jueves, 13 de enero de 2011

La economía, ¿Un tema teológico?

La economía, ¿Un tema teológico?
Héctor Benjamín Olea Cordero
Una verdad incuestionable es que nunca se ha hecho reflexión teológica en el vacío, sin un determinado marco social, cultura y económico que en alguna manera determine o impulse y matice sus temas, lenguaje, discurso, y propuestas.
Esto significa que en esencia la reflexión teológica siempre ha sido y será contextual, aunque a veces sus representantes y pensadores no logren la necesaria articulación que debe existir entre la reflexión teológica y las características y condiciones de la existencia humana en que ésta ocurre. Si la reflexión teológica es al fin y al cabo una reflexión humana, es lógico y necesario que el medio en que esta se origina la matice y explique. Por otro lado, es lógico y necesario esperar también que la reflexión teológica halle su pertinencia en el contexto de sus interlocutores, en una actitud de compasión, solidaridad y compromiso.
Pero, ¿por qué asumir la economía como un tema teológico? Esencial y básicamente por los aspectos humanos que involucra. Entonces cabe preguntarse:
¿Es cierto que en economía sólo se trabaja con números fríos, que no involucra pasiones e intereses?
¿Es inhumana la economía, no está influenciada por los intereses y desintereses que caracterizan el habitual comportamiento humano?
¿Por qué es recurrente escuchar que “falta voluntad política”, “que no ha habido voluntad política”, “que no hay la voluntad política”, respecto de la realización de de muchas cosas, planes y proyectos, si bien se entiende que están dadas todas las condiciones para que éstas sean una realidad tangible?
¿Por qué se crean leyes y determinados marcos jurídicos, normas y procedimientos que luego no hay forma (¿voluntad política?) de aplicarse? ¿El problema son los números?
¿Por qué el crecimiento económico no siempre se traduce en un verdadero desarrollo? ¿El problema son los números?
¿Por qué el probado crecimiento económico no se traduce en una verdadera y notable disminución de la pobreza? ¿El problema son los números?
¿Por qué no hay una adecuada distribución de la riqueza que genera la economía? ¿No lo permiten los números o la falta de voluntad política?
¿Por qué uno pocos tienen tanto, y tantos tienen tan poco? Por ejemplo, a escala mundial, para el año 1997 se afirmaba que el 15 % de la población poseía el 79 % de la riqueza mundial, y el 85 % de la población poseía el 21 % restante. De todos modos no podemos esperar que a la fecha se hayan dado cambios significativos en términos positivos.
¿Será cierto que la ética, la solidaridad y la misericordia no tienen lugar en la economía como ciencia? ¿No lo permiten los números?





