jueves, 14 de septiembre de 2017

En la traducción bíblica no siempre se impone el texto


¿«Jacobo» o «Santiago?
“Profesor, es que sólo usted dice eso….”


Héctor B. Olea C.

En una ocasión, en el contexto de una clase que estaba impartiendo en la Universidad Nacional Evangélica (UNEV), en el programa de Licenciatura en Teología; recuerdo que un estudiante, con mucho respecto  y delicadeza, me dijo: “Profesor, es que sólo usted dice eso”.

Esto ocurrió cuando llamé la atención al hecho de que la muy conocida carta o epístola de «Santiago» no es de «Santiago», sino de «Jacobo».  Obviamente, ante la falta de al menos una traducción o versión castellana de la Biblia que pudiera citar en ese momento como evidencia, además de mi testimonio personal; la preocupación del referido estudiante era cómo justificar, cómo atreverse a ir en contra, en una línea distinta a la tradicional, bien establecida, y sustentada en la que para muchas personas es todavía la mejor versión de la Biblia, y por cierto, apoyada en este punto por otras versiones de más prestigio.

Consecuentemente, la preocupación del estudiante en cuestión, al margen de cualquier prestigio personal de mi parte, es que hasta ese momento, no se tenía a la mano una versión de la Biblia en castellano que favoreciera mi punto de vista.    

De todos modos, insistía yo, en mi comentario, en que el texto griego (tanto el «Textus receptus» como el «Texto crítico»), «Jacobo» es el nombre, y no «Santiago», que el autor de la famosa epístola universal, católica, quien fuere, tenía por nombre «Jacobo», y no «Santiago». De hecho, según la Reina Valera 1960, el nombre «Jacobo»  se encuentra 41 veces en el Nuevo Testamento, y el nombre «Santiago» una sola vez, precisamente en el versículo 1 del primer capítulo de la carta identificada con dicho nombre.

Ahora bien, es preciso tener en cuenta que las 41 veces en que aparece «Jacobo» en el NT, como la única vez en que aparece «Santiago» en la Reina Valera 1960, es la traducción (más bien la transliteración) del nombre griego «iákobos», «Jákobos», o sea, «Jacobo», y no «Santiago». Consecuentemente, es obvio que resulta incomprensible esta falta de consistencia en la Reina Valera, y para ser justo, no sólo en ella, pues versiones que se entienden mejores que la Reina Valera en muchos aspectos, como La Nueva Versión Internacional, La Biblia de Jerusalén 1998, y La Biblia del Peregrino de estudio, también hicieron exactamente lo mismo que la Reina Valera 1960.

Y para las personas que llevan anotaciones respecto de la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras (la de los Testigos de Jehová), tengo a bien decirles que es en este caso, tan desacertada, sin diferencia alguna, como las ya mencionadas.  

Ahora bien, siempre me ha resultado curioso el observar a comentarios bíblicos, incluso diccionarios bíblicos, cuando procurando identificar al autor de la carta de «Santiago», apelan al resto del NT, especialmente a los evangelios, incluso Hechos y Gálatas 1.19; 2.9.12; Judas 1, donde jamás se lee «Santiago», sino «Jacobo».

Y para las personas que sospechan que es la tradición textual latina la culpable, debo decirles que resulta llamativo que incluso la Vulgata Latina tradujo «Iacobus» (Jacobo). En todo caso, resulta demasiado sorprendente que La Sagrada Biblia, traducción de la Vulgata Latina, realizada por el P. José Miguel Petisco (de la Compañía de Jesús), y publicada por la Fundación Jesús de la Misericordia, Quito, Ecuador; traiciona aquí a su fuente, pues identifica la epístola universal en cuestión, como la Reina Valera 1960, o sea, como «Santiago», y no como «Jacobo».
  
Retomando, pues, la ocasión en la que mi apreciado estudiante me dijo: “Profesor, es que sólo usted dice eso”; debo decir que esto ocurrió para antes del año 2000, incluso para antes del año 2001, año en que salió al mercado La Biblia Textual, sólo el Nuevo Testamento.

Por supuesto, traigo a colación la primera publicación de La Biblia Textual, pues fue la primera versión de la Biblia en castellano con que me encontré y que pude mostrar en la clase, obviamente posteriormente a la referida situación), que a diferencia de la dominante Reina Valera 1960, tradujo «Jacobo», y no «Santiago».  

Vino a ser, pues, La Biblia Textual, mi primer testimonio en castellano que pude presentar, al margen de toda mi argumentación personal, al margen de lo que particularmente decía yo; que confirmaba que no sólo yo me atrevía a decir, a justificar, en contra del consenso establecido, que «Jacobo» es «Jacobo», y no «Santiago», así de sencillo.   



¡Hasta la próxima!

1 comentario:

  1. si con el simple nombre de santiago vs jacobo se forma tremendo alboroto, que diremos con textos hebreos, que ni siquiera conocemos el idioma a plenitud, y sin tener originales....veo que para ser un humilde lector de la biblia debemos ser doctores en lingüística y literatura de idiomas antiguos... ahh rigor pobre los ignorantes e iletrados como yo...

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