domingo, 11 de junio de 2017

Sacralidad y manipulación del conjunto de los textos bíblicos


Una perspectiva crítica


Héctor B. Olea C.


Sorprende la radicalidad con que el conjunto de los textos bíblicos (como fenómeno propiamente cristiano (canon hebreo + canon cristiano) es asumido como «sagrado», y la ligereza, facilidad, vehemencia y tranquilidad con que al mismo tiempo se los manipula (al traducirlos como al comentarlos), con tal de supeditarlos a la teología e ideología de las distintas comunidades de fe, a la teología e ideología de las distintas tradiciones teológicas y eclesiales que los han hecho suyos, que los han asumido, que los traducen, reproducen, interpretan y aplican.  

Obviamente, existen algunas razones, entre ellas. 1) Porque en muchísimas ocasiones los hagiógrafos sencillamente no dicen nada, nada dijeron y nada tienen que  decir respecto de ciertos asuntos de especial importancia, de énfasis y trascendencia para las comunidades de fe que han hecho suyos sus textos. 2) Porque la forma en que muchas veces se expresaron los hagiógrafos no concuerda o es más bien contradictoria con las pretensiones de la teología de las comunidades de fe que han hecho suyos sus textos. 3) Porque sencillamente no parece que los hagiógrafos (respecto del conjunto de los textos bíblicos como tal, como un todo) compartieran las premisas básicas de la teología de las distintas comunidades de fe que han hecho suyos sus textos.

Ahora bien, y a manera de ilustración concreta, es preciso admitir y poner de relieve que una de las mayores manipulaciones textuales (tal vez la mayor por todas sus implicaciones), consiste en haber pretendido darle rango de «asunto bíblico» o «canónico» al concepto y palabra «Biblia».

Dos textos que sirven de ejemplo concreto de esta especial y descarada manipulación textual y conceptual, lo representa la presencia de la palabra «Biblia» en la traducción de Juan  5.39 y 2 Timoteo 3.16 en la versión de la Biblia identificada como «Traducción en lenguaje actual» (TLA), cito: «Ustedes estudian la Biblia con mucho cuidado porque creen que así alcanzarán la vida eterna. Sin embargo, a pesar de que la Biblia habla bien de mí» (Juan 5.39); «Todo lo que está escrito en la Biblia es el mensaje de Dios, y es útil para enseñar a la gente, para ayudarla y corregirla, y para mostrarle cómo debe vivir» (2  Timoteo 3.16). Por supuesto, está demás decir, sin duda, que tanto el autor del cuarto evangelio como el autor de 2 Timoteo no habrían de estar de acuerdo con esta sutil pero innegable manipulación de sus textos, de sus palabras, de sus propias ideas.

Finalmente, creo que la reflexión teológica actual debería tomar en serio las elocuentes palabras de Sallie McFague: “Si queremos plantearnos seriamente la Escritura y considerarla como normativa, debemos entenderla en sus propios términos, como modelo de la forma en que debe hacerse teología, más que como autoridad que dicta los términos concretos de cómo hacerla” («Modelos de Dios, teología para una era ecológica y nuclear», Sal Terrae, 1994, página 87).


¡Hasta la próxima!


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