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¿«Creéis en Dios, creed también en mí»?


Cuando una Biblia muy recomendada no es mejor que una muy cuestionada

πιστεύετε εἰς τὸν Θεόν,καὶ εἰς ἐμὲ πιστεύετε.


Héctor B. Olea C.

Una de las razones que personalmente tengo para no recomendar el compromiso y la dependencia de una determinada versión de la Biblia en particular, es precisamente el hecho de que a pesar de la muy buena imagen pública que pueda tener una específica versión de la Biblia, y muy a pesar de lo tan recomendada que pueda ser por muchas personas estudiosas de la Biblia; lo cierto es que en muchos casos una versión de la Biblia considerada como muy buena en sentido general, no es precisamente la mejor y resulta menos acertada que otra versión de la Biblia con una imagen pública muy cuestionada y de la que se tienen ciertas sospechas, igualmente generales y muchas veces un tanto injustificadas. 



En tal sentido, lo que me he propuesto en esta ocasión es analizar un pasaje bíblico muy conocido, un pasaje del NT (Juan 14.1b), con el objetivo de poner de relieve lo que realmente dice el texto griego, y en un segundo momento comparar la traducción que de dicho pasaje reflejan tres versiones específicas y muy conocidas de la Biblia: La «Reina Valera 1960» (RV), la «Biblia de Jerusalén» de 1998 (BJ) y la «Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras» (TNM). 

Pues bien, citaré a continuación la traducción de Juan 14.1 en las tres versiones de la Biblia mencionadas.

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (RV)

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí” (BJ)

“No se les perturbe el corazón. Ejerzan fe en Dios, ejerzan fe también en mí” (TNM)




Ahora bien, la problemática que quiero analizar en relación al pasaje que nos ocupa, se concentra específicamente en la segunda parte del mismo («creéis en Dios, creed también en mí»; según la RV y BJ; pero «Ejerzan fe -creed, crean- en Dios, ejerzan fe –creed-crean- también en mí»; según la TNM).

¿Cuál es la diferencia básica y radical que existe respecto de la traducción de la segunda parte de Juan 14.1 en las tres mencionadas versiones de la Biblia?

¿A cuál de las tres favorece el texto griego?

Para contestar estas dos preguntas de una manera acertada, paso ahora a citar y a analizar el texto griego que está detrás de la traducción que nos ocupa.

Pues bien, una transliteración fonética de la segunda parte de Juan 14.1 es:
«Pistéuete eis ton theón kái eis emé pistéuete» πιστεύετε εἰς τὸν Θεόν,καὶ εἰς ἐμὲ πιστεύετε.

Ahora bien, antes de ofrecer mi propia traducción del texto griego citado, tengo que advertir de la ambigüedad que involucra la forma verbal «pistéuete» πιστεύετε, que por cierto aparece dos veces en el texto.

Por un lado, «pistéuete» corresponde a la segunda persona del plural, tiempo presente, voz activa, modo indicativo, del verbo «pistéuo» πιστεύω (creer, tener fe), traducción: creéis vosotros, ustedes creen, ustedes tienen fe.

Por otro lado, «pistéuete» es una forma verbal en modo imperativo, tiempo presente, voz activa, de la segunda persona del plural, del mismo verbo «pistéuo»; traducción: creed vosotros, crean ustedes, tengan fe ustedes.

Ahora, a la luz de esta ambigüedad, teóricamente las traducciones posibles son:

«Ustedes creen en Dios, ustedes también creen en mí» (empleo del modo indicativo en ambas cláusulas)

«Crean ustedes en Dios, crean ustedes también en mí» (empleo del modo imperativo en ambas cláusulas)

«Ustedes creen en Dios, crean también en mí» (empleo del modo indicativo en la primera cláusula, pero el modo imperativo en la segunda)

Ahora bien, a pesar de la ambigüedad de la forma verbal «pistéuete», la sintaxis que muestra el texto griego de Juan 14.1, invita a considerar en un mismo nivel sintáctico, a entender en un mismo sentido la forma verbal «pistéuete», tanto en relación a Dios («Pistéuete eis ton theón»), como en relación a Jesús («eis emé pistéuete»).

Un detalle más que no se puede obviar es que las dos cláusulas que conforman la segunda parte de Juan 14.1 («Pistéuete eis ton theón» - «eis emé pistéuete»), están unidas y enlazadas por la conjunción «kái».

