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Resurrección de Jesús y Cristianismo

Un análisis histórico, exegético y teológico

Héctor B. Olea C.



Al margen de la forma en que se entienda la resurrección de Jesús, el valor que le demos al sepulcro vacío y qué concepto tengamos de las apariciones y el encuentro con el resucitado; lo cierto es que no parece legítimo el que pueda hablarse con propiedad de «Cristianismo», sino hasta después de la muerte y resurrección de Jesús.

Es más, llama la atención el nombre de la religión que se funda en la persona de Jesús de Nazaret. Digo esto pues si bien el nombre de ese particular hijo de José y María, fue Jesús; es curioso que el nombre de la religión que se sustenta en él no sea, por ejemplo, «Jesuísmo», como quizás habría de esperarse, sino «Cristianismo». Pero, ¿qué entraña el nombre «Cristianismo»? ¿No supone ya una valoración de Jesús que en cierto modo va mucho más allá de la valoración que él mismo tuvo de sí antes del histórico y trascendental hecho pascual?

Formas distintas en que se ha interpretado la resurrección de Jesús

En la obra «El Jesús histórico» Gerd Theissen y Annette Merz mencionan y explican las principales interpretaciones que se han hecho de la resurrección de Jesús. Cito:

1) “La hipótesis del engaño, propuesta por H. S. Reimarus (1694-1768). Reimarus se hace eco de Mateo 28.11-15 y concluye que los discípulos sustrajeron el cadáver de Jesús y crearon las bases para anunciar su resurrección.
2) La hipótesis de la muerte aparente, sugerida por H. E. G. Paulus (1761-1851). La interpretación de Paulus es que Jesús murió sólo aparentemente y recuperó la vida por algún tiempo. También plantean Theissen y Merz que esta interpretación estuvo fue muy difundida entre los teólogos, y que entre éstos fue tomada en serio por los teólogos K. A. Hase y F. D. E. Schleiermacher. También sugieren Theissen y Merz que el texto de Marcos 15.43-45 muy posiblemente sirvió para rechazar la presunción de que Jesús no hubiera fallecido.
3) La hipótesis del traslado. Esta interpretación sugiere que José de Arimatea había enterrado provisionalmente a Jesús en el sepulcro cercano, pero que una vez hubo transcurrido el descanso sabático lo trasladó a otro sitio sin el conocimiento de los discípulos. Se plantea que esta hipótesis fue defendida por primera vez en 1799 en un artículo anónimo. Esta postura encontró algunos defensores autorizados como J. Holtzman (1832-1910) y J. Klausner. Pero al mismo tiempo Theissenn y Merz sostienen que Juan 20.2, 14 y siguientes, rechaza implícitamente esta hipótesis.
4) La teoría de la visión subjetiva en D. F. Strauss y en la teología liberal. D. F. Strauss (1808-1874) hace tres aportaciones importantes que se repiten desde entonces en distintas formas:
a) Las tradiciones sobre las apariciones contrastan con la tradición legendaria sobre el sepulcro vacío. El origen histórico de la fe pascual reside en las visiones de los discípulos en Galilea, algo que va mucho más allá del sepulcro de Jesús, que sólo una leyenda secundaria convierte en sepulcro vacío.
b) Los relatos de las apariciones sugieren que los discípulos tuvieron efectivamente visiones, pero unas visiones caracterizadas por las formas míticas de representación; por ejemplo, cuando en ellas un ser divino traspasa las puertas cerradas y desaparece repentinamente.
c) Las visiones que sirven de fundamento a la fe pascual pueden explicarse psicológicamente por el conflicto entre la fe mesiánica y la crucifixión: el trauma de la cruz es superado, por una parte, con la interpretación de la muerte de Jesús como un acontecimiento (soteriológico) necesario, acorde con la Escritura (Isaías 53; Salmo 22) y por otra, con unas visiones que el entusiasmo religioso puede provocar en situaciones extremas” (páginas 526-528)

Siguiendo en la línea de la interpretación sicológica y subjetiva, Thorwald Lorenzen plantea: “Se afirma que el recuerdo de Jesús se apoderó de nuevo de sus corazones y mentes cuando la desilusión asociada con su prendimiento y su muerte se fue desvaneciendo: su impresionante personalidad, su enseñanza y predicación con autoridad, sus anuncios de su propio prendimiento, muerte y resurrección (Marcos 8.31; 9.31; 10.33-34), y la intensa comunión con él que vivieron en la cena pascual… Según esta opinión, pues, la continuidad entre Jesús de Nazaret y la fe en él después de su crucifixión no se debe buscar en un acto nuevo de Dios, sino que se puede explicar desde la propensión y experiencias psicológicas de los discípulos” («Resurrección y discipulado, modelos interpretativos, reflexiones bíblicas y consecuencias teológicas», páginas 167 y 168).

Naturaleza de la resurrección de Jesús

Ahora voy a compartir dos interpretaciones de la resurrección de Jesús, obviamente asumida como un hecho cierto, desde una perspectiva exegética e histórica, tomando en serio los datos del NT.

En primer lugar, comparto la opinión de Raymond E. Brown de que la resurrección de Jesús fue «corporal», pero no «física». Consideremos la explicación de Brown: “Pablo (1 Corintios 15.42-50) piensa en la resurrección corporal, pero la transformación indicada por sus palabras parece sacar el cuerpo resucitado del dominio de lo físico para introducirlo en el dominio de lo espiritual. Del mismo modo, mientras que los pasajes del evangelio describen claramente la aparición de Jesús resucitado como una aparición corporal, se le atribuyen propiedades que no son propiedades de un cuerpo físico tal como lo conocemos, por ejemplo, la capacidad de atravesar una puerta cerrada, de desplazarse de un lugar a otro con increíble rapidez y de aparecer repentinamente… Todo esto se puede expresar en dos factores de la resurrección: continuidad y transformación. La continuidad es tal que el cuerpo de Jesús que fue enterrado en el sepulcro ha resucitado verdaderamente. La transformación es tal que el cuerpo resucitado es casi indescriptiblemente distinto del cuerpo físico que anduvo por esta tierra” (101 preguntas y respuestas sobre la Biblia», páginas 82 y 83).

