jueves, 8 de marzo de 2012

“Amarás a tu «prójima» como a ti mismo” ¿Quién dijo eso?


Una reflexión pertinente en el día internacional de la mujer

Héctor B. Olea C.

A manera de introducción:

Dado que por lo general olvidamos que la Biblia se escribió en unos contextos históricos y socioculturales muy distintos a los nuestros; también se ha hecho muy común el error de interpretar y entender algunas expresiones o términos que se emplean en la Biblia con la misma carga de significado que tienen dichos términos y expresiones en nuestros propios contextos; es decir, persiste la equivocada idea de que la Biblia fue escrita para nosotros y entre nosotros (las personas occidentales, principalmente cristianas), desde nuestro contexto y para nuestro contexto.


Ante la situación descrita, es muy probable que muchas personas no le encuentren sentido y hasta consideren innecesario un artículo que, como esta nota, pretende aclarar lo que aparentemente está muy claro y que no necesita explicación alguna. De todos modos, pienso que una lectura atenta de esta nota pondrá en evidencia lo muy pertinente, necesario y valioso de este tipo de esfuerzo.

Comencemos, pues, nuestra aventura.

I) El uso y frecuencia de la expresión “amarás a tu prójimo como a ti mismo” en la Biblia (AT y NT)

La expresión “amarás a tu prójimo como a ti mismo” se la encuentra en la Biblia únicamente en los siguientes pasajes (ocho menciones en ocho versículos bíblicos), teniendo como punto de partida la versión Reina Valera 1960:

Levítico 19.18 “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.”

Mateo 5.43 “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.”

Mateo 19.19 “Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Mateo 22.39 “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Marcos 12.31 “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.”


Romanos 13.9 “Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Gálatas 5.14 “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Santiago 2.8 “Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis.”

II) La idea del género gramatical en las formas verbales del idioma hebreo

A diferencia del castellano y el idioma griego del Nuevo Testamento, el hebreo tiene o añade el género, al conjunto de los accidentes gramaticales del verbo. Esto significa que en castellano, por ejemplo, al decir “estudia” en realidad no podemos deducir de esta forma verbal si quien realiza la acción de “estudiar” es mujer (una persona de sexo femenino) u hombre (una persona de sexo masculino).


Con la forma verbal griega “blépeis” (tú ves, estás viendo) tampoco podemos saber (basados sólo en la formal verbal en sí) si quien realiza la acción de “ver” es mujer (una persona de sexo femenino) u hombre (una persona de sexo masculino).

Pero en el hebreo bíblico se da una situación bastante interesante. Resulta que el conjunto de flexiones de un verbo en el idioma hebreo (el idioma dominante del AT), sólo tiene desinencias comunes para la primera persona del singular (yo), para la primera persona del plural (nosotros-nosotras), y para la tercera persona del plural (ellos-ellas). Para el resto, la segunda persona (singular y plural), así como la tercera persona del singular, hay una desinencia masculina (que indica que el sujeto de esa acción verbal es una persona de sexo masculino, un ser o una cosa a la que se le atribuye dicho sexo), y una desinencia femenina (para indicar que el sujeto de la acción verbal es una persona de sexo femenino, un ser o una cosa a la que se le atribuye dicho sexo).


Así, la forma verbal “shamárti” (correspondiente a la primera persona común singular) puede traducirse “yo (un varón) guardé”, pero también “yo (una mujer) guardé”. De igual manera, “shamárnu”, “nosotros (masculino) guardamos”, y “nosotras (femenino) guardamos”.

Pero “shamár” (forma de la tercera persona masculina singular) sólo ha de traducirse “guardó él”, “él guardó”. Sin embargo, “shameráh” (forma de la tercera persona femenina singular) sólo ha de traducirse “guardó ella”, “ella aguardó”.

Pienso que es preciso destacar que este aspecto de la conjugación verbal en el idioma hebreo cobra su importancia al analizar la persona sujeto que señala el texto hebreo en algunos textos bíblicos, principalmente los que tienen una relativa o vital importancia para la cuestión que nos ocupa.