Al respecto tenemos que precisar que si bien la conjunción «kái» es a veces una conjunción adversativa (pero, más, sin embargo, no obstante); no es menos cierto que en el contexto de las clausulas en cuestión, es imposible pretender interpretar a «kái» como una conjunción adversativa.  .  

En consecuencia, la  única opción posible es interpretar aquí la conjunción «kái» como una conjunción de adición (y, también) que es precisamente su uso más generalizado.

En suma, a la luz de los factores considerados, una traducción acertada de la segunda parte de Juan 14.1 debe emplear el modo imperativo en las dos clausulas: «Crean ustedes en Dios, crean también en mí»; «Tengan fe en Dios, tengan fe también en mí».   

Ahora bien, pienso que la forma en que el mismo evangelio de Juan relaciona y hace depender la actitud que se tenga frente al Padre («patér», «theós», «Dios») con la actitud que se tenga frente al Hijo, también favorece aquí el empleo del modo imperativo en las dos cláusulas de Juan 14.1b, como lo refleja la traducción que personalmente he hecho y defiendo del pasaje en cuestión. En tal sentido, pasajes a considerar son:
   
Juan 5.24 “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”

Juan 12.44-45 “Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; 45y el que me ve, ve al que me envió”

Juan 14.9 “Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?”

Juan 12.48-50 “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. 49Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. 50Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.”

Evaluación y conclusión:

A la luz de nuestro análisis, a la luz de la traducción que personalmente he hecho (empleando el modo imperativo («crean, crean»; «tengan fe, tengan fe») en las dos cláusulas de Juan 14-1b); es preciso concluir que la «Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras» (que empleó el modo imperativo en las dos cláusulas: «Ejerzan fe en Dios, ejerzan fe también en mí»), refleja una traducción más acertada que la que se lee en la «Reina Valera 1960» y la «Biblia de Jerusalén 1998» (que tradujeron empleando el modo indicativo en la primera cláusula, pero el modo imperativo en la segunda («Creéis en Dios: creed también en mí»).

En consecuencia, Juan 14.1b es uno de esos tantos casos en que una versión de la Biblia con una imagen pública un tanto cuestionada y bajo sospecha, es mejor que algunas versiones de la Biblia con una mejor imagen pública, y muy recomendadas en la mayoría de los círculos de estudios bíblicos y teológicos, o al menos en muchos de ellos.

En todo caso, pienso que debemos estar en guardia, desde la perspectiva de un estudio bíblico serio, a la luz de una investigación seria, crítica, no caprichosa y no conformista de la Biblia; para poner en tela de juicio la especie de “censura previa” que se ha pretendido aplicar a ciertas versiones de la Biblia, por un lado; y por otro lado, frente a la especie de “aceptación a priori y acrítica”,  que se ha pretendido aplicar y reclamar para otras simples e igualmente versiones de la Biblia. En realidad debe haber una sospecha legítima sobre toda, absolutamente toda versión de la Biblia; aunque sin perder de vista que, y al mismo tiempo, toda versión de la Biblia es inocente hasta que se pruebe lo contrario, y por cierto, caso por caso, sin generalidades de ningún tipo.  



 ¡Hasta la próxima!



¿Por qué, Juan? Las perspectiva de Juan versus la de los sinópticos

¿Por qué, Juan?
Las perspectiva de Juan versus la de los Sinópticos
Cuatro casos concretos

Héctor B. Olea C.

Como en cualquier otro campo, ámbito o área, también en los estudios bíblicos, teológicos y de la vida eclesial, hay cosas que resultan inexplicables o difíciles de entender y conciliar.  
 En este artículo quiero abordar precisamente una de esas cosas o situaciones difíciles de explicar en el ambiente bíblico-teológico-eclesial. Me refiero a la preeminencia que tiene el evangelio de Juan respecto de los sinópticos en cuanto a algunos aspectos de la terminología, jerga o lenguaje cristiano. Esto a pesar de que no fue Juan el primer evangelio en ser escrito, sino el último, siempre que nos quedemos dentro de los límites del canon. 

«Hotheós» y «tonthéos», ejemplo de un análisis falaz de Juan 1.1

«Hotheós» y «tonthéos», ejemplo de un análisis falaz de Juan 1.1


Héctor B. Olea C.

En su debate con los cristianos en torno a la deidad de Jesucristo (como parte de la general noción trinitaria cristiana del ser de Dios); un tipo de argumentación clásica por parte de comentaristas islámicos, es afirmar que en Juan 1.1 hay dos palabras griegas distintas para hacer referencia a la deidad.

