viernes, 1 de diciembre de 2017

Sobre el «Día mundial de la lucha contra el Sida»


Una reflexión pertinente desde el campo bíblico-teológico

Héctor B. Olea C.

Un comportamiento quizás extraño y paradójico pero muy común en el marco de la tradición cristiana, frente a catástrofes y desastres naturales, o situaciones que involucran ciertas tragedias, como terremotos, enfermedades, ciclones, sequías, crisis económica, etc.; es que muchas personas, con una convicción muy firme y sorprendente, sostengan y afirmen que “eso” o “aquello” ocurrió como un castigo divino. En efecto, no han faltado las personas que piensen de esta manera con relación al VIH-Sida.

Ahora bien, sin duda, no deben ser pocas las personas que se preguntarán si tal actitud tiene una base, por lo menos en la Biblia, que ayude, sino a justificarla, por lo menos a explicarla. Ciertamente hay algunos textos bíblicos que se utilizan como justificación. Consideremos un relato muy conocido:

“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?” (Juan 9.1-2).

Observemos también los siguientes textos:

“Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, Y que comáis pan de dolores; Pues que a su amado dará Dios el sueño” (Salmo 127.2)

Hay bendiciones sobre la cabeza del justo; Pero violencia cubrirá la boca de los impíos.”(Proverbios 10.6) 

Ahora bien, ¿existe alguna razón, algún elemento que explique esta forma de pensar?

Por supuesto. En el trasfondo de los textos bíblicos citados y otros, está la llamada «ley de retribución». Pero, ¿en qué consiste la «ley de retribución»?

La «ley de retribución» también es llamada «ley de la siembra y la cosecha», que podemos explicar de la siguiente manera: el que hace el bien, cosecha (¿merece?) cosas buenas; el que hace lo malo, cosecha (¿merece?) cosas malasel que siembra mucho, no cosecha poco; el que siembra poco, no cosecha mucho.

Otros textos bíblicos que reflejan la visión de la «ley de retribución» son: Job 21.17 (compárese Levítico 24.13-16, 23; Jueces 9.24; Job 21.19; Proverbios 10.11; Salmo 139.19-24).  

Algunos ejemplos del Nuevo Testamento son Gálatas 6.7: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Salmo 127.1-2).

2 Corintios 9.6 “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará.” 

Lo interesante, llamativo y que hay que poner de relieve es que la Biblia misma también nos proporciona una serie de textos que asumen una postura crítica y que comunican una visión contraria a la «ley de retribución»; consideremos algunos: 

Eclesiastés 8.14 “14Hay vanidad que se hace sobre la tierra: que hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos. Digo que esto también es vanidad.”

Eclesiastés 9.11 “11Me volví y vi debajo del sol, que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos.”

Juan 9.1-3 “1Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. 2Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? 3Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (además Mateo 5.43-48; Salmo 73:1-9, 12-14;  compárese Job 11.4-6; Malaquías 3.13-18).

Por otro lado, algunos proverbios o refranes populares que van en la misma línea que esta crítica bíblica a la «ley de retribución» son: 1) Dios le da barba al que no tiene quijada; 2) Nadie sabe para quién trabaja; 3) Una cosa piensa el burro, otra el que lo apareja.

Como se puede ver, teniendo como telón de fondo la llamada «ley de retribución», hay textos bíblicos que suponen que si una persona o pueblo es víctima de alguna desgracia, es porque algo malo ha hecho. Luego y, consecuentemente, que si en esta tierra (y en el más allá) hemos de recibir algo bueno, será porque que previamente hemos hecho sólo lo correcto; y de haber hecho algo malo, nos arrepentimos a tiempo.  

No obstante, hay textos bíblicos mismos que muestran lo contrario. Tales textos nos hacen reflexionar seriamente sobre el indiscutible hecho de que en la existencia humana no siempre la persona justa recibe lo que suponemos que merece, y la persona injusta en muchísimas ocasiones (quizás en la mayoría de las veces) tampoco recibe lo que pensamos que merece o que debería recibir.

Consecuentemente, frente a esta realidad, y por lo muy relativa y no siempre aplicable que resulta la «ley de retribución», surgió y se desarrolló la esperanza en la «retribución escatológica». Esta consiste en la confianza y consuelo de que será en el más allá (juicio final, retribución justa, inevitable y definitiva, etc.) cuando tanto la persona justa como la injusta recibirán su retribución definitiva, lo que en verdad merecen.  

En todo caso, si bien la «retribución escatológica» (retribución justa, inevitable, final y definitiva) es un elemento fundamental en la teología cristiana (compárese Mateo 25.46; Romanos 14.10; 2 Corintios 5.10); no es menos cierto que ésta parece tener su origen precisamente en el indiscutible fracaso del concepto de la «ley de retribución» en la existencia humana (compárese Lucas 16.25: “Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”), con la innegable y amarga frustración que nos deja.  

Además, no podemos soslayar que la idea o creencia de una vida en el más allá, la creencia en la resurrección de los muertos, el concepto de un juicio final universal (con la correspondiente retribución que implica), fueron ideas que asumió la religión judía de la religión persa (aunque en realidad no por todos los grupos religiosos judíos), y que la fe cristiana adoptó de la fe judía.

En suma, a nuestro juicio, el amor a nuestro semejante (aunque en muchos sentidos diferente), y la llamada «ley de oro» (Mateo 7.12), y no la expectativa en una «retribución escatológica»; constituyen el mejor fundamento para la lucha que procura, fomenta y aspira a la existencia digna, pacífica, respetuosa, armoniosa y solidaria entre todos los seres humanos.

La crítica que en la tradición bíblica misma se le hace a la «ley de retribución» debe animarnos e impulsarnos a identificarnos de manera solidaria y fraterna con las personas que padecen del VIH-Sida, a sumarnos a la lucha contra esta terrible enfermedad, y a poner bajo serio cuestionamiento cualquier postura, discurso, y comportamiento tendente a ver esta enfermedad (así como cualquier otra, incluso cualquier calamidad) como un “simple” castigo divino.

Frente al VIH-Sida y muchísimas tragedias más, lo que se espera de nosotros es una actitud compasiva y solidaria. Ya basta de seguir creyéndonos que somos “Dios” para decidir a nuestro antojo quién merece algo y quién no.

Más que una actitud inquisitiva y acusadora, lo que debemos preguntarnos, en el marco de la fe y praxis cristiana, es: ¿Por qué Dios nos ha colocado donde estamos y cómo quiere usarnos para dar un testimonio (praxis) concreto de su existencia, por medio de nuestra solidaridad y expresiones concretas de amor (bondad, fraternidad, filantropía, etc.), coherentes con su carácter? (compárese 1 Juan 4.7-12).

Después de todo, la figura y el cuerpo de las enseñanzas de Jesús, tienen más valor y sentido si se asumen como brújula para nuestra existencia, para una mejor existencia en nuestro aquí y ahora, que si se asumen como inspiradores para una mejor vida y existencia en un más allá.  

  

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