Consideremos ahora una definición de “economía”
Una definición acertada de economía nos la recomienda Macario Schettino:
“Economía es la ciencia que estudia de qué manera los recursos escasos son empleados para la satisfacción de las necesidades de los hombres (seres humanos, digo yo) en sociedad; por una parte, está interesada en las operaciones esenciales de la producción, distribución y consumo de los bienes, y por la otra, en las instituciones y actividades cuyo objeto es facilitar estas operaciones” (Edmon Malinvaud, citado por Macario Schettino en Introducción a la economía para no economistas, Pearson Educación, página 3 y 4, 2002).
Ahora bien, como ciencia y actividad humana, la economía no está libre de actitudes inhumanas y malsanas, por eso Luís Ugalde plantea: “Las sociedades producen bienes y servicios y los intercambian… En ese intercambio se genera el mercado donde cada quien busca su beneficio y se van desarrollando “quasi-leyes”. Las relaciones de mercado, siempre son relaciones humanas y por tanto susceptibles de convertirse en relaciones de dominación y poder. Es decir, la economía se politiza. Por otra parte, justamente para evitar la dominación y la guerra económica, se introduce la política como pacto social, con leyes reguladoras y autoridad que mira por el bien de todas las partes” (Cristianismo y sociedad, Paulinas, página 43).
Para los fines de este artículo, de las palabras de Ugalde me interesa destacar la siguiente afirmación “Las relaciones de mercado, siempre son relaciones humanas y por tanto susceptibles de convertirse en relaciones de dominación y poder.” ¿Se entiende?
Por otro lado, es cierto que no siempre el crecimiento económico es sinónimo de desarrollo. Es posible que haya crecimiento económico, pero sin un verdadero incremento en el cumplimiento de las necesidades básicas. Además, no siempre que hay un real y efectivo “crecimiento económico”, hay al mismo tiempo una adecuada y equitativa distribución de la riqueza. La distribución de la riqueza tiene que ver con la cantidad de recursos que se trasladan hacia toda la población. Por eso “crecimiento económico” no es sinónimo de desarrollo, ni supone necesariamente una verdadera distribución de la riqueza, y mucho menos el que haya una real y drástica disminución de la pobreza.
Es más, en economía existe la figura del “crecimiento empobrecedor” que consiste en la paradoja de que en la medida en que la economía de un país crece, al mismo tiempo su situación empeora. Se afirma que esta paradoja fue observada primeramente por Edgeworth y redescubierto por Bhagwati.
Al respecto, Miltiades Chacholiades (Economía internacional, McGraw Hill) afirma: “El crecimiento empobrecedor es muy similar a la problema de la agricultura. Mayor producción agrícola a menudo es un anatema para el agricultor, debido a que los precios caen drásticamente como resultado de la baja elasticidad de la de manda por productos agrícolas. Así, la mayor producción agrícola a menudo significa menor ingreso para el granjero. Lo actores del drama agrícola son los mismos del crecimiento empobrecedor, solamente que ellos usan un diferente disfraz” (página 173).
Al apropiarse de la economía como tema teológico, la reflexión teológica tiene mucho que aportar, pues aunque asume lo sobre natural y trascendente como variable y premisa fundamental de su sistema de pensamiento; no obstante, su pertinencia y lugar está en la tierra, entre seres humanos llamados a vivir en armonía, en paz, mediante unas relaciones sanas, donde no haya dominación, alienación ni explotación de ningún tipo.
Ahora bien, como ni la Biblia, ni el mensaje cristiano, ni la reflexión teológica tienen respuestas mágicas a los grandes problemas sociales, económicos políticos, ecológicos, raciales, etc., que afectan a nuestros países, se da por sentado que la reflexión teológica es y debe ser necesariamente interdisciplinaria. Precisamente al respecto, el teólogo Felicísimo Martínez Diez, afirma: “Las ciencias humanas son importantes auxiliares para la reflexión teológica, pues proporcionan a ésta análisis de los procesos históricos en los que se encarnan la gracia y el pecado, la liberación y la esclavitud. Las ciencias humanas no son ya meros prolegómenos a la reflexión teológica, sino verdadero material para ésta. Sus análisis científicos deben acompañar constantemente el quehacer teológico.
A la teología le corresponde ahondar en los motivos de los continuos fracasos sociales de la humanidad; ¿por qué siendo teóricamente posibles las soluciones a esos problemas, las soluciones no llegan? Éste es el ámbito propio de la palabra teológica con las ciencias sociales” (Teología latinoamericana y teología europea, el debate en torno a la liberación, Ediciones Paulina, 1989, páginas 126 y 127); y la economía es una de ellas.
Bajo la premisa de la existencia de un Dios que todo lo sabe, que todo lo puede, y que es el Señor de la historia; la reflexión teológica no puede guardar silencio (¿voz profética?). Precisamente el Dios de la teología cristiana es un Dios justo, que ama la justicia, la misericordia y la paz. Entonces, si así se concibe al Dios de la teología cristiana, el carácter de ese Dios debe matizar en todo momento el discurso teológico con todas sus implicaciones humanas, sociales, políticas, económicas, etc.
En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia(Hechos 10.34b-35).
¡Que Dios nos ayude!

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