Dicho sea de paso, menciono aquí que para el año 1993 tuve que reaccionar por escrito a un artículo que una dama intelectual islámica publicó en un periódico de circulación nacional, y por cierto uno de lo de mayor circulación; donde hizo uso del tipo de argumentación que en esta nota pongo bajo cuestionamiento.  

Pues bien, siguiendo la argumentación islámica, la primera palabra que se encuentra en Juan 1.1, es «hotheós» (Dios) y la segunda es «tontheós» (un dios, cualquier dios). En consecuencia, como en la expresión “y la palabra estaba con Dios”, la palabra griega traducida supuestamente es «tontheós», no es posible, según ellos, defender y sostener sobre este hecho la deidad de Jesucristo, el lógos encarnado.
Ahora bien, para entender lo falaz de este tipo de argumentación, voy a explicar lo que en realidad vemos en Juan 1.1.

En primer lugar, no es cierto que haya en Juan 1.1 dos palabras distintas para referirse a la deidad.

En segundo lugar, lo que sencillamente vemos en Juan 1.1 es que una misma palabra «theós», por razones sintácticas se usa en dos casos distintos. En caso nominativo, cuya morfología es «theós»; y en caso acusativo, cuya morfología es «theón».

En tercer lugar, no es cierto que en la lengua griega el significado o carga semántica de la palabra cambie, se modifique o se altere simplemente porque según la función sintáctica de la palabra, se produzca un cambio en el caso (según la función sintáctica, así un determinado caso). Por ejemplo, en caso nominativo vemos el uso de la palabra Jesús, (griego «Iesús»), en nominativo en Mateo 17.9a (Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó…); y en acusativo, en Mateo 27.26a; “Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús”… (griego «Iesún»).

Ahora bien, como vemos, es claro que nadie se atreve a decir aquí que ha habido un cambio semántico de la palabra Jesús, sólo por el hecho de haberse producido un cambio de caso, atendiendo al cambio de función de la palabra en la oración; en la primera, como sujeto (el nominativo), y en la segunda, como complemento u objeto directo (el acusativo).   

En cuarto lugar, no es acertado unir el articulo a la palabra como la hacen los comentaristas islámicos, pues en realidad «ho» en «hotheós» es el artículo definido; lo mismo que «ton» en la expresión «tontheós». Por lo tanto, lo correcto es escribir «ho théos» y «ton theón».  

En quinto lugar, otro detalle que ignoran los comentaristas islámicos es el que tiene que ver con el nariz que adquiere la palabra «theós» acompañada o no con el artículo. “El uso de “theós con el articulo y sin articulo es altamente instructivo. Un estudio de los usos del término tal como se dan en la Concordancia de Moulton y Geden, lo convence a uno de que sin el artículo “theós” significa esencia divina, mientras que con el artículo se tiene en vista principalmente personalidad divina… El uso de “theós” en Juan 1.1  es un buen ejemplo: “pros ton (artículo) theón” (estaba con Dios) señala al compañerismo de Cristo con la persona del Padre; “theos (sin artículo) en jo lógos” (era Dios) recalca la participación de Cristo en la esencia de la naturaleza divina (H. E. Dana y Julius R. Mantey en su obra «Gramática Griega del Nuevo Testamento», segunda edición, publicada por la Casa Bautista de Publicaciones, pagina 135)

En sexto lugar, y ahora, como una crítica a la postura tradicional que sustenta el carácter trinitario del ser de Dios. Si bien se concluye que en Juan 1.1 la participación del lógos de la esencia divina no está en discusión; no es menos cierto que el autor del cuarto evangelio pone un parámetro ineludible respecto al tiempo de su compañía y coexistencia con la deidad, a saber, «en el principio».

Es preciso observar que el autor del cuarto evangelio no dice que el lógos fuese eterno, sino y más bien, que para el principio, para antes de la creación ya existía. Además, es claro que incluso las primeras confesiones cristianas tuvieron que hablar y expresarse en una manera en que de una forma u otra se reconocía la no eternidad y la idea de un principio para la existencia del lógos.

En verdad pienso que hay aquí un serio y difícil escollo para la concepción trinitaria: su cuestionable eternidad. Lo cierto es que la idea de una eternidad excluyendo cualquier noción de un principio, es un atributo que en el NT mismo sólo se le atribuye al Padre. En consecuencia, es claro que para el NT tanto el Hijo como el Espíritu Santo tuvieron un principio (considérese  Juan 1.1; Hebreos 1.5; Juan 15.26). Incluso el Credo de Nicea se vio obligado a expresarse en unos términos que reconoce la derivación del Hijo y del Espíritu Santo como procediendo del Padre; en otras palabras, como teniendo estos últimos un punto de origen, en una forma u otra, cito: “Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho”…

Y el credo niceno constantinopolitano: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos…” … “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo”

En conclusión, es claro que nuestro análisis pone de manifiesto, por un lado, una explicación falaz de Juan 1.1 por parte de los comentaristas islámicos, y por parte de los comentaristas cristianos, por el otro, así de sencillo.

