viernes, 28 de octubre de 2011

La Biblia se resiste a ser esclavizada por «católicos» y «protestantes»

La Biblia se resiste a ser esclavizada por «católicos» y «protestantes»
A propósito del 494 aniversario de la «Reforma protestante»
Héctor B. Olea C.
El que hoy tengamos distintas e irreductibles lecturas de la misma Biblia, una católica, luterana, anglicana, adventista, reformada, pentecostal, bautista, wesleyana, calvinista, etc., pone en evidencia que el principio emblemático de los reformadores, el de “Sola Escritura,” no pasó de ser una mera ilusión.
La «Reforma protestante» pretendió liberar la Biblia del magisterio eclesiástico, pero lo que en realidad logró fue la multiplicación de los magisterios a la luz de los cuales se lee la Biblia y se hace reflexión teológica; y esto, en verdad, no es esencialmente negativo. Ahora, de manera paralela, subsisten el magisterio católico, y los múltiples y más diversos magisterios eclesiásticos hijos y, derivados de una forma u otra, del movimiento reformador del siglo 16 que tiene como figura cimera a la persona de Martín Lutero.
Cada iglesia o movimiento que halla su origen en la «Reforma protestante» ha venido a constituir, igual que la Iglesia Católica, su propio magisterio eclesiástico, bajo la orientación del cual se ha de practicar una lectura de la Biblia que se considere aceptable, legítima y válida (¿sólo para dicho grupo o comunidad?)
En virtud de esta realidad, el común método de acercamiento a la Biblia y de hacer reflexión teológica es el siguiente: Por un lado, la Biblia es fuente y, aparente materia prima, del sistema teológico, sus premisas y conclusiones; pero por otro lado, se lee y considera como lectura “legítima” de la Biblia, la que se lleva acabo a la luz de las premisas y conclusiones de dicho sistema, de dicho magisterio.









Por tal razón, cuando una corriente o expresión del cristianismo protestante va a exponer su propio punto de vista respecto de una determinada doctrina (principalmente en los casos de doctrinas y posiciones teológicas que no han logrado un total consenso, como el tema de la predestinación, los grandes temas escatológicos, el lavatorio de pies, la frecuencia de la santa cena, el uso de los dones, la ordenación de la mujer, la preocupación cristiana por las cuestiones políticas y sociales, el aborto, la homosexualidad, el recasamiento, etc.); se nota que la lista de pasajes bíblicos que usa dicha corriente teológica para fundamentar su punto de vista es diferente a la lista que usa la escuela (¿iglesia?) que le adversa. Es más, en la mayoría de las veces parecería que están usando Biblias diferentes (cánones diferentes), a pesar de que uno sabe que casi siempre (por no decir todas las veces) están empleando la misma Biblia (el mismo canon, aunque sí utilicen distintas versiones de la Biblia).
Entonces, la conclusión lógica es que sólo se es “coherente” y “consistente” bíblica y teológicamente, cuando se lee la Biblia desde la perspectiva de una corriente determinada y se concluye en ese análisis bíblico validando las suposiciones, premisas y conclusiones teológicas de dicha corriente.
Lo penoso es que este matiz caracteriza, por lo general, a toda corriente de pensamiento teológico aunque en algunos sectores en mayor grado que en otros. Por eso es que insistimos en que la Biblia no fue escrita desde la perspectiva de las corrientes teológicas conocidas y surgidas con posterioridad a los textos bíblicos mismos, como el calvinismo, el arminianismo, el pentecostalismo, el presbiterianismo, el catolicismo, etc. (movimientos que también se originaron con posterioridad a la «Reforma protestante»).
Podemos decir que todavía hoy, como para el 31 de octubre de 1517, la Biblia se resiste a ser encasillada y esclavizada en una lectura excluyente como si los autores bíblicos hubieran escritos teniendo como telón de fondo algunas de las corrientes teológicas y eclesiales que más bien se desarrollaron muy posteriormente.
En verdad ningún autor o redactor de la Biblia escribió como católico, luterano, calvinista, adventista, anglicano, episcopaliano, bautista, o pentecostal, etc.; además, tampoco es cierto, en honor a la verdad, que Jesús haya sido cristiano, evangélico, católico, luterano, reformado, anglicano, bautista, pentecostal, adventista, wesleyano, etc. ¿Por qué es tan difícil que muchos (as) entiendan esto?
Finalmente, no podemos negar que gracias al espíritu ecuménico presente en muchas comunidades cristianas tanto católicas como protestantes, así como a los avances y consolidación de una “teología cristiana del pluralismo religioso” (que dicho sea de paso, se afirma que, en el ámbito católico, una “teología de las religiones” surgió en torno a los años del concilio Vaticano II, en la década de los años sesenta; por otro lado, con relación al ámbito protestante, podemos decir que el panorama no es tan claro todavía hoy, a margen de los esfuerzos del congreso y consecuente “Pacto de Lausana” de 1974 y los sucesivos movimientos inspirados en el mismo); se ha ido abriendo paso una lectura de la Biblia más contextual, más liberadora, menos esclavizante e institucional, más popular, mucho más rica, revolucionaria y pertinente.
Hoy, como para el 31 de octubre de 1517, la Biblia se resiste a ser encasillada y esclavizada por una lectura excluyente, por parte de los (as) católicos (as), como por parte de los y las protestantes.
¡Hasta la próxima!

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