Por ejemplo, al escuchar o leer la expresión “amarás a tu prójimo como a ti mismo” ¿qué es lo que generalmente pensamos? Sencillamente, en buen castellano, que toda persona (sin distinción de sexo), está llamada a amar a su semejante (sin distinción de sexo). Pero ¿es esa la idea que realmente comunica la forma verbal hebrea? Para responder con propiedad esta pregunta, vayamos, pues, al texto hebreo de Levítico 19.18.



En el texto hebreo de nuestro pasaje en cuestión, encontramos la forma verbal “ve’ahabtá”, que corresponde, de manera muy específica a la segunda persona singular masculina. Esto significa que el autor o redactor hebreo, conforme a ciertos criterios que mencionaré más adelante, ve como sujeto de esta acción (y a su complemento u objeto directo) a una persona de sexo masculino, a un hombre, no a una mujer, nunca a una mujer.

Otro factor interesante que quiero analizar es la palabra hebrea que por lo general se traduce “prójimo” en el AT, y en este pasaje inclusive. Pues, bien, la palabra traducida aquí “prójimo” es “rea‘”.

Ahora bien, como ocurre en el idioma español con la palabra “león” (masculino), que tiene su forma femenina, “leona”; así también existen en el hebreo algunas palabras que tienen una forma propiamente masculina, pero también su correspondiente forma femenina. Por ejemplo, en hebreo la palabra “varón” es “ish”, y su forma femenina es “isháh” (véase Génesis 2.23).


Sin embargo y, curiosamente, no tiene el hebreo una forma femenina para la palabra “rea‘” (prójimo). En otras palabras, no hay en hebreo la forma propiamente femenina para señalar a una “prójima”. Pero, ¿por qué no existía una forma femenina (“prójima”) para la palabra hebrea “rea”? ¿Cuáles serían las causas? Puedo mencionar dos posibilidades: 1) Porque en realidad no existía el concepto de “prójima” en la cultura hebrea, dado su carácter patriarcal. En consecuencia, la palabra “rea‘” nunca se empleó como una palabra común, igual que en castellano, para referir a cualquier o toda persona, sin distinción de sexo (hombre o mujer), parecido a lo que ocurre en castellano con la palabra “inteligente”; o como por lo general, erróneamente y, por mucho tiempo, hemos pensado nosotros respecto de nuestra palabra “prójimo”. 2) Porque en la cultura patriarcal hebrea, la mujer estaba ausente de ciertos escenarios de la sociedad, ni tenía la facultad de emprender y desarrollar ciertas acciones, las cuales estaban destinadas y concebidas como propias del varón; por lo tanto ella no estaba implicada en la idea que comunicaban y se asociaban al uso de ciertas palabras, como en efecto ocurre con la palabra “rea‘” (“prójimo”, sólo “prójimo”, nunca “prójima”).


Como nota al margen, no quiero dejar de lado el hecho de que hasta ahora, en el diccionario de la Real Academia Española, la palabra “prójima” tiene como primera acepción una idea muy negativa. Aunque la Real Academia Española está avisando que dicho artículo ha sido propuesto para ser suprimido para la vigésima tercera edición de su diccionario; insisto, hasta ahora, la definición de “prójima” es la siguiente: “Prójima”: 1. f. coloq. Mujer de poca estimación pública o de dudosa conducta. 2. f. coloq. Mujer respecto del marido.
De igual forma se define “prójima” en el «Diccionario de los usos correctos del español», publicado en el año 1997 por ESTRADA.

