viernes, 25 de mayo de 2012

«La Biblia dice», una expresión legítima, pero bajo sospecha




Evidencia bíblica y proporcionalidad escritural


Héctor B. Olea C.

Aunque la expresión «la Biblia dice» no es realmente bíblica, no es menos cierto que su uso haya fundamento en algunas expresiones bíblicas que le son equivalentes.

La expresión en cuestión se emplea cuando la persona cristiana quiere poner de manifiesto (o siente la necesidad de hacerlo) la base o razón bíblica que tiene una enseñanza, opinión o punto de vista que comunica respecto de un determinado asunto.

Pues bien, tal y como nosotros demostramos nuestra apelación a la Biblia mediante la expresión «la Biblia dice»; es preciso reconocer que en la Biblia misma, principalmente en el Nuevo Testamento, encontramos algunas frases con las cuales también se puso de manifiesto la apelación al conjunto de libros sagrados de la fe judía, el muy conocido hoy Antiguo Testamento.

La primera frase es «escrito está», la cual se encuentra en el NT en dieciocho (18) ocasiones, en dieciocho (18) versículos, tomando como referencia la versión Reina Valera 1960. Un detalle interesante es que en los evangelios, la referida expresión es típica en los labios de Jesús de Nazaret.

La segunda frase es «dice la Escritura», la cual se encuentra en el NT sólo en cuatro ocasiones, y en la misma cantidad de versículos.

Otras expresiones equivalentes son: «se cumplió la Escritura» (Marcos 15.28); «como dice la Escritura» (Juan 7.38); «para que se cumpla la Escritura» (Juan 13.18); «para que la Escritura se cumpliese» (Juan 19.24); «para que se cumpliese la Escritura» (Juan 19.36); «y se cumplió la Escritura» (Santiago 2.23); «pues la Escritura dice» (Romanos 10.11); «¿Qué dice la Escritura» (Gálatas 4.30); «también contiene la Escritura» (1 Pedro 2.6); «conforme a la Escritura» (Santiago 2.8).



Ahora bien, cuando planteo, como en el título de este artículo, que hoy la expresión «la Biblia dice» está bajo sospecha; lo que deseo es llamar la atención respecto del cuidado que debemos tener en el uso de dicha expresión. Pero, ¿por qué hay que tener un cierto cuidado en el empleo de la expresión en cuestión?

En primer lugar, porque una cosa es que en la Biblia se afirme una cosa, o se dé por sentado la existencia de una determinada idea, concepto o realidad; y otra cosa el que una determinada idea, cosmovisión o punto de vista real y efectivamente sea o constituya una enseñanza propiamente bíblica.

Por ejemplo, en el libro de Hechos (12.15), y por ende en la Biblia, encontramos un relato que pone de manifiesto el hecho de que en la comunidad cristiana de Jerusalén había quienes creían que cada persona tiene un ángel de la guarda que la acompaña; no obstante, no es posible demostrar que tal idea constituye una enseñanza bíblica, de la Biblia como un todo. De todos modos, otros dos textos usados para fundamentar tal enseñanza son: Salmo 91.11 y Tobías (apócrifo o deuterocanónico) 3.17.

En segundo lugar, porque una cosa es que una idea en efecto haya sido afirmada en la Biblia, se lea y encuentre en la Biblia, pero de manera aislada y particular; y otra que una idea o concepto demuestre ser una enseñanza general, recurrente, persistente y consistente en la Biblia (habiendo sido así, lógicamente, en el tiempo o por lo menos a partir de un punto o época en la historia judeocristiana).

En este punto quiero llamar la atención a la necesaria consistencia que debemos mantener para que no sólo digamos y sostengamos en teoría, que no es adecuado articular una doctrina con base en un solo versículo o pasaje de la Biblia; sino que además y, en la práctica, nos mantengamos en guardia para actuar de manera coherente y consistente con dicho principio. 

Ciertamente es preciso evitar seguir cometiendo el error de entender que una afirmación que aparece en un solo versículo, que la hace un único autor de la Biblia, en un solo libro de la misma; es una enseñanza positiva y consistente en toda la Biblia. No deja de llamarme la atención el hecho de que en muchísimas ocasiones se afirme que «la Biblia dice», cuando en realidad a lo que se alude con esa afirmación no consiste propiamente en una enseñanza de la Biblia como un todo.

Por otro lado, quiero insistir en aclarar que en ninguna forma estoy invitando a desconocer o negar que un autor o un determinado personaje de la Biblia haya hecho alguna particular afirmación; más bien a lo que estoy invitando es a evitar ese error cometido con demasiada frecuencia de convertir una afirmación particular (esa afirmación particular), en una enseñanza consistente y persistente en la Biblia; apelando a la afirmación (quizás un tanto chantajista) de que «la Biblia dice».