Ahora traigo a colación la explicación de Thorwald Lorenzen: “… Las referencias explícitas a la huida de los discípulos y a las primeras apariciones a discípulos varones en Galilea indican que la huida de los discípulos no es una leyenda creada por algunos estudiosos del Nuevo testamento, sino que sigue siendo la mejor explicación de los indicios existentes. Para nuestra investigación, esto significa que la configuración psicológica de los discípulos –huida, crisis teológica, decepción, temor, tristeza- era tal, que una afirmación de la resurrección de Cristo crucificado no podía ser el producto de sus corazones y mentes. Para ellos, la cruz de Jesús supuso su crisis de fe. Huyeron. La resurrección fue para ellos un novum inesperado” («Resurrección y discipulado, modelos interpretativos, reflexiones bíblicas y consecuencias teológicas», páginas 166 y 167)

El hecho de la tumba vacía

Si bien el hecho de la tumba vacía forma parte de los relatos evangélicos, lo cierto es que en los mismos evangelios se puede percibir el reconocimiento de que la tumba vacía no prueba la resurrección. En efecto, la tumba vacía puede recibir diversa interpretaciones. Mencionemos las más relevantes:

11Mientras ellas iban, he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido. 12Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados, 13diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos. 14Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo. 15Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy” (Mateo 28.11.15)

A la luz de este relato que sólo conserva el evangelio de Mateo, son comprensibles las siguientes interpretaciones:

Si de veras murió:
1) El cuerpo de Jesús pudo ser robado.
2) El cuerpo de Jesús pudo ser enterrado en una tumba provisional, y luego ser movido de allí.
3) Que viéndose en la encrucijada, y sabiendo que no saldría con vida de ella, Jesús habría panificado con el círculo más íntimo de discípulos, el hacer desaparecer su cuerpo, e inventarse el cuento de la resurrección.
4) Pero si en realidad no murió, el mismo Jesús, no habiendo muerto en realidad, huyó de allí en componenda con los suyos.

Ahora bien, lo cierto es que todas estas conjeturas no van más allá de eso, simples conjeturas. Pero no es menos cierto que tales hipótesis tienen en común un fundamento legítimo cierto, el que la tumba vacía no conduce automáticamente a la idea o conclusión de la resurrección.

Para cerrar esta sección, quiero traer a colación el comentario de Raymond E. Brown, respecto a la historicidad o no del relato de Mateo de la guardia en el sepulcro de Jesús, cito:

“Si por un lado me he negado a considerar la cuestión desde esas bases apriorísticas, por otro no siempre me impresionan los argumentos a posteriori contra la historicidad. Por ejemplo, a veces se tacha de absurda la mentira que, a cambio de plata, se manda decir a los soldados ("Sus discípulos, habiendo venido de noche, lo robaron mientras nosotros dormíamos"). Se argumenta que dormirse en una guardia era en el ejército romano una falta punible con la pena capital y que los soldados, por tanto, difícilmente habrían aceptado un trato que podía llevarlos a la destrucción, pese a la promesa de las autoridades judías de convencer al gobernador y librarlos así de problemas. Pero en el plano de la narración mateana, como he apuntado, los jefes de los sacerdotes son corruptos; y se supone que los lectores los imaginarán mintiendo a Pilato e incluso sobornándolo para que no castigue a los soldados. Y en el plano de las realidades históricas no es claro que dormirse estando de guardia fuera siempre castigado con la muerte. Tácito (Historias 5.11) habla de una guardia realizada negligentemente en la que el sueño de los soldados permitió al enemigo capturar al general; pero, al parecer, ellos se escudaron en la conducta escandalosa de su jefe (no estaba en su puesto, sino durmiendo con una mujer) para disminuir la propia culpa. En otras palabras: se podía llegar a arreglos. Además es concebible que Pilato no fuera tan estricto con unos soldados puestos temporalmente al servicio de las autoridades judías, si éstas se no mostraban interés en el castigo.

Pero contra la historicidad hay un argumento de verdadero peso. Los otros evangelios no sólo no mencionan la guardia, sino que la presencia de ella habría vuelto casi ininteligible lo que narran en la escena del sepulcro. Los otros tres evangelios canónicos hablan de mujeres que van al sepulcro el domingo, y como único obstáculo para su entrada en él se menciona la piedra. Ciertamente, los evangelistas habrían tenido que explicar cómo las mujeres esperaban entrar en la tumba si había una guardia precisamente para impedir el acceso58. En los otros evangelios, la piedra ya ha sido retirada cuando llegan las mujeres. ¿Cómo se concilia esto con Mateo, donde, estando las mujeres ante el sepulcro, un ángel baja del cielo y rueda la piedra? En el relato mateano hay otras inverosimilitudes (p. ej., las autoridades judías conocían las palabras de Jesús sobre su resurrección y las interpretaron correctamente, cuando los discípulos no habían sabido; los guardias fueron capaces de mentir después de su reacción ante la portentosa intervención divina); pero conciernen a detalles menores. Es la falta de armonía con los otros evangelios lo que afecta a lo esencial, a la misma existencia de la guardia. ¿Podemos salvar la historicidad remontándonos a una situación pre-evangélica y suponiendo que el miembro del sanedrín judío que dio sepultura a Jesús, José de Arimatea, pudo tomar alguna precaución para proteger el sepulcro, y que el recuerdo de ello fue desarrollado hasta producir el relato que ahora nos ofrece Mateo? Eso es demasiado suponer, sin embargo, porque que ni Mateo ni el Evangelio de Pedro conectan la guardia con José, e incluso una pequeña precaución habría quedado reflejada en los otros evangelios como un obstáculo para las mujeres en su visita del domingo al sepulcro. Las declaraciones negativas absolutas (p. ej., el relato no tiene ninguna base histórica) muy a menudo van más allá de los indicios de que pueden disponer los estudiosos Como sucede con otro material mateano (v. gr., la matanza de los niños en Belén ordenada por Herodes y la huida a Egipto [relato funcionalmente paralelo en ciertos aspectos al aquí estudiado]), sería más exacto afirmar que no hay base interna ni externa sobre la que sostener su historicidad” («La muerte del Mesías», tomo II, páginas 1, 541 y 1542).

Finalmente, en torno al papel de la tumba vacía en la fe cristiana en la resurrección de Jesús, concluyo con las palabras de N. T. Wright: “De hecho, podemos insistir en que, independientemente de lo que hubiera sucedido además, si el cuerpo de Jesús de Nazaret hubiera permanecido en la tumba, no habría habido una creencia paleocristiana del tipo de la que hemos descubierto. De nada servirá decir, por ejemplo, que, debido a que los discípulos vivían en un mundo en el cual se esperaba la resurrección, esto explicará por qué aplicaron este lenguaje a Jesús. Muchos otros líderes, héroes y aspirantes a Mesías judíos murieron dentro de ese mismo mundo, pero en ninguno de esos casos dijo nadie que habían sido resucitados de entre los muertos. Cabría imaginar otras clases de fe primitiva que se podrían haber generado a raíz de acontecimientos que no llevaran aparejada una tumba vacía. Pero la fe concreta de los primeros cristianos no pudo tener su origen en una serie de circunstancias en las cuales una tumba vacía no desempeñase ningún papel. Considero, por tanto, la tumba vacía como una condición necesaria (aunque por sí misma, como hemos visto, insuficiente) para la aparición de la creencia paleocristiana con toda su concreción” («La resurrección del hijo de Dios», página 845).

