jueves, 29 de septiembre de 2011

Ni «católicas» ni «protestantes», sólo «Biblias» A propósito de los agentes que difunden la Biblia 1 de 4

Ni «católicas» ni «protestantes», sólo «Biblias»

A propósito de los agentes que difunden la Biblia

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Héctor B. Olea C.

Una idea muy popular en el ambiente cristiano es que, aparente y definitivamente, hay «Biblias católicas» y «Biblias protestantes». Esta concepción parece legitimarse en virtud de la clásica distinción y división que existe en el cristianismo occidental a partir del siglo XVI, entre «cristianismo católico» y «cristianismo protestante» (a la manera en que la división del imperio romano en el siglo IV explicó la posterior división del cristianismo en oriental y occidental).

Ahora bien, ¿Es cierto que hay «Biblias católicas» y «Biblias protestantes»? ¿Es legítima esta distinción? ¿Es hasta cierto punto y, en cierto sentido, comprensible y aplicable tal distinción? ¿Habrá versiones de la Biblia que sólo mediante ella puede explicarse y justificarse el cristianismo católico? ¿Habrá versiones de la Biblia que sólo por medio de ellas puede explicarse el cristianismo protestante?

La común concepción de lo que es una «Biblia católica»

La noción popular que domina en los ambientes del cristianismo protestante respecto de la catolicidad de una versión de la Biblia, supone básicamente dos cosas: 1) Que es una versión que se origina en ambientes dominado por el catolicismo católico, y con la participación decisiva (probablemente exclusiva y única) de eruditos comprometidos con el cristianismo católico. 2) Que es una versión que, además de incluir los 66 libros que contienen las «Biblias protestantes», incluyen otros siete libros más, específicamente en el Antiguo Testamento, a saber: Tobías (Tobit), Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, y Baruc, así como algunas adiciones a Ester, Jeremías y Daniel.

La común concepción de lo que es una «Biblia protestante»

Como especie de una verdadera antítesis de lo afirmado en la sección anterior, la idea común de una “verdadera” «Biblia protestante» supone igual y básicamente dos cosas: 1) Que es una versión que se origina en ambientes dominado por el protestantismo, y con la participación decisiva (probablemente exclusiva y única) de eruditos comprometidos con el cristianismo protestante. 2) Que es una versión de la Biblia que, por un lado, tiene un Antiguo Testamento conformado sólo por los 39 que integran el Tanaj o Biblia hebrea; por otro lado, un Nuevo Testamento de 27 libros, para un total de sólo 66 libros que se consideran inspirados, autorizados y normativos. Claro está, con relación al Nuevo Testamento no hay diferencia entre las «Biblias católicas» y las «Biblias protestantes» en cuanto al número de libros que lo conforman.

«Biblias interconfesionales»

En nuestro contexto, se dice que una versión de la Biblia es interconfesional cuando el plan y proceso de producción y publicación ha implicado la participación de eruditos y casas editoriales de por lo menos dos confesiones cristianas distintas (principalmente de confesión católica y de confesión protestante). En la historia de la Biblia podemos mencionar dos principales proyectos de producir una versión interconfesional de la Biblia. Del primer proyecto nos habla Plutarco Bonilla en los siguientes términos: “1978: La Biblia interconfesional: Nuevo Testamento. Se trata de un esfuerzo interconfesional en el que participaron Sociedades Bíblicas Unidas, la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) y EDICABI (la Casa de la Biblia). Se ha publicado sólo el NT. Al parecer, hay interés en continuar con la traducción del AT.” («Descubre la Biblia», artículo: Traducciones castellanas de la Biblia, página 381).

El segundo proyecto interconfesional consistió en la publicación de la revisión de la original versión popular «Dios Habla Hoy» de 1979, en el año 1992, igualmente como versión popular, pero como edición de estudio, con la inclusión además de los libros deuterocanónicos.

Ahora bien, la simple participación de eruditos protestantes en un proyecto propiamente católico para la publicación de una determinada versión de la Biblia, ni la simple participación de eruditos católicos en un proyecto propiamente protestante con iguales objetivos, en ninguno de estos dos casos es correcto hablar de un proyecto interconfesional. Para que una versión de la Biblia (parcial o completa) sea interconfesional, el proyecto debe tener ese matiz como característica esencial de la publicación en todo el sentido de la palabra, pues implica que por lo menos las dos confesiones involucradas en el mismo participan con iguales derechos en un contexto ecuménico y de respeto mutuo, con todas sus naturales implicaciones.

Por ejemplo, en el mismo artículo citado, Plutarco Bonilla nos habla de la participación de dos eruditos evangélicos en la revisión y publicación de la llamada «Biblia Herder» (el NT), en el año 1975; no obstante, tal publicación nunca recibió el calificativo de interconfesional.