Después de esta necesaria observación respecto de la definición de la palabra “prójima” en el diccionario de la Real Academia Española; consideremos ahora algunas limitantes concretas que le imponía a la mujer la cultura hebrea:
1) El hogar era considerado como el espacio natural de la mujer.
2) La mujer estaba excluida de la vida pública.
3) La mujer no tenía el derecho iniciar un proceso de divorcio.
4) La mujer no podía ser sacerdote.
5) La mujer no tenía el derecho de participar en los servicios litúrgicos.
6) La monarquía también estaba destinada para el varón.
7) La mujer no tenía el derecho de ir a Jerusalén las tres fiestas de peregrinación (Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos). Éxodo 23.17 establece: “Tres veces en el año se presentará todo varón (no “toda mujer”, o “incluso la mujer”) delante de Jehová el Señor” (compárese Éxodo 34.23).
8) La mujer no tenía el derecho de estudiar la Toráh.
9) A la mujer no le estaba permitido enseñar.
10) La mujer no se contaba entre las personas invitadas a pronunciar la bendición después de la comida.
11) Por lo general la mujer tampoco podía prestar testimonio en un juicio.
12) Al ser el varón la cabeza y jefe del hogar, era lógico que no existiera el concepto de “vecina”, sino únicamente “vecino” (que es otro de los significados básicos de la palabra hebrea que se traduce “prójimo”).
13) La mujer siempre estaba bajo la tutela y potestad del varón. Hasta alcanzar la mayoría de edad, su padre ejercía sobre ella una plena potestad; pero cuando la mujer era dada en matrimonio la autoridad que sobre ella ejercía el padre, era traspasada a su marido.
14) También las relaciones entre los hijos y los padres estaban determinadas por la obediencia que la mujer debía a su marido; los hijos estaban obligados a colocar el respeto debido al padre por encima del respeto debido a la madre, pues la madre, por su parte, estaba obligada a un respeto semejante hacia el padre de sus hijos. En caso de peligro de muerte había que salvar primero al marido.

Ahora quiero citar, a manera de ejemplos ilustrativos, algunos textos que ponen de manifiesto la total ausencia de la mujer, y la sola presencia masculina, en ciertos textos y contextos claves para nuestro análisis:

Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel. Entonces vino Moisés, y llamó a los ancianos del pueblo, y expuso en presencia de ellos todas estas palabras que Jehová le había mandado.” (Éxodo 19.6b-7).


Con relación a este pasaje, es posible que muchas personas lo hayan leído como si Moisés hubiese hablado ante todo el pueblo, incluyendo a los varones y a las mujeres sin distinción, sin exclusión alguna. Yendo un poco más adelante, es posible que el versículo 8 haya dado cierto fundamento a esta idea, cito: “Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos. Y Moisés refirió a Jehová las palabras del pueblo.”

Sin embargo, lo cierto es que la expresión “todo el pueblo” apunta aquí, única y exclusivamente a los varones (cabezas de tribus, cabezas de clanes, cabezas de hogares) que actuaban como representantes del pueblo (considérese el versículo 7). Además, los versículos 14 y 15 demuestran que, en efecto, Moisés habló exclusivamente con los varones sin incluir a las mujeres, observemos: “14Y descendió Moisés del monte al pueblo, y santificó al pueblo; y lavaron sus vestidos. 15Y dijo al pueblo: Estad preparados para el tercer día; no toquéis mujer.



EL ROL DE LA MUJER EN LA BIBLIA


En esta misma línea va el relato del capítulo siguiente, donde Moisés le da a conocer al pueblo los diez mandamientos. Esto significa que los interlocutores de Moisés en el capítulo veinte, todos eran varones, hecho que explica por qué todas las formas verbales que aparecen en los diez mandamiento, todas son masculinas, y suponen a un sujeto masculino.

Otro pasaje interesante es Levítico 19.1-2, cito: “Habló Jehová a Moisés, diciendo: 2Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.

