lunes, 23 de enero de 2012

Todos los seres humanos tenemos una inevitable cita con la muerte


Un caso muy personal

Héctor B. Olea C.

El que miles de generaciones de personas creyentes y devotas a Dios desaparezcan de la faz de la tierra confirma dos cosas: 1) que la muerte, al margen de cualquier teoría o teología del pecado original, es parte natural de la existencia misma del ser humano, a pesar de lo dolorosa que resulta ser. 2) que, sin duda alguna, no hay oración, milagro, o cadena de milagros que impida que el ser humano (a pesar de su fe, entrega y devoción a Dios) falte a su cita con la muerte.  

Me parecen pertinentes aquí las palabras del profeta Isaías cuando dice: “¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. 7La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento de Jehová sopló en ella” (40.6 y 7).

También las siguientes palabras del Salmo 103.15 y 16 “El hombre (el ser humano), como la hierba son sus días; Florece como la flor del campo, 16Que pasó el viento por ella, y pereció, Y su lugar no la conocerá más.”

Esta triste pero realista reflexión la externo a propósito del penoso y doloroso estado agónico de mi padre (Pascual Olea Reyes de 68 años), fruto de un cáncer que definitivamente está marcando su cita con la muerte. Me es preciso decir que ha sido mi padre una persona totalmente dedicada al servicio a Dios; en principio como simple cristiano, luego como músico (guitarrista) y cantor, así como líder eclesial en distintas etapas de su vida, tanto como maestro de escuela dominical, líder juvenil, y finalmente como pastor pentecostal por más de treinta y cinco años junto a mi madre (Josefa Cordero Guerrero, generalmente conocida “Luvita”).

También debo decir que el don musical que poseo lo heredé de mi padre, aunque penosamente no heredé de mis padres el precioso don de cantar que ambos poseen, aunque por lo menos sí entono. Esto así pues tanto mi padre como mi madre poseen unas excelentes dotes y voz para el canto. Finalmente, puedo recordar con cierto dolor y nostalgia, pero con mucha satisfacción también, las muchas veces que vi a mi padre tocar y cantar con su guitarra tanto en los cultos como cuando salíamos juntos a realizar visitas evangelísticas. ¡Qué bellos e inolvidables momentos aquellos!

De igual forma recuerdo el precioso dúo que hacían mis padres, y de la forma en que adoraban a Dios y deleitaban a muchas personas con su música y su canto. Precisamente, una canción histórica con la que mis padres a dúo deleitaron a muchas personas (incluyéndome a mí) se titula: “Mi Dios y yo”.

En verdad no puedo negar que el origen de lo que soy, así como de las cosas que hoy puedo hacer en estos caminos de fe; sin duda habrá que buscarlo en la vida devota y de fe de mi padre y de mi madre. 

¡Gracias a Dios por el padre que me diste!

¡Gracias, Dios, por mi padre y por mi madre, porque sin cuya vida devota y de fe (sin su ejemplo), es imposible explicar la mía!


¡Hasta la próxima!


1 comentario:

  1. Se agradece en el corazón, tan sentidas letras que nos motivan a valorar a los que nos preceden y lo efímero de nuestra propia existencia.

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