Concluyo con las pertinentes y muy realistas palabras de Raymond E. Brown comentando el prólogo del cuarto evangelio, en su obra «El evangelio según Juan», publicada por Ediciones Cristiandad, cito: “Admitimos, a pesar de todo, que entre el «la Palabra era Dios», del prologo de Juan, y la posterior confesión de la iglesia reconociendo a Jesucristo como «Dios verdadero de Dios verdadero» (Nicea) media una fuerte evolución en términos de pensamiento filosófico y una problemática distinta”


¡Hasta la próxima!


¿Por qué, Juan?

¿Por qué, Juan?
Héctor B. Olea C.
Como en cualquier otro campo, ámbito o área, también en los estudios bíblico, teológicos y de la vida eclesial, hay cosas que resultan como inexplicables o difícil de entender y explicar.
En este artículo quiero abordar precisamente una de esas cosas o situaciones difíciles de explicar en el ambiente bíblico-teológico-eclesial. Me refiero a la preeminencia que tiene el evangelio de Juan con respecto a los sinópticos en cuanto a algunos aspectos de la terminología, jerga o lenguaje cristiano. Esto a pesar de que no fue Juan el primer evangelio en ser escrito, sino el último, siempre que nos quedemos dentro de los límites del canon.
Es obvio que en este breve artículo no puedo ser exhaustivo, pero sí voy a considerar cuatro casos a manera de ejemplos muy representativos.
Primer caso: No ha importado lo que siempre hayan dicho Marcos, Mateo y Lucas, respecto al cuál fue el primer milagro de Jesús; siempre se piensa, según Juan, que el primer milagro de Jesús, sólo según Juan, fue el convertir agua en vino en la boda de Caná de Galilea. Observemos:
Marcos y Lucas coinciden en afirmar que el primer milagro de Jesús consistió en liberar a un hombre de un espíritu inmundo (Marcos 1.21-28; Lucas 4.31-37)
Según Mateo, el primer milagro fue el sanar a un leproso (Mateo 8.1-4).
Pero según Juan, el primer milagro fue convertir agua en vino, en una boda de Caná de Galilea (Juan 2.1-12)
Antes de cerrar este caso, quiero citar dos obras que le conceden la prioridad al evangelio de Juan en lo relativo al establecer el primer milagro de Jesús, a pesar de que en realidad cada evangelio tuvo un origen independiente y nos nuestra un milagro propio al inicio del ministerio de Jesús según su propio relato y particular teología. Esto así al margen de lo que diga Juan.
La primera obra es “4, 000 preguntas y respuestas sobre la Biblia”. El autor de este libro es A. Dana Adams, y fue publicada por Editorial Mundo Hispano. Yo poseo la tercera edición, correspondiente al año 2004. Pues bien, en la página 119 de esta obra leemos la pregunta numerada con el numeral 11: ¿Cuál fue el primer milagro efectuado por Jesús? Respuesta: La transformación del agua en vino en la fiesta de bodas en Caná de Galilea (Juan 2.1-11).
La segunda obra es “Dinámicas y ocurrencias bíblicas”. El autor de este libro es Joel Santana G. Esta obra se imprimió en la República Dominicana, por lo menos su primera edición, correspondiente al año 2006. Pues bien, en la página 89 de este libro, encontramos la pregunta: ¿Dónde Jesús obró su primer milagro? Respuesta: En Caná (Juan 2.1-11).
Ahora bien, por lo general es común que escuchar que en el evangelio de Juan, Jesús realiza siete (7) señales o milagros, a saber:
Primera señal: convertir el agua en vino (Juan 2.1-11)
Segunda señal: sanar al hijo de un oficial del rey (Juan 4.43-54)
Tercera señal: sanar al paralítico de Betesda (Juan 5.1-18)