Además, dado el carácter situacional y muy contextual de los libros de la Biblia (y de sus autores, que en realidad son muchos más de lo que imaginamos); resulta obvio que respecto de ciertos asuntos ni siquiera es tan frecuente que un mismo autor aborde dos veces el mismo asunto, en distintos momentos y contextos. Por ejemplo, en términos históricos (de la figura histórica) es evidente que el Pablo autor de Gálatas, es el mismo Pablo y autor de las dos cartas canónicas a la iglesia de Corinto (obviamente, sin meternos aquí en los aspectos sicológicos y vivenciales o experienciales que involucra la existencia humana, pues en ese sentido no siempre somos la misma persona). Ahora bien, en términos literarios, es clarísimo y demasiado evidente, que el Pablo de Gálatas “desarrolla una “teología del fruto del Espíritu” que no desarrolla el Pablo de 1 y 2 Corintios. En ese mismo sentido, es claro que el Pablo de 1 y 2 Corintios desarrolla una “teología de los dones espirituales” que no desarrolló el Pablo de Gálatas (y viceversa).

Ahora bien, en relación a la forma en que Jesús y los autores del NT apelaron a las escrituras del AT, es preciso preguntarse: ¿Fue Jesús de Nazaret un exégeta o un crítico textual? ¿Lo fue alguno de los autores o personajes del NT?

En el telón de fondo de la pregunta planteada se encuentra la intención de contrarrestar la idea de que tomando a Jesús de Nazaret y los autores del NT, es posible levantar una legítima oposición a los métodos históricos críticos, a los procedimientos metodológicos de las actuales ciencias bíblicas. En términos históricos es claro que Jesús de Nazaret ni ninguno de los autores ni personaje del NT podía exhibir ni aplicar los procedimientos del moderno exégeta o crítico textual, pues sencillamente estos son muy posteriores a su existencia, por un lado; y por otro lado, son muy posteriores las razones históricas, textuales y filológicas, etc., que determinaron el surgimiento de los métodos históricos críticos y el desarrollo de las ciencias bíblicas en general. 

Además y, por otro lado, es preciso entender que Jesús de Nazaret, ni los autores y personajes del NT apelaron al conjunto de textos sagrados del AT de una manera neutral, inocente o desinteresada. Esto explica los diversos métodos o acercamientos empleados por Jesús, los personajes y autores del NT en su apelación a la Escritura del AT. 

Para ilustrar de la mejor manera lo que estoy planteando en este último párrafo, quiero arrojar un poco más de luz sobre la forma en que en el NT se apela al AT. Para esto voy a traer a colación algunas ideas importantes del libro –que obviamente recomiendo- «Vetus in Novo, el recurso a la Escritura en el Nuevo Testamento», trabajo de varios especialistas y publicado por  «Ediciones Encuentro» en el año 2006. Otra obra que igualmente recomiendo y, que en su naturaleza es similar a la anterior, es «El Antiguo Testamento en el Nuevo», de A. W. Robertson, publicada por «Nueva Creación» en el año 1996. Esta obra también incluye una excelente introducción a las fuentes y técnicas judías de interpretación. 

De acuerdo, pues a la obra «Vetus in Novo, el recurso a la Escritura en el Nuevo Testamento», en el NT existen dos modos fundamentales de referirse a textos procedentes, en nuestro caso, a los de las Escrituras de Israel.

El primer modo es la cita. En este caso, el texto de las Escrituras es asumido por el escrito del NT como voz autorizada externa que ratifica, confirma o fundamenta sus aserciones. Se reconoce como tal por dos características literarias fundamentales: la indicación de que en este punto se está citando otro texto, y la reproducción fiel del texto mismo.

El segundo modo es la alusión, la cual puede ser muy variada en sus formas, pero que tiene algunas características que la distinguen netamente de la cita. En este caso el autor asume un texto o una imagen, o incluso una terminología, deliberada o inconscientemente, en cualquier caso, sin explicitar la realización del recurso. Además no está vinculado a la letra del elemento del que se apropia, sino que puede modificarlo a su placer.

Las alusiones son una apropiación de elementos externos (otros textos,  figuras o palabras) que pasan a ser parte integrante del discurso mismo, hasta el punto de que es posible no reconocer su presencia sin que este hecho comprometa la comprensión del argumento, ya que están englobados en él. El elemento al que se alude pierde así, de algún modo, su autonomía respecto del texto que lo engloba (página 30).