Los encuentros con el resucitado

Desde la perspectiva puramente histórica, encontramos posturas distintas entres lo historiadores respecto de la interpretación de los encuentros con el resucitado.

Por un lado, tenemos la opinión de Antonio Piñero, cito: “El hecho de la resurrección, un acontecimiento de un carácter tan marcadamente sobrenatural y por encima de las leyes de la naturaleza, no pertenece al ámbito de la historia, sino de la fe. El historiador no puede ni afirmarlo ni negarlo… Mientras que para los creyentes la diversidad es debida a tradiciones diferentes, conservadas por grupos diversos de cristianos, para los escépticos es una prueba de la inconsistencia de la tradición en un punto importantísimo y crucial para la fe. Mientras los creyentes ven en las diferencias –mejor que una uniformidad artificialmente elaborada- una prueba de la antigüedad y de la veracidad histórica, los críticos estiman que esta inconsistencia hace imposible considerar como algo fundamentalmente histórico el hecho de la resurrección” («Guía para entender el Nuevo Testamento», páginas 222 y 223).

Por otro lado, traigo ahora a colación la opinión del no menos crítico y perspicaz que Antonio Piñero, E. P. Sanders, cito:

“No considero que el fraude deliberado sea un explicación digna de mención. Muchas personas mencionadas en esas listas iban a pasarse el resto de su vida proclamando que habían visto al Señor resucitado, y varias de ellas morirían por su causa. Además, un engaño premeditado había producido una unanimidad mayor, en vez de eso, parece que hubo competidores: «¡Yo lo vi primero!»; «¡No!, fui yo». La tradición de Pablo de que quinientas personas vieron simultáneamente a Jesús ha llevado a algunos a sugerir que los seguidores de Jesús sufrieron una histeria colectiva. Pero la histeria colectiva no explica las otras tradiciones”.

“Para muchos, los datos de Pablo resultan muy sugestivos. No distingue éste, en cuanto a la especie, entre la aparición del Señor que él experimentó y las demás. Si tuvo una visión, puede ser que ellos también tuvieran visiones. Pero entonces, ¿por qué insiste Pablo en que vio un cuerpo espiritual? Podría haber dicho un “espíritu”

“Que algunos seguidores de Jesús –y más tarde Pablo-tuvieron experiencias de la resurrección es, a mi juicio, un hecho. Cuál fue la realidad que originó tales experiencias, no lo sé” («La figura histórica de Jesús», página 303).

Gerd Theissen y Annette Merz, haciendo referencia a los relatos de los encuentros con el resucitado, sostienen: “Pero los relatos difieren luego porque, tras el relato del sepulcro, la base común desaparece. Justamente por eso, los relatos de las apariciones poseen un gran valor en el aspecto histórico. Particularmente en la aparición de los once discípulos, las diferencias entre las diversas versiones son demasiado notables para poder depender literariamente unas de otras. Pero las coincidencias son suficientes, sin duda, para poder inferir unos hechos reales detrás de los relatos” («El Jesús histórico», páginas 544 y 545)

Finalmente, quiero cerrar esta sección con las palabras de N. T. Wright: “Por todas estas razones concluyo que el historiador, sean cuales sean sus creencias, no tiene más opción que la de afirmar la tumba vacía y los "encuentros" con Jesús como "acontecimientos históricos" en todos los sentidos esbozados en el capítulo 1: tuvieron lugar como acontecimientos reales; fueron acontecimientos importantes; son, en el sentido normal requerido por los historiadores, acontecimientos demostrables; los historiadores pueden y deben escribir sobre ellos. Sin ellos no podemos dar razón del cristianismo primitivo. La hipótesis de "tumba más encuentros" queda garantizada, en efecto, por esa doble semejanza y doble desemejanza (con el judaísmo por un lado y con la iglesia primitiva por otro) que he defendido anteriormente como control metodológico en el estudio de Jesús68. Unas historias como éstas, con el tipo de explicación que los primeros cristianos ofrecían, tienen el sentido que tienen dentro del judaísmo del siglo I (semejanza), pero nadie dentro del judaísmo del siglo I esperaba algo así (desemejanza). Unas historias como éstas sí explican, en efecto, la aparición del cristianismo primitivo (semejanza), pero no se pueden explicar como la proyección retrospectiva de la fe, la teología y la exégesis paleocristianas (desemejanza)” («La resurrección del hijo de Dios», página 862).

El papel de Jesús en la génesis del Cristianismo

¿Confirma la resurrección el mesianismo de Jesús? ¿Por qué el nombre de la religión que se fundamenta en la persona de Jesús de Nazaret no es «Jesuísmo», sino «Cristianismo»? ¿No entraña ya el nombre «Cristianismo» una valoración de Jesús que en cierto modo va mucho más allá de la que al parecer tuviera de sí mimo el Jesús histórico?

La palabra «Cristo»

La palabra Cristo, no es tanto un nombre como un adjetivo, y significa “ungido”. Viene siendo el equivalente griego del hebreo “mashiaj”, igualmente ungido.

Algunos ejemplos del uso de la palabra griega “jristós” en la Septuaginta son:

Levítico 4.5 “Y el sacerdote ungido tomará de la sangre del becerro, y la traerá al tabernáculo de reunión

Aquí la expresión “el sacerdote ungido” es en hebreo “ha-kohen ham-mashiaj”, y en la Septuaginta “jo jiereús jo jristós”.

Levítico 4.16 “Y el sacerdote ungido meterá de la sangre del becerro en el tabernáculo de reunión

Aquí la expresión “el sacerdote ungido” es en hebreo “ha-kohen ham-mashiaj”, y en la Septuaginta “jo jiereús jo jristós”.

Levítico 6.15 “Y tomará de ella un puñado de la flor de harina de la ofrenda, y de su aceite, y todo el incienso que está sobre la ofrenda, y lo hará arder sobre el altar por memorial en olor grato a Jehová

Aunque en la versión Reina Valera de 1960 no aparece la expresión “el sacerdote ungido”, en cambio en el texto hebreo sí se la encuentra, o sea, “ha-kohen ham-mashiaj”, y en la Septuaginta “jo jiereús jo jristós”.

Levítico 21. 10 “Y el sumo sacerdote entre sus hermanos, sobre cuya cabeza fue derramado el aceite de la unción, y que fue consagrado para llevar las vestiduras, no descubrirá su cabeza, ni rasgará sus vestidos

Aquí la expresión “el sumo sacerdote” (que se considera ungido) es en hebreo “ha-kohen ha-gadól” (el gran sacerdote), y en la Septuaginta “jo jiereús jo mégas”. Pero en este pasaje la palabra “jristós” es usada en conexión al aceite de la unción, en hebreo aquí, “shemén ham-mishjáh”, y en la Septuaginta “tu eláiu tu jristú”.