Cuarta señal: la multiplicación de los panes (Juan 6.1-15)
Quinta señal: caminar sobre las aguas (Juan 6.19-20)
Sexta señal: sanar a un ciego de nacimiento (Juan 9.1-12)
Séptima señal: la resurrección de Lázaro (Juan 11.38-44; 12.17-18)
No obstante, a la luz del mismo evangelio, parece arriesgado el hablar de sólo siete señales. Consideremos lo que nos dice el evangelista mismo:
Juan 6.2 “Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos.
Juan 11.47 “Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales.”
Juan 12.37 “Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él.”
Juan 20:30 “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro.”
Finalmente, pienso que una evidencia que nos debe alertar respecto de la teología del cuarto evangelio, el arreglo y la relación entre las dos primeras señales (a las que Juan Mateos y Juan Barreto llaman “señales programáticas”; Vocabulario teológico del evangelio de Juan); es que antes de la segunda señal, en dos ocasiones Juan sugiere que Jesús realizó varias señales (no se nos dice cuántas, pero no parece que no fueron pocas). Observemos lo que nos dice Juan antes de hablar de “esta segunda señal”:
Juan 2.23 “Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía.”
Juan 3.2 “Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.”
Una observación final: Muy probablemente las dos obras citadas y por igual muchas personas, han mal interpretado la expresión que usa Juan “este principio de señales” (Juan 2.11). En honor a la verdad, esta frase no tiene relevancia alguna al intentar averiguar cuál fue el primer milagro de Jesús con relación al resto de los evangelios, sino a lo interno del propio evangelio de Juan. ¿Por qué digo esto? Porque dicha expresión ha de entenderse dentro del conjunto de señales o milagros que menciona el propio evangelio de Juan. Por eso, para Juan, en el contexto propio de su obra, el segundo milagro o señal de Jesús, consistió en sanar al hijo de un oficial del rey (Juan 4.43-54), a pesar de lo afirmado e Juan 2.23 y 3.2. En este sentido, creo que debemos considerar seriamente la referencia al milagro de la boda de Caná que hace el autor del cuarto evangelio, al narrar las circunstancias del segundo milagro (Juan 4.46 y 54). Esta referencia es iluminadora para el papel que juegan Capernaum y las llamadas dos primeras señales en la teología del cuarto evangelio.
Segundo caso: Mientras que en los sinópticos se habla de la necesidad del arrepentimiento, para Juan hay que “nacer de nuevo”.
El Jesús de Marcos, Mateo y Lucas exige el “arrepentimiento” (Marcos 6.7-13; Mateo 9.11-13; Lucas 5.30-32). En cambio, el Jesús de Juan demanda un “nuevo nacimiento” (Juan 3.1-7).
Por otro lado, Pablo también coincide con los sinópticos en usar la terminología del “arrepentimiento” (véase Romanos 2.4-5; 2 Corintios 7.9-10).
Luego, dentro de la llamados “escritos deuteropaulinos” encontramos los conceptos de el “viejo hombre” (la antigua manera de vivir, sin Cristo) y el “nuevo hombre” (la nueva criatura en Cristo, la nueva forma de vida), considérese Efesios 4.22-24; Colosenses 3-5.11).
Para ser consistente debo reconocer que ya en Romanos encontramos por lo menos una parte de esta terminología, aunque sólo está presente el concepto de “el viejo hombre” en Romanos 6.6. Obviamente, no es imposible que la presencia de la figura de “el viejo hombre” en Romanos, suponga el conocimiento de su antítesis, “el viejo hombre”, si bien éste último no tiene presencia en dicha carta.