Aquí también vemos de nuevo a Moisés hablando y fijando leyes en un contexto en que todos sus interlocutores son varones. La “congregación de los hijos de Israel”, no equivale al uso común en castellano, donde con la expresión “hijos” se usa de una manera muy inclusiva, abarcando a personas de ambos sexos (niños y niñas, mujeres y hombres). Este elemento nos sirve de clave para entender que en el versículo 8, cuando dice “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, los interlocutores (sujetos y complementos directos) eran todos varones, y que el referente de la palabra “prójimo” también evocaba de manera exclusiva a una figura masculina. En un contexto así (que es el que está en el trasfondo general de los textos de la Biblia), es de suponer que no existiera la palabra y el concepto positivo de “prójima.”

III) El sentido de la expresión “amarás a tu prójimo como a ti mismo” en el Nuevo Testamento

Después de ver que la expresión “amarás a tu prójimo” se la encuentra siete (7) veces en el Nuevo Testamento, la pregunta inquietante es: ¿Tiene esta expresión en el NT el mismo valor y significado que en el AT? ¿Tiene la palabra “prójimo” en el NT un uso distinto al que ya vimos que tiene en el AT?

Mi personal respuesta es que efectiva y, lamentablemente, la palabra “prójimo” se usa en el NT con el mismo uso sexista y excluyente que en el AT. Detengámonos, pues, un poco, en cada una de las referidas menciones.

Mateo 5.43 “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo

Con relación a esta cita, diré dos cosas: La primera es que al ser una cita del AT, lo lógico es suponer que se está asumiendo que los receptores de dicho mandamiento son los mismos, es decir, los varones (no hay en el contexto nada que indique un cambio de dirección o sentido). En segundo lugar, si bien es cierto que muy probablemente haya habido mujeres que formaron parte del conjunto de personas que escucharon el sermón de la montaña (compárese Mateo 4.25 y 5.1); lo cierto es que parece que el foco central del discurso de Jesús estaba constituido por los varones. Por ejemplo, a pesar de que el adjetivo griego que se traduce “bienaventurados” (“makárioi”) tiene una forma femenina (“makáriai”), en verdad lo que tenemos y leemos en el texto griego son sólo formas masculinas (compárese Mateo 5.1-14).

Mateo 19.19 “Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Aquí también vemos que la palabra “prójimo” (griego “plesíon”) conserva su uso tradicional y básico con que la vemos en el AT. Además, al ser una respuesta (una especie de cita textual) de un hombre rico a Jesús, respecto de lo que decía la Toráh; es lógico que la esté citando con el sentido que tenía en el código mosaico. Finalmente, no vemos que en la cita del NT se haya intentado hacer una redefinición de dicho concepto.

Mateo 22.39 (y paralelo Marcos 12.31): “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Este caso va en la misma línea del caso anterior, como una cita textual del código mosaico.

Romanos 13.9 “9Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Por el contexto, también aquí “prójimo” sigue teniendo su uso y sentido tradicional. Compárese como evidencia a Romanos 12.1 “Así que, hermanos (“adelfói”)- no hermanas (“adelfái”)-, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.

Gálatas 5.14 “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Por el contexto, también aquí “prójimo” sigue teniendo su uso y sentido tradicional. Compárese como evidencia a Gálatas 5.13 “Porque vosotros, hermanos (“adelfói”) -no hermanas (“adelfái”), a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.” También Gálatas 6.1 “Hermanos (“adelfói) -no hermanas (“adelfái”), si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.

El otro factor es que una vez más estamos ante una especie de cita textual de la Toráh, y lo más seguro es que el sentido y referente original del AT se haya mantenido.

Observación: Es interesante lo que plantean Gálatas 5.13 y el 6.1, a pesar del 3.28.

Santiago 2.8 “Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis.

Por el contexto, también aquí “prójimo” sigue teniendo su uso y sentido tradicional. Compárese como evidencia Santiago (Jacobo) 2.1 “Hermanos míos (no “hermanas mías”), que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.” También Santiago 2.14 “Hermanos míos (no “hermanas mías”), ¿de qué aprovechará si alguno (no “alguna”) dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?

Obsérvese además que cuando el autor de la carta de Santiago quiso ser inclusivo, lo fue: “Y si un hermano (“adelfós”) o una hermana (“adelfé”) están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día” (2.15).