Levítico 21.12 “Ni saldrá del santuario, ni profanará el santuario de su Dios; porque la consagración por el aceite de la unción de su Dios está sobre él. Yo Jehová

En este pasaje tenemos la misma situación del pasaje anterior, sólo que esta vez cambia la morfología de las formas hebreas y griegas por razones sintácticas.

1 Samuel 24.6 “Y dijo a sus hombres: Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová

Aquí la expresión “el ungido de Jehová” es en hebreo “li-meshiaj adonay”, y en la Septuaginta “to jristó kuríu”.

Amós 4.13 “Porque he aquí, el que forma los montes, y crea el viento, y anuncia al hombre su pensamiento; el que hace de las tinieblas mañana, y pasa sobre las alturas de la tierra; Jehová Dios de los ejércitos es su nombre

Aquí la expresión “al hombre” es en hebreo “le-adam”, pero en la Septuaginta va un poco más allá, y habla de “su ungido” (“ton jristón autú”).

Después de este análisis, pienso que estamos mejor preparados para comprender el hecho de considerar el Jesús como “el Cristo”.

Para mostrar la combinación "Jesucristo" como "Cristo Jesús", voy a quedarme dentro de los límites del considerado primer escrito de Pablo y del Nuevo Testamento, 1 Tesalonicenses.

Como ejemplos del empleo de la expresión «Jesucristo», consideremos a:

1 Tesalonicenses 1.1 “Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros

1 Tesalonicenses 5.9 “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo

1 Tesalonicenses 5.28 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros. Amén

Como ejemplos del empleo de la expresión «Cristo Jesús», consideremos a:

1 Tesalonicenses 2.14 “Porque vosotros, hermanos, vinisteis a ser imitadores de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que están en Judea; pues habéis padecido de los de vuestra propia nación las mismas cosas que ellas padecieron de los judíos

1 Tesalonicenses 5.18 “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús

Estas dos formas, «Jesucristo», y «Cristo Jesús», en esencia comunican la misma idea (puesto que «Jesús es nombre», y «Cristo», adjetivo): «Jesús que es el Cristo», o sea, «Jesús el ungido», «el Mesías». De la misma forma, «Cristo Jesús», apunta a «el Cristo» («el Mesías») que es «Jesús». En consecuencia, tenemos que admitir que el nombre “Cristianismo” es el adecuado respecto de las pretensiones cristianas relativas al mesianismo de Jesús. En resumen, el nombre «Cristianismo» supone la confesión de que «Jesús el Cristo», o sea, «Jesús es el Mesías».

Ahora bien, ¿confirma la resurrección el mesianismo de Jesús? La opinión de N.T. Wright es que no, cito:

“La resurrección y la encarnación se confunden con frecuencia. Los teólogos hablan a menudo de la resurrección como si ésta connotara directa y necesariamente la divinidad de Jesús, y como si de hecho connotara poco más. La objeción a una investigación histórica de la resurrección resulta, pues, evidente: las flechas simplemente no alcanzarán el Sol. No se puede montar una argumentación histórica y terminar demostrando a "dios", o demostrando que Jesús fue la encarnación del Único Dios Verdadero53. El historiador ni siquiera debe intentar pronunciarse sobre un tema que llevaría tan directamente a la cuestión de si este dios estaba en Cristo. Incluso Pannenberg, quien por supuesto sí piensa que podemos hablar históricamente de la resurrección, va, a mi parecer, demasiado lejos en la dirección de establecer un vínculo directo entre la resurrección y una cristología de la encarnación”

“Parte del problema que aquí se plantea -y sobre el cual hemos de volver- estriba en la confusión que sigue existiendo acerca del significado de la condición mesiánica. Desde una perspectiva del siglo I, decir que Jesús es "el Cristo" equivale a decir que es ante todo el Mesías de Israel, y no a decir que es el Logos encarnado, la segunda persona de la Trinidad, el hijo unigénito del padre. Durante el ministerio de Jesús y en el cristianismo más antiguo, ni siquiera la expresión "hijo de dios" significa lo que vino a significar en la teología posterior, aunque ya en tiempos de Pablo se puede observar una ampliación de su significado. Pero, aun cuando nos hayamos recordado todo esto, la resurrección no tiene por qué entrañar necesariamente la condición mesiánica. Si se hubiera descubierto con vida tres días después a uno de los dos bandidos crucificados con Jesús, o si uno de los mártires macabeos (que, según se cuenta, murieron con la promesa de la resurrección en los labios) hubiera sido resucitado a los pocos días, ello habría llenado de alegría a sus familiares y de asombro a sus amigos; se habría producido un gran agujero en la expectativa judía del segundo Templo, por no hablar ya de las cosmovisiones no judías; pero nadie habría concluido que esa persona era el Mesías, y mucho menos que él (o ella, ya que al menos un notable mártir macabeo fue una mujer) fuera en sentido alguno un ser divino encarnado” («La resurrección del hijo de Dios», páginas 52 y 53)

A pesar de que probablemente a la mayoría de los cristianos le parezca extraña la interpretación de N. T. Wright, lo cierto es que, desde la perspectiva del judaísmo, la resurrección no vino a confirmar que Jesús es el Mesías que, por cierto, todavía están esperando.

Por otro lado, precisamente por la peculiaridad y distinción que comporta el mesianismo que los cristianos le atribuyen a Jesús, en contraste con las históricas y tradicionales perspectivas mesiánicas judías, Charles Harold Dod, plantea:

“Excepto en un pasaje del cuarto Evangelio, nunca se presenta a Jesús reivindicando tan prolijamente que él es el Mesías, y ni siquiera aquí se trata de una reivindicación pública. Más aún: parece que Jesús mismo trató de disuadir a otros que querían darle tal título, aunque quizá no siempre se halla en condiciones de hacerlos callar. Sólo en dos casos parece, algo dudosamente, haberlo aceptado. En la primera ocasión, tal como lo describen los tres primeros Evangelios, Jesús se halla solo con sus discípulos más allegados, en un lugar fuera de los límites de Palestina, conocido como Cesarea de Filipo. Jesús preguntó a los discípulos quién decían las gentes que era él. Ellos dieron diferentes respuestas. Luego preguntó: «y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Pedro respondió: «Tú eres el Mesías.» Desde este punto divergen nuestros informadores. Según Marcos (seguido de cerca por Lucas), Pedro no obtuvo respuesta alguna, sino que Jesús «les advirtió severamente que a nadie dijeran nada acerca de él.» Mateo se expresa de otra manera. Según él, Jesús hizo buena acogida a la aserción de Pedro, pero, con todo, después de alabarlo, pasó (como en el relato de Marcos) a advertirles que no dijeran a nadie que él era el Mesías. En Juan (para completar nuestro examen) tenemos la sensación de contemplar la misma escena, aunque quizá a través de un medio menos transparente, pero que nos permite ver sus grandes líneas. Según Juan, Pedro ni usó realmente el término «Mesías»; sino que dijo: «Nosotros sabemos bien que eres el santo de Dios.» La diferencia puede ser puramente verbal: la «unción» (que constituye en Mesías) es consagración, y la persona consagrada es «santa» por definición. En esta escena hay algo extrañamente enigmático. ¿Quiso o no quiso Jesús aceptar el título? Si nos atenemos a Mateo, lo quiso, aunque con cierta reserva. Si nos atenemos a Marcos, Lucas y Juan, todo lo que podemos decir es que no lo rechazó”