  • Ver: ¿Por qué, Juan? Las perspectiva de Juan versus la de los sinópticos


Por otro lado, a pesar de la opinión de algunas personas, en mi opinión no creo acertado el pensar que “arrepentimiento” y “nuevo nacimiento” fueran dos conceptos totalmente equivalentes, que fueran originalmente entendidos como la misma cosa. Al opinar de esta manera, creo estar en el camino correcto cuando notamos que el Jesús de Juan no maneja ambos conceptos, y el Jesús de los sinópticos, tampoco. Por ejemplo, un dato interesante es que el verbo “arrepentirse” (metanoéo) no forma parte del vocabulario del cuarto evangelio, así como tampoco el sustantivo “arrepentimiento” (metánoia). En cambio, el verbo “nacer de nuevo” y el sustantivo “nuevo nacimiento” no forman parte del vocabulario de los sinópticos.
Ahora bien, siendo más estricto, tengo que decir que en verdad, tampoco en Juan encontramos un sustantivo que como tal apunte al llamado “nuevo nacimiento”. Tampoco hay un verbo propiamente para “nacer de nuevo”. Lo que se ha traducido como “nacer de nuevo” en Juan 3.3 y 7, es más bien una especie de circunlocución formada por el verbo “gennáo” (engendrar, producir), y el adverbio “ánothen” (de arriba, desde el principio, desde hace mucho, de nuevo). Precisamente este factor ha originado una larga discusión entre los comentaristas respecto de si lo correcto es traducir como “nacer de nuevo” o “nacer de arriba, “nacer de lo alto”. Quizás este asunto habrá que dejarlo como algo sin resolver; sin embargo, a la luz del versículo 31 del mismo capítulo 3 de Juan (y Juan 19.11 y 23), probablemente la mejor opción sea hablar de “nacer de lo alto”, “nacer de arriba”.
Una manera de arrojar un poco más de luz respecto al probable mejor sentido del adverbio “ánothen” es considerando la manera en que la Reina Valera ha traducido dicho adverbio en las pocas veces que se lo encuentra en el NT, observemos:
Mateo 27.51 “de arriba”
Marcos 15.38 “de arriba”
Lucas 1.3 “desde el principio”
Juan 3.3, 7, 31 (en los dos primeros pasajes “de nuevo”, pero en el 31, “de arriba”)
Juan 19.11, 23 “de arriba”
Hechos 26.5 “desde el principio”
Gálatas 4.9 “de nuevo”
Santiago 1.17; 3.15, 17 “de lo alto”
No obstante, sin necesariamente ser reduccionista, creo que hay un elemento vital en común entre la metáfora del “nuevo nacimiento” de Juan (Juan 3.3-7) y la metáfora del “nuevo hombre” de Efesios y Colosenses (Efesios 4.22-24 y Colosenses 3.5-11).
Ese elemento común y esencial (a pesar de la posibilidad de que ambos autores no estuvieran pensando del todo en lo mismo), es que, según Juan, el “nuevo nacimiento” no es fruto del esfuerzo humano; porque a diferencia de la reproducción física, este “nuevo nacimiento” no se produce por voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1.12-13).
De igual manera, “el nuevo hombre” de Efesios y Colosenses, tampoco es el resultado de un esfuerzo humano, pues es creación de Dios (y “según Dios”, “conforme a Dios”) Efesios 4.24; Colosenses 3.10.
Tercer caso: Mientras que en los sinópticos uno no sabe quién fue el que cortó la oreja a siervo del sumo sacerdote, según Juan podemos saber tanto el nombre de quién cortó la oreja, como el nombre del siervo en cuestión. Consideremos la evidencia textual:
Según Marcos, no se sabe realmente quién fue el que le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote. Siguiendo a Marcos, tampoco sabemos cuál era el nombre del siervo al que le cortaron la oreja: “Pero uno de los que estaban allí, sacando la espada, hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja.” (Marcos 14.47)
Según Mateo, la situación es la misma que la narrada por Marcos: “Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja” (Mateo 26.51)
Por su parte, Lucas también coincide en narrar los hechos conforme a Marcos y Mateo: “Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha” (Lucas 22.50)
De todos modos, al margen de las coincidencias entre los sinópticos, hay que hacer notar que Lucas agrega la indicación de que la oreja cortada fue la “oreja derecha”.
Pero ahora viene la opinión de Juan: Según éste, en primer lugar, fue Pedro el que cortó la oreja. En segundo lugar, coincide con Lucas en que la oreja cortada fue la derecha. En tercer lugar y, a diferencia de lo sinópticos en conjunto, especifica que el siervo del sumo sacerdote se llamaba “Malco”: “Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco” (Juan 18.10)
Cuarto y último caso: Los cuatro evangelios coinciden en que Jesús fue un ungido por una mujer, por lo menos una vez durante su ministerio. Lo interesante es, sin embargo, las diferencias que envuelven los relatos en conjunto.
En primer lugar, Marcos y Mateo coinciden en afirmar que Jesús estaba en la aldea de Betania (Marcos 14.3; Mateo 26.6).
Por su parte, Lucas no da ninguna información precisa sobre el lugar (Lucas 7.36-37). Y a diferencia de los demás evangelios, hay que decir que Lucas no ubica este relato en el contexto de la última semana del llamado “ministerio de Jesús. Este hecho ha favorecido la sospecha de que probablemente estemos ante dos historias distintas. De todos modos quizás este sea otro asunto que haya que dejar sin resolver del todo.