Tampoco es interconfesional un proyecto de publicación de una versión de la Biblia, cuando éste lo lleva a cabo una casa editorial protestante (o varias) y con la sola participación de eruditos protestantes, aunque involucre a eruditos de las distintas tradiciones protestantes. Por ejemplo, para el año 2010 se publicó la llamada Biblia vida abundante, nueva traducción viviente, publicada por Tyndale House Publishers, Inc. El caso es que este proyecto involucró la participación de eruditos de distintas congregaciones protestantes (incluyéndome a mí), pero jamás fue, ni podía serlo, ni tuvo la pretensión de ser un proyecto, de producir una edición interconfesional de la Biblia.

Sentido en que es comprensible hablar de «Biblias católicas» y «Biblias protestantes»

Si bien más adelante vamos a demostrar lo inadecuado de la distinción entre «Biblias católicas» y «Biblias protestantes, hay que admitir, sin embargo, que es hasta cierto punto comprensible.

En primer lugar, es claro que existen diferencias marcadas entre la oficial e institucional teología católica con relación a las distintas y tradicionales teologías oficiales e institucionales de corte protestante.

En segundo lugar, existe la sospecha de que una versión de la Biblia que proceda ya sea del ambiente católico, ya sea del ámbito protestante, habrá de recibir, en alguna manera, el sello de la teología que caracteriza a ambas tradiciones teológicas y eclesiales. En otras palabras, que la versión de la Biblia que proceda de un ambiente católico (y realizada por eruditos católicos) estará comprometida con el catolicismo en algún sentido; y la versión de la Biblia que preceda del ambiente protestante (y realizada por eruditos protestantes), estará comprometida con el protestantismo en alguna forma.

Ahora bien, ante estos dos postulados, es posible que haya personas que reaccionen catalogándolos como puras especulaciones, pues sueñan con la idea de que la reproducción y difusión de la Biblia es una empresa totalmente neutral y desinteresada, cuando en realidad es todo lo contrario. Paso a explicarme.

Si la iglesia católica romana tiene una concepción particular y distinta del canon bíblico, respecto de los movimientos protestantes, es lógico suponer que las versiones de la Biblia que surjan en su ambiente, lo pongan de manifiesto, y se ajusten a esa particular visión del canon bíblico.

Lógicamente y, para ser consistente, lo mismo hay que decir respecto de la visión del canon que tengan los movimientos protestantes y de las versiones de la Biblia que surjan en sus ambientes.

Por ejemplo, analicemos la situación y presencia de los libros «deuterocanónicos» (considerados generalmente como «apócrifos» por los movimientos o comunidades protestantes), en las generalmente llamadas «Biblias católicas».

Ciertamente hay que advertir que el canon hebreo (el conjunto de libros considerado autorizado y normativo) según fue definitivamente fijado por los judíos (principalmente de la corriente farisea) en Yabné (Jamnia) a partir de los años 90 de la era cristiana, no contiene los considerados «libros deuterocanónicos» (Tobías (Tobit), Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, y Baruc) por la iglesia católica romana. De todos modos, no es menos cierto que tales libros sí se encuentran en la versión griega del Antiguo Testamento, la Septuaginta (que fue por lo general el Antiguo Testamento conocido y empleado por los autores mismos del Nuevo Testamento, y por las comunidades cristianas desde sus inicios. Testamento).

Antes de avanzar, pienso que se hace necesario hacer una necesaria precisión terminológica, no sin antes puntualizar que:

En primer lugar, por lo general, desde la perspectiva protestante, se ha sostenido que todo libro que no sea reconocido por los movimientos protestantes como “inspirado”, es “apócrifo”, es decir, no inspirado, no autorizado, no normativo.

En segundo lugar, el surgimiento del término «apócrifo» (escondido, oculto), no surge en un ambiente judío, sino cristiano. A los primeros personajes que se les atribuye su uso son: Cirilo de Jerusalén (siglo 4 A.D.), Orígenes (siglo 4) y San Jerónimo (siglo 5).

En tercer lugar, un libro deuterocanónico, según la perspectiva católica, es un libro inspirado, canónico y normativo, sólo que fue recibido por la iglesia con posterioridad a los libros que componen el primer canon (protocanónicos).

Pasemos, pues, a definir puntualmente cuatro términos relacionados con este aspecto de los estudios bíblicos:

Literatura canónica: El cuerpo de literatura aceptada y fijada como normativa por alguna comunidad de fe (contexto judeocristiano). Ahora bien, el que una determinada obra sea reconocida como canónica (normativa y autorizada) por una determinada comunidad de fe, no significa que otras comunidades también lo harán.

Por ejemplo, es claro que en la tradición judeocristiana el canon hebreo (el fijado y asumido por el judaísmo, principalmente por el llamado judaísmo ortodoxo) no incluye los libros del Nuevo Testamento. Sin embargo, el canon cristiano (la Biblia como fenómeno propiamente cristiano, el aprobado y adoptado por el cristianismo) hace suyo el canon hebreo, y agrega la literatura que conocemos como Nuevo Testamento.

En el contexto del cristianismo mismo, es claro que la iglesia ortodoxa griega, la iglesia católica y romana, y la iglesia anglicana tienen un concepto del canon distinto y más amplio que el que exhibe por lo general el cristianismo protestante.