“Examinemos ahora la otra ocasión. Según los tres primeros Evangelios, cuando Jesús compareció ante el tribunal de Pilato, se le preguntó a bocajarro: « ¿Eres tú el Mesías?» Según Marcos, respondió sin ambages: «Sí, lo soy». Según Mateo. la respuesta fue: «Son tus palabras» (literalmente: «Tú lo has dicho»; no hay una prueba suficiente de que esto fuera una forma reconocida de afirmación, ni en griego ni en hebreo o arameo; podemos parafrasear: «Puedes pensarlo así, si te parece»). En Lucas leemos que Jesús se negó absolutamente a responder. «Si tú eres el Mesías, dínoslo», dice el sumo sacerdote. Jesús replica: «Si os lo digo, no creeréis; y si os pregunto, no responderéis.» Juan no describe la escena ante el sumo sacerdote, pero parece haber un eco de ella en un pasaje donde se requiere públicamente a Jesús con palabras semejantes a las escogidas por Lucas: «Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente.» Jesús replica: «Os lo dije ya, pero no queréis creerlo» (dando a entender, como se ve, que diferentes cosas que había dicho y hecho podían sugerirles la respuesta apropiada). Aquí volvemos a encontrarnos con el mismo problema: ¿quiso o no quiso Jesús aceptar el título de «Mesías» cuando se le preguntó públicamente?”
“Ciertamente Jesús era Mesías, pero en el sentido que él mismo daba al término. Así pues, debemos formular de otra manera la cuestión y preguntar no si Jesús pretendió ser el Mesías, sino « ¿qué clase de Mesías entendía ser?» No sería el Mesías de la expectación popular. ¿Cuál, pues? En Cesarea de Filipo, Pedro ensalzó a Jesús como Mesías. Jesús, después de advertir a sus discípulos que no dijeran nada de esto en público, abruptamente cambió de tema, o así les pareció a ellos: «Comenzó a enseñarles sobre que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho y que había de ser reprobado.» (La expresión enigmática «Hijo del hombre» será examinada en otro lugar; aquí podemos tomarla sencillamente como una circunlocución en el sentido de «yo»). Pedro se escandalizó y trató de poner las cosas en su punto: « ¡Dios no lo quiera! ¡No, Señor, esto no te debe suceder!» Jesús replicó en términos de una aspereza inusitada: « ¡Quítate de mi presencia, Satanás, porque no piensas a lo divino, sino a lo humano». Bajo la radical permutación latía una profunda diferencia de puntos de vista. Para Pedro, aquel hablar de sufrimiento y de reprobación estaba en absoluta contradicción con cualquier idea mesiánica; la mayoría de los judíos de aquel tiempo habrían pensado también de aquella manera. El Mesías había de ser un conquistador, no tenía que sufrir ni ser reprobado, sino aclamado como rey de Israel. Así parecían afirmarlo las Escrituras” («El fundador del cristianismo», páginas 116-120)

Ahora pienso que son importantes aquí la perspectiva de un judío confesante de la línea del judaísmo rabínico u ortodoxo: “Escribí este libro para arrojar alguna luz sobre las razones por las que, mientras que los cristianos creen en Jesucristo y en las buena noticia de su entronización en el reino de los Cielos, los judíos creen en la Torá de Moisés y forman en la tierra y en su propia carne el reino de Dios de sacerdotes y santos. Y esta creencia exige que los judíos fieles disientan de las enseñanzas de Jesús, por la razón de que dichas enseñanzas, en puntos importantes, contradicen a la Torá. Donde Jesús discrepa de la revelación de Dios a Moisés en el monte Sinaí, que es la Torá, está equivocado, y Moisés tiene razón” (Jacobo Neusner «Un Rabino habla con Jesús», página 199).

Previamente, Jacobo Neusner había planteado: “¿Pretendo yo que, después de leer mi libro, revisen los cristianos sus convicciones acerca del Cristianismo? En absoluto. La fe cristiana encuentra una legión de razones para creer en Jesucristo, (no simplemente que Jesús era y es Cristo); todo lo que yo afirmo y defiendo es que, puede ser, pero no porque diera cumplimiento a la Torá, o sostuviera la Torá, o se ajustara a la Torá; no porque mejorara la Torá. Según ese criterio, no habría seguido a Jesús entonces, y no aconsejaría a nadie seguirlo ahora” («Un Rabino habla con Jesús», página 26).

Como se ve por las expresivas palabras de Jacobo Neusner, la resurrección de Jesús podría haber originado un tipo de mesianismo al cual se aferra el Cristianismo, pero no ha logrado el que la persona, enseñanza y obra de Jesús de Nazaret satisfaga las más amplias expectativas judías en torno figura que, aún esperan, del Mesías.

Ahora bien, ¿fundó Jesús el Cristianismo? ¿Qué relación podemos establecer entre la resurrección de Jesús y los orígenes del Cristianismo?

Al respecto, Bart D. Ehrman se pronuncia en la siguiente manera: “El cristianismo es una religión arraigada en la creencia en la muerte de Jesús y su resurrección de entre los muertos. No obstante, parece que ésta no fue la religión que Jesús predicó a los judíos de Galilea y Judea. Si usamos un formulación que los estudiosos han propuesto a lo largo de los años, diremos que el cristianismo no es tanto la religión de Jesús (es decir, la que él mismo proclamó) como la religión sobre Jesús (es decir, la religión basada en su muerte y resurrección)”

Mi tesis es que, para e historiador, el cristianismo empieza después de la muerte de Jesús, no con la resurrección, sino con la creencia en su resurrección” («Jesús el profeta judío apocalíptico», páginas 285 y 286).