Juan, por su lado, coincide con Marcos y Mateo en que Jesús estaba en Betania (Juan 12.1), y que la historia narrada se dio en el contexto de su última semana de ministerio publico antes de ir a la cruz.
Con relación a la casa donde se celebraba el banquete, hay diferencias notables entre los evangelios:
Según Marcos y Mateo, Jesús estaba en la casa de “Simón el leproso”, el que había sido leproso (Marcos 14.3; Mateo 26.6). Para Lucas era “Simón el fariseo” (Lucas 7.36, 39, 40, 44).
Para Juan, en cambio, se trataba de casa de Lázaro, María y Marta: “Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. 2Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. 3Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume” (Juan 12.1-3).
Ahora vamos a la pregunta del millón: ¿Quién fue la persona que sugirió que el perfume con que fue ungido Jesús, pudo haberse vendido y usar esos recursos para darlo a los pobres?
Consideremos por separado la respuesta de cada evangelista:
Según Marcos: “Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? 5Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella” (Marcos 14.4-5)
Según Mateo: “Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? 9Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres” (Mateo 26.8-9).
Con relación al evangelio de Lucas, lo cierto es que para éste, quien protesta es Simón, el fariseo que invitó a Jesús, y, sin embargo, no parece importarle el precio del perfume, sino la forma de vida de la mujer, pues era una prostituta (Lucas 7.39). En consecuencia, no hallamos en Lucas la sugerencia de que se pudo haber vendido el perfume y dar a los pobres el producto de la venta.
Según Juan: “Entonces Judas Iscariote, que era aquel de los discípulos que iba a traicionar a Jesús, dijo: 5—¿Por qué no se ha vendido este perfume por el equivalente al salario de trescientos días, para ayudar a los pobres? 6Pero Judas no dijo esto porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba de lo que echaban en ella” (Juan 12.4-6; compárese Juan 13.29).
Obviamente, una vez se lee la versión de Juan tienen que surgir por lo menos dos preguntas: 1) ¿Por qué acusa Juan a Judas de ser la persona que sugirió la venta del perfume? 2) ¿Por qué lo acusa de ser ladrón?
Respecto a la primera pregunta: En primer lugar, pregunto: ¿por qué atenernos sólo a lo dicho por Juan, si tenemos el punto de vista y testimonio coincidente de Marcos y Mateo de que la sugerencia no vino de una sola persona? En segundo lugar: ¿por qué seguir sólo a Juan si de acuerdo a los sinópticos en verdad fueron los discípulos mismos (por lo menos algunos de ellos) los que realmente hicieron la propuesta?
Pasando a la segunda pregunta, pienso que una forma de responderla de manera adecuada es comparando la información de Juan con el testimonio de los sinópticos.
A pesar de la afirmación de Juan, de que Judas era “ladrón”, no hay nada en todo el resto del Nuevo Testamento que confirme esa sospecha. Lo cierto es que hasta no darse la llamada “traición” de Judas, no hay nada en los evangelios que indique que éste tuviera una vida de sospecha u oscura en medio de los doce. Es más, si hay una idea que persiste en los evangelios es que Judas siempre fue “uno de los doce”. Consideremos la evidencia textual:
Marcos: “3Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. 14Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, 15y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios: 16a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro; 17a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno; 18a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananista, 19y Judas Iscariote, el que le entregó. Y vinieron a casa.” (Marcos 3.13-19; compárese Marcos 14.10-11, 43)
Mateo: “Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. 2Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; 3Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, 4Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó” (Mateo 10.1-4; compárse Mateo 26.14-16)
Lucas: “12En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. 13Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles: 14a Simón, a quien también llamó Pedro, a Andrés su hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé, 15Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado Zelote, 16Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor” (Lucas 6.12-16; compárese Lucas 22.47-48).
Incluso Juan, reconoce que Judas fue un miembro ordinario de “los doce” (véase Juan 6.70, 71; 12.4).
En resumen, este análisis comparativo pone en evidencia que la tradición sinóptica no concuerda con la tradición joánica respecto a que Judas era “ladrón”, como tampoco en lo relativo a que él fuera la persona que sugirió que pudo haberse vendido el perfume con el cual la mujer había ungido a Jesús.
Al final, el quedarnos con el punto de vista de Juan o si con el de la tradición sinóptica, dependerá mucho de si aceptamos que en este punto el evangelio de Juan transmite o no una tradición tan antigua o más antigua que la sinóptica.