Además, volvemos a encontrar aquí otra especie de referencia o cita textual de la Toráh, por lo que es muy probable que el sentido y referente original del AT se haya mantenido.

Finalmente, la clásica parábola acerca del “prójimo” (la del buen samaritano, Lucas 10.25-37), con la que Jesús se propone dar una definición sencilla y práctica de dicho concepto; curiosamente, no involucra a ninguna mujer. Observemos:

1) La persona que plantea la parábola (Jesús) es hombre (varón)
2) Es también un hombre (varón) al que se le dirige la parábola
3) La persona que fue víctima de los ladrones era un hombre (varón)
4) Igualmente los ladrones eran hombres (varones)
5) El sacerdote era un hombre (varón)
6) El levita también era un hombre (varón)
7) El Samaritano que socorrió a la víctima igualmente era un hombre (varón)
8) El mesonero que atendió a la victima, también era un hombre (varón)

En síntesis, no hubo la presencia de una sola mujer en la mejor ilustración que hay en la Biblia, tendente a crear una definición sencilla y práctica de quién es el prójimo y lo asociado que está a la idea de “tener misericordia”. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿Podría Jesús haber planteado las cosas en una forma distinta, en una manera inclusiva, en su tiempo? Parece que no. Pero también es preciso que nos preguntemos: ¿Podemos nosotros hoy plantearlas en una forma distinta, inclusiva? ¿Por qué no? ¿Qué nos impide ser inclusivos hoy? ¿Estamos o no en la disposición de tomar distancia del AT y de NT en relación al concepto de “prójimo” como figura exclusivamente masculina y varonil? ¿Qué tan inclusivas están dispuestas a ser nuestras respectivas tradiciones teológico-eclesiales? ¿Qué tan dispuestos estamos para hacer nuestra (como persona, como iglesia y comunidad de fe) la lucha por el cese de los históricos y recurrentes maltratos, exclusiones, y abusos contra la mujer, incluso dentro de nuestras propias tradiciones teológico-eclesiales?

Reflexión final e implicaciones para la praxis cristiana: ¿Estamos dispuestos nosotros hoy, como seres humanos (hombres y mujeres) a crear la figura de “la prójima” (en forma positiva) en nuestras sociedades y en nuestros respectivos contextos teológico-eclesiales?

¿Nos atreveremos a darle a la parábola del buen samaritano hoy, una lectura, interpretación y aplicación consistente, en clave y perspectiva de género?

¿Estamos dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias, la idea de que hombres y mujeres somos “imagen de Dios” al mismo tiempo, en el mismo grado y en la misma calidad, en el más amplio contexto de la fe cristiana?

1 comentario:

  1. MUY INTERESANTE EL ARTICULO, CREO QUE JESUS TALVEZ NO NOS INCLUYO EN ALGUNOS MOMENTOS PERO SI NOS DELEGO UNA MISION IMPORTANTE.
    Cuando pasó el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. 2 De pronto, hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, removió la piedra, y se sentó sobre ella. 3 Su aspecto era el de un relámpago, y sus vestidos eran blancos como la nieve. 4 Al verlo, los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos. 5 Pero el ángel les dijo a las mujeres: «No teman. Yo sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado. 6 No está aquí, pues ha resucitado, como él dijo. Vengan y vean el lugar donde fue puesto el Señor. 7 Luego, vayan pronto y digan a sus discípulos que él ha resucitado de los muertos. De hecho, va delante de ustedes a Galilea; allí lo verán. Ya se lo he dicho.» 8 Entonces ellas salieron del sepulcro con temor y mucha alegría, y fueron corriendo a dar la noticia a los discípulos. 9 En eso, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Salve!» Y ellas se acercaron y le abrazaron los pies, y lo adoraron. 10 Entonces Jesús les dijo: «No teman. Vayan y den la noticia a mis hermanos, para que vayan a Galilea. Allí me verán.»

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