Algunas modalidades concretas de la alusión son:

1) Recurso a un texto identificable. La forma más sencilla de alusión es el recurso a un texto de la Escritura, de algún modo identificable por ser una clara correspondencia verbal. El grado de correspondencia varía muchísimo.

2) Recurso genérico a la Escritura. Este tipo de recurso tiene lugar cuando no se cita ningún pasaje concreto del AT sino que se alude a toda la Escritura, en general, como profecía de algo que ahora se cumple.

3) Préstamo de vocabulario (o de lenguaje). Mediante este procedimiento el autor, aparentemente, no remite  en modo alguno a la Escritura. Pero el vocabulario es tan característico que no puede comprenderse adecuadamente sin conocer su uso en el AT.

4) Empleo de imágenes, figuras y géneros literarios. Este tipo de recurso es semejante al anterior. No aparece ninguna cita o referencia explícita a la Escritura sino que se emplean imágenes, figuras o tipos que, a la fuerza, piden ser interpretados a la luz de su empleo en los libros del AT.

5) Referencia a acontecimientos. En bastantes ocasiones el NT se remite a las Escrituras por medio de referencias a hechos allí narrados. No se trata por tanto de una afirmación o de una profecía que se cita. Consiste más bien en la apelación a un acontecimiento transmitido por la Escritura en modo general. 

En cuanto a la forma del recurso, se establecen tres formas principales:

1) La cita o alusión simple. La forma más sencilla es, pues, la simple referencia a un solo texto.

2) Conflación y combinación de textos. Una forma más compleja de apelar a la Escritura es mediante la combinación de diversos textos de tal modo que, unidos puedan expresar aquello para lo que han sido tomados en préstamo. La forma de esta combinación es variable.

3) Comentarios midrásicos. A veces los textos de la Escritura son presentados en el NT en compañía de un comentario bastante cerrado. En su acepción más general se puede hablar de comentarios midrásicos. Es, pues, el Midrash una interpretación de la Sagrada Escritura que actualiza su significado en el momento presente. Por otro lado, el Midrash apunta tanto a la práctica interpretativa (es un método de interpretación) como a una interpretación concreta.   

En resumen: 1) El empleo hoy de la expresión «la Biblia dice», para hacer referencia al real o supuesto apoyo bíblico con que cuenta una determinada aseveración o idea,  haya su fundamento en la Biblia misma, principalmente en el NT, en el empleo de varias expresiones con las que también los autores o personajes del NT querían poner de manifiesto el sustento escritural de la afirmación o argumento que estaban desarrollando. 2) El recurso o apelación al AT por parte de los autores o personajes del NT en ninguna manera fue neutral, inocente o desinteresada, o se ajustó alguna vez a los modernos principios de la crítica bíblica. 3) El empleo hoy de la expresión «la Biblia dice» no debe ignorar la radical distinción entre una afirmación o aseveración que, en efecto se encuentra en la Biblia, y una enseñanza que, por ser recurrente, persistente y consistente en la Biblia, encuentra una adecuada proporción de textos bíblicos que la apoyan (debidamente interpretados). Aquí es preciso insistir en evitar el error metodológico de hacer o construir una doctrina con base en apenas un solo texto o pasaje de la Biblia. Una simple y aislada afirmación en la Biblia no puede tomarse como apoyo irrefutable para el levantamiento de una determinada doctrina.    

Conclusión: Partiendo de la intencionalidad con que hoy se emplea la expresión «la Biblia dice», podemos concluir en lo siguiente: que su uso es legítimo y cumple adecuadamente su cometido, cuando con dicha expresión se apunta a una enseñanza general, recurrente, persistente y consistente en la Biblia (habiendo sido así, lógicamente, en el tiempo o por lo menos a partir de un determinado punto o época en la historia judeocristiana), y no a una afirmación parcial, particular y que, por ende, no puede demostrarse que persistió en la historia judeocristiana.   

En tal sentido, tenemos que evitar el error de pensar que en la historia judeocristiana siempre existieron o se mantuvieron sin transformación alguna, los mismos conceptos, ideas o puntos de vista. Ciertamente y, en sentido contrario, la historia judeocristiana pone de manifiesto lo muy dinámico y cambiable que fueron muchas ideas, pensamientos, actitudes y algunas prácticas en la historia bíblica. En fin, el pensamiento o cosmovisión y la praxis judeocristiana históricamente nunca han sido tan monolíticos como quizás hemos pensado.



¡Hasta la próxima! 

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