Después de considerar el punto de vista de Bart D. Ehrman Consideremos cómo en el Nuevo Testamento mismo se evidencia la crisis de fe y teológica en la que entraron los discípulos y discípulas de Jesús, con el prendimiento y muerte de Jesús:

13Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén. 14E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. 15Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. 16Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen. 17Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes? 18Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días? 19Entonces él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; 20y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. 21Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido” (Lucas 24.13-21).
¿Habremos llegado, tal vez, a la más clara percepción y entendimiento de la frustración y crisis en la que entraron los seguidores y seguidoras de Jesús al enfrentarse con la muerte de éste?

A la pregunta de si Jesús fue el fundador del Cristianismo, Antonio Piñero responde:

“El Cristianismo es la teología del Nuevo Testamento y ésta sólo fue formulada por los discípulos de Jesús, no por Jesús mismo. Por tanto, una primera respuesta: desde este punto de vista objetivo y sencillo, obvio y veces olvidado, Jesús no pudo ser el fundador del Cristianismo ya que éste nace más tarde que él”

“La cuestión debería formularse, pues, de otro modo: ¿fue Jesús el impulsor de una ideología religiosa que posteriormente, gracias a sus ideas, y sin cambios sustanciales, se convertiría en el cristianismo? O ¿tiene esta religión unas características tan peculiares respecto a la religión de Jesús y su concepto de la salvación del ser humano que debe considerarse como una entidad en muchos e importantes puntos nueva y casi «autónoma»?”

“¿Fue realmente Jesús el fundador de un culto nuevo? Dado el pensamiento religioso de Jesús, no fue éste el fundador del cristianismo, sino su primer impulsor. Esta frase debe entenderse del siguiente modo: Independientemente de de lo que el Jesús histórico pudo o no haber hecho. Es incuestionable que él inició el proceso que se convirtió en el Cristianismo. Jesús, con su genio religioso, reflexionó profundamente sobre la religión judía e hizo un especia hincapié en ciertos aspectos de ella que lo situaron en un punto aparte dentro del panorama de la religiosidad judía del primer siglo (compárese el punto de vista expresado por Jacobo Neusner)”

El cristianismo no se entiende sin Jesús de Nazaret, cierto, pero más como condición y fundamento que como su fundador estricto” («Guía para entender el Nuevo Testamento», paginas 300 y 301).

Continúa Piñero diciendo: “Si por definición se admite que la teología cristiana constituye la esencia de la nueva religión, es evidente que ésta sólo se plasmó después de la muerte de Jesús. Visto desde afuera no hay fe cristiana hasta después de la Pascua, por tanto, sólo hay cristianismo tras la muerte de Jesús, no antes” («Guía para entender el Nuevo Testamento», pagina 299).

Desde esta perspectiva, concluimos que con la muerte y resurrección de Jesús se dieron las condiciones para que efectivamente surgiera el Cristianismo; no obstante, sin lograr que el judaísmo desapareciera, perdiera su vigor, o se sintiera sustituido o desplazado por el Cristianismo, por la fe que entiende que Jesús es el Cristo, el Mesías.

No existe, pues, Cristianismo sin Jesucristo, cierto, pero sólo con un Jesús que realmente vive. No puede haber Cristianismo sin Jesús de Nazaret, sí, y sólo sí, con un Jesús de Nazaret, que vive, y que es confesado por aquellas personas que creen en él, como el Cristo, como el Mesías.

Concluyo con las elocuentes palabras de Pablo:

“Y si Cristo no resucitó, el mensaje que predicamos no vale para nada, ni tampoco vale para nada la fe que ustedes tienen. 15Si esto fuera así, nosotros resultaríamos ser testigos falsos de Dios, puesto que estaríamos afirmando en contra de Dios que él resucitó a Cristo, cuando en realidad no lo habría resucitado si fuera verdad que los muertos no resucitan” 1 Corintios 15.14-15
Pero lo cierto es que Cristo ha resucitado. Él es el primer fruto de la cosecha: ha sido el primero en resucitar” 1 Corintios 15.20

Por lo tanto, mis queridos hermanos, sigan firmes y constantes, trabajando siempre más y más en la obra del Señor; porque ustedes saben que no carece de fundamento el trabajo que hacen en unión con el Señor” 1 Corintios 15.


¡Hasta la próxima!


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III)      El valor de la transliteración y sus modalidades                     

IV)     Como la traducción, la transliteración también es contextual 

V)      «La Biblia dice», una expresión bajo sospecha                      

I)        «Biblia devocional» o «Biblia de estudio», ¿cuál es la mejor opción?

VII)    «Biblia católica» y «Biblia protestante», ¿una distinción legítima?

VIII)   El papel de la Biblia y el de la comunidad de fe en el proceso de interpretación bíblica y de elaboración teológica

IX)     La dependencia y el papel del «Espíritu Santo» en el proceso  de elaboración teológica y definición doctrinal

X)      La Biblia se resiste a ser esclavizada por católicos y    protestantes

XI)     Una traducción acertada de 2 Timoteo 2.16 debe ser distinta  a la que se lee en versión Reina Valera revisión de 1960

XII)    Una traducción acertada de 2 Timoteo 3.16 obliga a repensar también la interpretación de otros textos bíblicos relacionados

XIII)   ¿«Cuervos» o «comerciantes», ¿qué es lo que en realidad dice el texto hebreo  en 1 Reyes 17.4 y 6?

XIV)   ¿Por qué utilizar la figura de «el cuervo» para invitarnos a confiar en  Dios?

XV)    ¡Danos! ¿el sustento de hoy, o el de cada día?         

Reflexiones bíblicas y teológicas en torno a las siete expresiones de Jesús en la cruz 6 y 7 de 7

Reflexiones bíblicas y teológicas en torno a las siete expresiones de Jesús en la cruz
6 y 7 de 7
Héctor B. Olea C.
Originalmente tenía planificado publicar un artículo por cada una de las siete palabras, pero luego, considerando la estrecha relación que Juan 19.30 (texto de la sexta palabra) establece con la situación en que la tradición sinóptica ubica la séptima, decidí analizar y publicar la sexta y séptima palabras en conjunto.
La sexta palabra de las siete pronunciadas por Jesús en la cruz, pero la séptima según el orden en que aparece en el NT, es: “Consumado es” Juan 19.30.
El texto completo de Juan 19.30, en la versión Reina Valara de 1960, dice: “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.
Como se ve por Juan 19.30, en el contexto en que el cuarto evangelio sitúa la sexta palabra, es el mismo en que la tradición sinóptica coloca la séptima y última palabra. Es más, se podría decir que para el evangelio de Juan «consumado es», viene a ser la última palabra expresada por Jesús en la cruz.
La séptima palabra de las siete pronunciadas por Jesús en la cruz, pero la cuarta según el orden en que aparece en el NT, es: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” Lucas 23.46.





