: “todas las cosas por medio de la palabra fueron hechas (griego «pánta di’ autú eguéneto»). La segunda la encontramos en el versículo 10: “y el mundo («kósmos») por medio de él fue hecho” («kái jo kósmos di’ autú eguéneto»).

El neutro plural griego «ta ídia» en relación a la idea de que por medio de la palabra («lógos») todo fue creado  

Una vez estamos avisados de que para el autor del cuarto evangelio todas las cosas creadas (el «kósmos»), vinieron a la existencia por medio de la palabra, por medio del «lógos»; pienso que debemos estar en las más óptimas condiciones para comprender que al llegar al versículo 11, con la expresión «ta ídia» se está haciendo referencia al mundo creado, a todas las cosas creadas.

Pero antes de avanzar, quiero poner de relieve que el cuarto evangelio hace referencia a esta acción creativa del «lógos», de la palabra, de dos maneras. Por un lado, en el versículo 3, utiliza la expresión «pánta di’ autú eguéneto», o sea «todas las cosas fueron hechas por medio de ella» (del «lógos», de la palabra).

Por otro lado, en el versículo 10, con la expresión «kái jo kósmos di’ autú eguéneto», o sea, «y el mundo por medio de ella (por medio de la palabra) fue creado».  

En consecuencia, al encarnarse y tomar parte en este mundo («en el mundo estaba», versículo 10), para el autor del cuarto evangelio, lo que sencillamente ha ocurrido es que la palabra (el «lógos») se ha aproximado, ha hecho acto de presencia en un escenario que es suyo, que le es propio en cierta forma, en virtud de que por medio de ella fue creado. De todos modos, hay que admitir que se discute si la presencia sugerida del «lógos» en el versículo diez, va más allá de la encarnación, abarcando su presencia en el Antiguo Testamento, incluso en el Nuevo Testamento mismo.  

En todo caso, concluimos que con la expresión «eis ta ídia élthen» («a las cosas suyas vino»), se está haciendo referencia a toda la obra de la creación llevada a cabo por medio del «lógos», la creación en sentido general, incluyendo a judíos y no judíos, judíos y gentiles.    

La palabra encarnada tuvo carne y fue judía

Algo que es claro y que no está en discusión para el cuarto evangelio, es que la palabra encarnada (el «lógos» encarnado), tuvo carne, y esta carne fue judía. En suma, el evangelio de Juan da por sentada la radical pertenencia de la palabra encarnada al pueblo judío con todas sus implicaciones (considérese Juan 2.13; 4.9, 22; 5.1; 10.24). Por supuesto, este indiscutible hecho no debe ser ignorado por las distintas teologías cristianas, por toda y cualquier reflexión y aproximación al estudios de la figura histórica de Jesús.  

La reacción de «ta ídia» («las cosas suyas», ante la encarnación de la palabra (del «lógos»)

En primer lugar, el versículo 10 apunta a que ante la presencia de la palabra encarnada en el escenario del mundo (la creación hecha por medio de ella), éste no la conoció.

Ahora, si bien no podemos estar muy seguros de la idea que estaba en la mente del autor cuando pronunció estas palabras; es posible pensar en dos posibilidades. Por un lado, el no reconocimiento de la palabra encarnada, como sinónimo de rechazo general. A la luz de esta perspectiva, son pertinentes aquí las palabras del Comentario Bíblico San Jerónimo:

“Estas palabras no han de restringirse a la repulsa de Cristo por su propio pueblo. Ante todo, podríamos pensar en que el mundo no logró reconocer la verdad que Dios —a través de su palabra creadora— dio a conocer en la creación (Romanos 1.18-23). «Conocer» en Juan no significa simplemente percibir, tomar conciencia de algo, sino que tiene el pleno sentido semítico que implica el conocimiento, en el que siempre se supone una implicación personal. Además, y de modo especial, la historia de Israel se caracterizó por su fracaso en conocer la palabra profética de Dios (compárese  Hechos 7.51-53), actitud que habría de repetirse en la repulsa de la Palabra que se hizo hombre (compárese Mateo 23.29ss; Lucas 13.33)”.