Literatura apócrifa: Respecto de la palabra “apócrifo”, Gonzalo Báez Camargo afirma: “El término les fue aplicado primeramente por Cirilo de Jerusalén (siglo 4 A.D.) y San Jerónimo (siglo 5 A.D.). Lo usaron, sin embargo, no en el sentido que la palabra tiene hoy en el lenguaje común y corriente, o sea, el de “falso” o “espurio”, sino en su sentido propio original de “oculto” o “secreto” (del verbo griego apocripto, “ocultar”). Es pues, sinónimo, o más bien equivalente, del hebreo guenuzí, y tiene la misma aplicación, que ya hemos explicado anteriormente” («Breve historia del canon bíblico», página 15, edición digital).

Por otro lado, “Por literatura apócrifa judía (apócrifos del Antiguo Testamento) entendemos un conjunto de obras judías (o excepcionalmente, judeocristianas, escritas en el período comprendido entre el año 200 antes de la era cristiana y el 200 después de misma era cristiana, obras pretendidamente inspiradas y referidas, ya sea como autor o como interlocutor, a un personaje del Antiguo Testamento” («Apócrifos del Antiguo Testamento», tomo I, página 27, Alejandro Diez Macho director general).

Con relación al Nuevo Testamento, Julio Trebolle, citando a Scheemelcher, nos da la siguiente definición: “Desde el punto de vista del análisis formal, cabe definir los libros apócrifos como aquellos escritos que imitan las formas de estilo del Nuevo Testamento y que, si bien no llegaron a entrar en el canon, tanto por el título como por afirmaciones hechas en los mismos, tenían pretensiones de ser considerados canónicos” («La Biblia judía y la Biblia cristiana», página 270). Desde esta perspectiva, se habla de evangelios apócrifos, Hechos apócrifos, cartas o epístolas apócrifas, Apocalipsis apócrifos, etc.

De todos modos, y a pesar de todo, lo cierto es que principalmente en el contexto protestante, la palabra “apócrifo” tiene un sentido negativo, y apunta a cualquier obra que no haya logrado formar parte del canon bíblico compuesto por los ya conocidos 66 libros.

Literatura seudo epigráfica: Refiere a una serie de obras que tienen como autor supuestamente (pero en realidad no) a un conocido personaje o autor del Antiguo Testamento (seudonimia), pero que no llegaron entrar en el canon hebreo (el canon del Antiguo Testamento hebreo (Tanaj). Generalmente estos libros son llamados apócrifos en el ambiente católico, pero pseudoepígrafos por los protestantes, a pesar de que en realidad muchos de los libros pseudoepígrafos originalmente fueron anónimos. De todos modos, lo cierto es que la pseudoepigrafía (seudonimia) tiene presencia incluso en el marco del canon bíblico.

Literatura deuterocanónica: Los libros deuterocanónicos (los libros que conforman la literatura deuterocanónica del Antiguo Testamento) son: Tobit, Judit, 1 y 2 Macabeos, Eclesiástico, Sabiduría, Baruc y algunos pasajes adicionales de Ester (después del capítulo 10.3 del texto hebreo canónico) y Daniel (la Oración de Azarías y el Cántico de los Tres Jóvenes, la Historia de Susana y la Historia de Bel y el Dragón).

Ahora bien, fue mucho después del concilio de Trento (1545-1563) cuando comenzó a emplearse la terminología de “libros protocanónicos” para hacer referencia a los libros del canon hebreo (los 39 conocidos), y “libros deuterocanónicos” para hacer referencia a los libros arriba mencionados.

Al respecto, Gonzalo Báez Camargo, afirma: “Hacia 1566 se comenzó a llamar “protocanónicos” a los libros del canon hebreo, y “deuterocanónicos” a los demás incluidos en la lista de libros que el Concilio de Trento había declarado, sin distinción, canónicos. En 1568 apareció en inglés la llamada Biblia del Obispo, que contenía los deuterocanónicos” («Breve historia del canon bíblico», página 26, edición digital).

Finalmente, con relación a la terminología aquí explicada, pienso que son importantes y pertinentes las observaciones de Gonzalo Báez Camargo, cuando afirma: “Los judíos no empleaban los términos “canónicos”, “apócrifos” y “seudoepígrafos”, terminología de origen cristiano, para distinguir entre los libros de tema religioso. El sentido original de “apócrifo” se explicará al tratar de la Septuaginta. Baste ahora decir que “seudoepígrafo” se llama el libro que se atribuye a algún personaje de importancia y prestigio en la esfera religiosa, y en cuyo título figura el nombre respectivo. Algunos apócrifos son a la vez seudoepígrafos”

“Los judíos clasificaban los libros, desde el punto de vista religioso, en tres clases: 1) los “libros que contaminan las manos”, o sea los libros sagrados en grado sumo, que después de fijado el canon podemos llamar “canónicos”; 2) los guenuzim (de la raíz ganaz, “guardar” o “esconder”), o sea, literalmente, guardados, ocultados o almacenados, y 3) los sefarim jitsonim, lit. “libros de afuera” (exteriores, extraños)” («Breve historia del canon bíblico», página 11, edición digital).

¡Hasta mañana con el favor de Dios!

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