Consideremos ahora, los textos que nos proporcionan el contexto en que la tradición sinóptica ubica la séptima palabra:
33Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 34Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 35Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. 36Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle. 37Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. 38Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Marcos 15.33-38)
45Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 46Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 47Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste. 48Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. 49Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. 50Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. 51Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; 52y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; 53y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mateo 27.45-53)
44Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 45Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. 46Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23.44-46)
Ahora bien, dado que en relación a la sexta y séptima palabra los textos muestran problema alguno de crítica textual, nos vamos a ahorra la comparación de versiones.
Análisis comparativo de los detalles que acompañan la muerte de Jesús
Pasemos, pues, al análisis comparativo del contexto y los detalles en que tanto la tradición sinóptica como Juan se ubica la muerte de Jesús
1) El evangelio de Lucas (que por cierto no hace referencia a la quinta y sexta palabras), ubica la séptima palabra alrededor de la “hora novena” (cerca de las tres de la tarde) en armonía con Marcos y Mateo, un poco después (no sabemos qué tanto) de Jesús haber pronunciado la que analizamos en este serie como la segunda palabra (“Hoy estarás conmigo en el paraíso” Lucas 23.43).
2) El evangelio de Lucas, en armonía con el evangelio de Mateo, pero a diferencia de los evangelios de Marcos y Juan; menciona una serie de fenómenos que antecedieron la muerte de Jesús (en Mateo posteriores a). Entre estos, las tinieblas, el cielo se nubló, y el velo del templo se rasgó en dos.
3) La tradición sinóptica se muestra uniforme (Marcos, Mateo, Lucas) en afirmar que hubo “tinieblas” desde la hora sexta hasta la novena.
4) El evangelio de Mateo que, por cierto, tampoco hace referencia a la quinta y sexta palabras, ubica la muerte de Jesús igual que Marcos y Lucas, alrededor de la “hora novena”, un poco después de haber pronunciado la que analizamos en esta serie como la cuarta apalabra (“Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” Mateo 27.46; Marcos 15.34). Mateo también establece cierta cercanía entre la muerte de Jesús y el haberle dado a Jesús vinagre a beber.
5) El evangelio de Mateo, en armonía con el evangelio de Lucas, y a diferencia de Marcos y Juan, menciona una serie de fenómenos que se conectan con la muerte de Jesús. La diferencia entre Mateo y Lucas, en este aspecto, es que Mateo sitúa dichos fenómenos como posteriores a la muerte de Jesús y agrega varios que no menciona Lucas (que por cierto los ubica antes de la muerte de Jesús).
6) Los fenómenos que según el evangelio de Mateo tuvieron lugar después de la muerte de Jesús, son: el velo del templo se rasgó en dos (y de arriba abajo), tembló la tierra, las rocas se partieron, se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron.
7) El evangelio de Marcos, en armonía con Juan, y a diferencia de Mateo y Lucas, no menciona los fenómenos que acompañaron la muerte de Jesús (en Lucas ante de; pero después de, en Mateo).
8) El evangelio de Marcos, en armonía con el evangelio de Mateo, afirma que el velo del templo se rasgó “de arriba abajo”; y a diferencia con Lucas que sólo afirma que “y el velo del templo se rasgó por la mitad”
9) El evangelio de Juan, a diferencia de la tradición sinóptica, no dice nada respecto de la hora en que Jesús murió. Tampoco dice nada (en armonía con Marcos y a diferencia de Mateo y Lucas) de una serie de fenómenos que hayan acompañado la muerte de Jesús (ni antes como en Lucas), ni después (como en Mateo).
Explicación sintética respecto de la naturaleza de los fenómenos que acompañaron la muerte de Jesús en la tradición sinóptica
Dado el poco espacio y la naturaleza de este trabajo, a manera de una explicación orientadora, respecto de los fenómenos que según la tradición sinóptica acompañaron la muerte de Jesús; traigo a colación una interesante síntesis que plantea Raymond E. Brown, después de haber realizado un análisis minucioso de cada uno de estos fenómenos, cito:
“Todos los fenómenos que hemos examinado en esta sección representan una interpretación teológica del significado de la muerte de Jesús, efectuada con el lenguaje y las imágenes de la apocalíptica. Ya he señalado en el COMENTARIO que convertir en una cuestión de principal interés su historicidad literal es no haber entendido su carácter de símbolos ni el género literario en que son presentados93. Un ejemplo comparable sería el debate, hacia 4000 d. C., sobre la historicidad literal del libro de George Orwell 1984. Orwell supo reflejar con agudeza extraordinaria las fuerzas destructivas desatadas en su tiempo; pero en esa obra plasmó una visión personal, no la historia real de lo que pasó un determinado año. (O, si se prefiere un ejemplo de la época neotestamentaria: difícilmente es postulable la historicidad literal de las señales apocalípticas que Pedro ve realizadas en Pentecostés [Hch 2.19-20], p. ej., la conversión de la luna en sangre) Dado que para la fe cristiana la autodonación del Hijo cambió la relación de los hombres con Dios y transformó así el cosmos, las imágenes apocalípticas eran de muchas maneras un medio más eficaz de comunicar esas verdades situadas más allá de la experiencia ordinaria que lo habría sido la disquisición discursiva. Los apocalípticos, pese a toda la fuerza de sus imágenes, se expresan todavía dentro de la limitada esfera de la aproximación humana; en sus escritos muestran conciencia de no haber agotado la riqueza de lo ultramundano, y esa conciencia queda a veces oscurecida por una exposición más precisa y prosaica” («La muerte del Mesías», tomo II, páginas 1,338, y 1, 339).
La muerte de Jesús expresada en palabras de cada evangelio
En Marcos “Mas Jesús, dando una gran voz, expiró” (15.37)
En Mateo “Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu” (Mateo 27.50)
En Lucas “Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23.46)
En Juan “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19.30)
Comentario sintético de la sexta palabra “Consumado es” Juan 19.30
Cierro esta sección con palabras propias de Raymond E. Brown:
