martes, 22 de noviembre de 2016

¿Un Dios misógino, o un discurso teológico no favorable para la mujer?


¿Cuál es, en realidad, la cuestión?


Héctor B. Olea C.


Si bien algunas personas afirman que el Dios de la tradición judeocristiana, de la tradición bíblica (a pesar de ciertas diferencias peculiares que distinguen al AT del NT, y viceversa) no es machista, ni misógino; pienso que la pregunta no debe ser si Dios es machista o no, sino y más bien, si el discurso acerca de Dios, si el discurso teológico tiene matices indiscutiblemente machistas y patriarcales, si las metáforas usadas en el discurso bíblico y teológico hablan y hacen referencia a Dios preferentemente y casi exclusivamente desde el punto de vista del varón, y con rasgos preferentemente masculinos, propios del varón, y siempre en el marco de la relación asimétrica que existía entre el varón y la mujer en los ambientes históricos, socioculturales y vitales en los que surgieron los textos bíblicos.   

Ahora bien y, por un lado, si a ultranza se va a insistir en la trascendencia de Dios, y de su indiscutible y esencial separación ontológica respecto de la naturaleza humana y de sus cualidades específicas y que la distinguen; entiendo que es, entonces, un sin sentido, insistir en atribuirle sexo alguno a su ser, así como el atribuirle características propias del varón, y una forma de actuar preferentemente varonil, y siempre en el contexto de una relación asimétrica entre el varón y la mujer, en una franca situación de desventaja para la mujer.

EL ROL DE LA MUJER EN LA BIBLIA.


Por otro lado, no es posible soslayar que los contextos en que surgieron los textos bíblicos y en los que se configuró, desarrolló y fijó el discurso sobre Dios en la tradición judeocristiana, es un ambiente esencialmente machista y patriarcal, hecho que, sin duda, marcó la forma en que en los textos bíblicos se habla de Dios (el discurso bíblico-teológico), de su forma de actuar y relacionarse con el ser humano, y la forma en que se redactaron los llamados «mensajes divinos», los «mandamientos divinos», las «exigencias divinas».  

En realidad Dios no es varón, Dios no es mujer, Dios no es machista, tampoco es feminista; pero el discurso en torno al ser de Dios, las metáforas que se emplearon en la tradición bíblica, para hacer referencia a su ser, su forma de tratar con el ser humano, y la forma de concebir la organización social y en el hogar, con base en los llamados «mandamientos divinos»; sí es patriarcal, machista, no favorable a la mujer, y la colocan, por lo general, en una situación de inferioridad y desventaja en relación al varón.  
           
Además, dada la estrecha e intrínseca relación que existe, que siempre ha existido y existirá entre la literatura (religiosa o no) y el contexto histórico, sociocultural y vital en que ésta surge (toda literatura religiosa o no, es hija de su tiempo); es obvio que en los contextos en que siguieron los textos bíblicos, en los contextos vitales en que surgió y se configuró la Biblia, la tradición religiosa judeocristiana, no podían producir un discurso teológico distinto al que en efecto nos ofrecen los textos  bíblicos, el discurso bíblico-teológico en general, con unas metáforas que no fueran perjudiciales a mujer, con unas metáforas que colocaran a la mujer en un plano de igualdad en relación al varón, y mucho menos en una situación donde la mujer fuera el foco central, el eje de la historia y la narración, y mucho menos donde ésta ostentara una relativa superioridad frente al varón.

En consecuencia, pienso que está demás preguntarse si los contextos históricos y socioculturales en que surgieron los textos bíblicos podían haber producido una Biblia distinta. De hecho, mientras más se insiste en los contextuales que son los textos bíblicos, más se ha de poner de relieve la innegable relación que existe entre los textos bíblicos y los contextos históricos, socioculturales y vitales en que estos surgieron. En suma, la Biblia tiene el ADN de los contextos históricos, socioculturales y vitales en que surgieron los textos bíblicos, y en los que se configuró el discurso sobre Dios, en general, el discurso teológico de la tradición religiosa judeocristiana; contextos por lo general desfavorables a la mujer, y en los que el varón siempre ostentó la superioridad y la autoridad sobre ésta.   

En conclusión, Dios no es machista, Dios no es feminista,  Dios no es varón, Dios no es mujer; pero el discurso teológico de la tradición judeocristiana (AT y NT), elaborado, estructurado, contado y divulgado por varones; sí es machista, desfavorable a la mujer, donde jamás domino la idea siquiera de una igualdad relativa entre el varón y la  mujer, y donde es claro que la mujer siempre estuvo a la  sombra del liderazgo y señorío del varón, en la sociedad, en el hogar, en el clan, en la tribu, en la monarquía, en el templo, en la sinagoga, y en las asambleas cristianas (compárese Hechos 6.1-7; 15.1-34).  

Por supuesto, está demás el preguntarnos si el discurso teológico contemporáneo  debe seguir repitiendo y promoviendo una lectura y apropiación acrítica del discurso bíblico-teológico, y justificando una relación asimétrica entre el varón y la mujer; o si más bien vamos a aceptar el desafío de asumir una postura crítica frente al discurso teológico con base en la tradición bíblica, y procurar hoy una situación social y eclesiológica donde en verdad reine un ambiente de indiscutible igualdad y reciprocidad entre el varón y la mujer.




¡Hasta la próxima!

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