Por otro lado, que el «kósmos» no conoció a la palabra encarnada en su justa y debida proporción, con toda la dignidad que le era propia como el agente o instrumento por medio del cual Dios puso en existencia todo lo creado. Me inclino por la primera hipótesis. 

En segundo lugar, en versículo 11, pasa a describir un rechazo más específico por parte de la nación y el pueblo del cual formó parte la palabra encarnada, o sea, los suyos («joi ídioi»). En tal sentido, la referencia de la expresión «joi ídioi» en Juan 1.11 es específicamente al pueblo judío, los cuales en términos estrictos eran «los suyos» (al pueblo al que indiscutiblemente perteneció, y con el cual tuvo una historia y fe común), para el cuarto evangelio mismo (considérese Juan 2.13; 4.9, 22; 5.1; 10.24).

En tercer lugar, después de afirmar el rechazo doble que tuvo la palabra encarnada, por parte de las cosas suyas («ta ídia») en general, y por los suyos («joi ídioi») en particular; el autor del cuarto evangelio también afirma que la palabra encarnada también logró una aceptación doble, o sea, por parte de los que por un lado conformaban lo suyo, las cosas suyas, de su dominio («ta ídia»), por ser él el agente instrumental mediante el cual vino a existencia todo lo creado; y por parte del pueblo judío mismo («los suyos» en sentido estricto). 

En consecuencia, a todos los que lo recibieron, a todos los que creen en él (judíos  y no judíos), recibieron la potestad de ser hechos hijos de Dios (versículo 12). Considérese 8.31; 11.45; 12.11; 13.33.

En suma: ante el hecho de que la expresión «ta ídia» (adjetivo posesivo neutro plural) apunta a todo lo que es propio de la palabra creadora y encarnada, a lo que le pertenece y forma parte de su dominio porque por medio de ella vino a existencia; podemos concluir en que en dicha expresión estamos incluidos todos, judíos y no judíos, y el resto de las cosas hechas por medio de la palabra («lógos»).

Por otro lado, ante el hecho de que la expresión «joi ídioi» (adjetivo posesivo masculino plural) apunta al pueblo físico y concreto al que la palabra encarnada perteneció, del cual formó parte y con el cual tuvo una historia y fe común; de manera verosímil podemos concluir en que en la expresión «joi ídioi»  no estamos incluidos todos, sino el pueblo judío como tal, en particular y en sentido estricto.  

En resumen; en la expresión «ta ídia» (adjetivo posesivo neutro plural) estamos incluidos todos, nos incluye a todos, a todo lo creado por medio de la palabra creadora; pero en la expresión «joi ídioi» (adjetivo posesivo masculino plural) sólo están incluidos los judíos, sólo el pueblo con el cual la palabra encarnada tuvo una historia y fe común, el pueblo al que sin duda perteneció y del cual formó parte, el pueblo judío.

Además, es preciso reconocer que si el autor del cuarto evangelio hubiese querido comunicar la idea de que el complemento u objeto directo de la forma verbal «élthen» (vino), era al mismo tiempo el sujeto de la forma verbal «parélabon» (recibieron), más el adverbio de negación «no» («ou»); entonces hubiese empleado en la primera cláusula un acusativo plural masculino, o sea, «tús idíus» «(a los suyos»), y no el ya mencionado acusativo plural neutro «ta ídia» («a las cosas suyas»). 

Al final y después de todo, a pesar de la nota negativa en relación al rechazo general de que fue objeto la palabra creadora y encarnada (el «lógos»); el prólogo del cuarto evangelio concluye con una nota muy positiva, optimista y esperanzadora: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.



¡Hasta la próxima!

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