Un punto de vista muy ingenioso al respecto, y que pienso no debemos ignorar es el de Raymond E. Brown, cito: “Es posible que Juan nos transmita una noticia histórica que no se ha conservado en los restantes evangelios, al informarnos de que Judas guardaba los fondos comunes. Esta noticia hace más verosímil el diálogo de 13.27-29 y explica el puesto de honor que Judas ocupaba junto a Jesús durante la Última Cena. Los sinópticos parecen dar a entender que Judas podía tener en su poder treinta piezas de plata sin levantar sospechas; ello resultaría explicable si realmente guardaba la bolsa común. No es imposible que la identificación joánica del discípulo irritado en Betania se deba a la tendencia de presentar a Judas como un personaje siniestro. Sin embargo, tampoco es imposible que, precisamente porque administraba el dinero del grupo, Judas fuese el discípulo que protestó en Betania y que este recuerdo se perdiera en la tradición sinóptica” (El evangelio según Juan, tomo I, página 782).
Conclusiones:
1) La Biblia más que un libro, es propiamente una biblioteca, un conjunto de libros que originalmente tuvieron un origen y vida, al principio, muy independiente.
2) Fue muy posteriormente, con el surgimiento del “códice” el formato más antiguo parecido al libro moderno (empleado ya en el mismo primer siglo de nuestra era) que se fue estableciendo la idea de un conjunto unificado de libros. A diferencia del “rollo”, el “códice” admitía la posibilidad de escribir por ambos lados del papiro, pergamino o papel. Luego, la posibilidad que abrió el códice de poder escribir varios libros en un mismo “códice”, vino a contribuir a la idea del canon.
3) Cada libro de la Biblia tiene un contexto histórico y comunitario propio y específico.
4) Cada evangelio de la Biblia surgió en un contexto histórico y comunitario propio y específico. También posee un teología propia, así como un arreglo consistente con esa teología subyacente.
5) El Nuevo Testamento, igual que el AT, es un conjunto de teologías, no una teología monolítica.
6) No es correcto exagerar la llamada “unidad de la Biblia”, tampoco habrá que llevar más lejos de lo necesario sus diferencias y tensiones internas.
7) Es necesario que valoremos en su justa proporción la teología peculiar y características propias de cada libro de la Biblia. Esto incluye su propio estilo y particular vocabulario, así como sus particulares metáfora y figuras de pensamiento.
8) El que un libro del NT sea más antiguo que otro, no significa que posea siempre la información más completa y e histórica respecto de muchos asuntos.
9) El que un libro del NT sea más reciente tampoco significa que, por un lado, no posea en algunos casos, una tradición tan antigua o más antigua que un libro que se haya escrito primero. Por otro lado, tampoco significa que necesariamente tendrá una información más completa.
10) Una verdadera teología bíblica del NT, en este caso, ha de prestar mucho respeto por el carácter de originalmente independiente de cada libro del NT. Se hace necesario admitir con propiedad el hecho de que la idea del canon es posterior al momento y circunstancias que hicieron necesarios la redacción de los libros del NT, comenzando por las cartas.
11) Es un error metodológico muy común pretender interpretar un texto por otro u otros, sin hacer el debido análisis del primero. Lo correcto es procurar establecer el real y sentido del primer pasaje, y en un segundo momento, establecer las relaciones con otros textos, verificando su continuidad o discontinuidad, su concordancia o contrastes. La verdad es que cada texto tiene su propia teología, su propio contexto y su propia problemática, y esto es algo que nunca se debe olvidar en la labor de interpretación bíblica.
12) El intérprete de la Biblia no debe crear tensiones cuando los textos no las tienen, pero tampoco debe suprimirlas cuando están en el mismo corazón de los textos bíblicos, fabricando armonizaciones artificiales que violan los principios más elementales de la exégesis.
13) No podemos dejar de reconocer que la jerga, liturgia, teología y praxis cristiana de un grupo o comunidad lectora a lo interno del cristianismo, puede estar más influenciada o determinada por un libro especifico de la Biblia (aunque del NT principalmente) que de otros. Por ejemplo, hay iglesias que muestran una eclesiología más influenciada, por ejemplo, 1 Corintios; mientras que otras iglesias tienen un eclesiología más próxima a lo que vemos en las llamadas cartas pastorales. Hay comunidades o iglesias que tienen una doxología muy influenciada por los Salmos, mientras que otras exhiben una influencia muy mínima o sencillamente ninguna.
14) Finalmente, tampoco se ha de perder de vista el hecho de que la posterior conformación del canon tiene serias implicaciones para una lectura de la Biblia de conjunto; aunque eso sí, evitando a todo costo, el caer en la llamada “deshistorización” de los libros que componen la Biblia.
¡Bendiciones!