"Cuando, pues, hubo tomado el vino agrio, Jesús dijo: 'Está concluido'" (19.30a). La idea recién apuntada de que Juan interpretaba positivamente el ofrecimiento de vino agrio en un hisopo explica no sólo que Jesús provocase el ofrecimiento diciendo, "Tengo sed", sino también que él tomase el vino al serle acercado a la boca (algo que menciona sólo Juan). En 18,11, Jesús dijo que quería beber la copa que el Padre le había dado; por tanto, al tomar el vino que le ofrecen, ha cumplido el compromiso contraído al comienzo del relato de la pasión. Cuando Jesús bebe el vino de la esponja puesta en un hyssop, está desempeñando simbólicamente el papel escriturístico del cordero pascual anunciado al comienzo de su carrera; por tanto, ha cumplido el compromiso contraído cuando la Palabra se hizo carne. En 19.28a hemos leído: "Jesús, habiendo sabido que ya todo estaba concluido"; ahora, en 19.30a, Jesús lo expresa directamente: "Está concluido". Estos dos pasajes con tetelestai flanquean la declaración "Tengo sed", estructura que cuenta con un paralelo marcano en la exclamación "Dios mío, Dios mío, ¿por qué [razón] me has abandonado?" flanqueada por sendas apariciones de "fuerte grito" en Marcos 15.34 y 15.37. Desde otro punto de vista, mientras que en Marcos/Mateo y en Lucas las últimas palabras de Jesús están constituidas por esa cita de los salmos, en Juan el eco sálmico "Tengo sed" es el penúltimo dicho de Jesús y "Está cumplido" sus últimas palabras. Puesto que "Tengo sed" conecta con "todo estaba cumplido", podemos pensar que esta frase y "Todo cumplido" constituyen funcionalmente un solo dicho” ((«La muerte del Mesías», tomo II, página 1, 276)
“En el evangelio de Juan, Jesús, que vino de Dios, ha terminado lo que le encargó el Padre, por lo cual su muerte se convierte en la decisión que ahora, ya todo concluido, toma libremente. Su "Tengo sed", eco de Salmo 22.16, ha causado el ofrecimiento de vino agrio en un hisopo, cumpliendo no sólo Sal 69.22, sino también el motivo de Ex 12,22 de rociar con la sangre del cordero. Jesús dijo que el testimonio dado de él por el Padre (5.37) concordaba con las Escrituras que también daban testimonio de él (5,39). En consecuencia, su "Está concluido" alude tanto a la obra que le encomendó el Padre como al cumplimiento de la Escritura. Como "cordero de Dios" ha quitado el pecado del mundo, desarrollando y completando el papel del cordero pascual en la teología veterotestamentaria” («La muerte del Mesías», tomo II, página 1, 277)
Comentario sintético de la séptima palabra “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” Lucas 23.46
Cierro esta sección igualmente con palabras propias de Raymond E. Brown:
“La oración principal con el verbo relativo a morir. Ninguno de los evangelistas
utiliza los verbos normales para la acción de morir: apothneskein o teleutanni. Marcos y Lucas tienen la referencia más simple, con su empleo de ekpnein ("expirar"). A la luz de su teoría (que considero exagerada) de la expulsión del demonio a la muerte de Jesús, Danker ("Demonic", 67-68) interpreta el verbo ekpnein en el sentido de que Jesús "expulsó el pneuma [mal espíritu]" y asocia el fuerte grito con la salida del demonio. Lucas, que sigue aquí a Marcos, seguramente no lo entendió así. El Jesús lucano, que fue concebido en María al descender sobre ella el Espíritu Santo (1.35), de ningún modo podía estar habitado por un demonio; fue en Judas en quien entró Satanás (22.3). Menos imaginativamente, Taylor (Mark, 596) encuentra en el verbo ekpnein la idea de una muerte violen-ta, repentina, al parecer porque lo interpreta como referente a una fuerte emisión de aire seguida de un gran grito. Dudo asimismo que Lucas, al usar este verbo, esté atribuyendo una muerte violenta a Jesús. Más sencillamente, puesto que ekpnein es un eufemismo por "morir" en Sófocles, Plutarco y Josefo (BAGD, 244), como también en mi traducción literal "expirar", creo que Marcos y Lucas usaron el verbo que encontraron más suave.
Por lo que respecta a Juan, su "entregó [paradidonai\ el espíritu" es interpretado frecuentemente a la luz del lucano "Padre, en tus manos pongo [paratithenaí\ mi espíritu". Ciertamente es una interpretación posible en principio. Jesús va al Padre, y no deja de ser oportuno que la larga cadena de entregas de Jesús (cf. tomo I, pp. 274-75) termine en esta entrega de sí. Pero aquí se trata del Jesús joánico, que ya es uno con el Padre; por tanto, al Padre puede ir, pero ¿puede entregarle su espíritu? Recordando lo dicho al comentar "habiendo inclinado la cabeza", ¿no tendríamos una mejor secuencia si, al ir al Padre, Jesús entrega su espíritu a los que están al pie de la cruz? En 7,37-39 prometió que cuando fuera glorificado, quienes creyeran en él recibirían el Espíritu. ¿Qué más adecuado que los creyentes que antes no se marcharon a la hora del arresto (18,8) y ahora se han reunido junto a la cruz sean los primeros en recibirlo? Esto significaría que, mientras que los otros evangelistas describieron a Jesús exhalando su espíritu o fuerza vital, Juan entendió de otro modo la tradición e identificó "espíritu" con el Espíritu Santo. Intérpretes de Juan tan destacados como Bernard, Bultmann y Lagrange rechazan esta idea. Una objeción principal es que en el resto del NT sólo Cristo resucitado da el Espíritu Santo. Sin embargo, aunque aún no ha resucitado de entre los muertos, el Jesús joánico ha sido levantado en la cruz y ya está pasando de este mundo al Padre (13,1; 17,11). Ya es considerablemente asimilable al Jesús resucitado de los otros evangelios. También se objeta que el Espíritu Santo es dado explícitamente la tarde del domingo en Jn 20,22. Pero hay que tener en cuenta el modo en que Juan combina presentaciones cristianas comúnmente conocidas con las peculiares de la memoria de su propia comunidad. En la escena del domingo de 20.19-23, conserva la tradición compartida con otros evangelios de que Jesús resucitado se apareció a los Doce (cf. 20,24), iniciadores de la gran Iglesia. En la tradición de esa Iglesia nada habla acerca de especiales seguidores de Jesús no miembros de los Doce y presentes junto a la cruz; pero algunos de ellos, especialmente el discípulo amado, estuvieron en el origen de la comunidad joánica. Muy consonante con el estilo joánico es que, aun sin rechazar a los Doce (y menos a Pedro), se dé la prioridad al discípulo a quien Jesús amaba. posiblemente, pues, Juan quiere decir que, cuando Jesús inclinó su cabeza hacia los que estaban junto a la cruz -i.e., los creyentes que fueron recordados como los fundadores de la comunidad joánica-, les dio el Espíritu Santo. Ellos habrían sido los primeros en ser hechos hijos de Dios por Jesús victorioso, cuando fue levantado en la cruz y antes de resucitar de entre los muertos” («La muerte del Mesías», tomo II, páginas 1,279-1,282).
Conclusión: La palabra sexta (“Consumado es” Juan 19.30) y la séptima (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” Lucas 23.46); nos invitan a reconocer, por un lado, que la muerte de Jesús fue una muerte real, verificable y tangible; no una mera ficción; por otro lado, que la obra de Jesús de Nazaret no concluye en un fracaso, sino que, por el contrario, su muerte es el gran sello de su victoria (Colosenses 2.11-15); victoria que se expresaría no mucho después mediante la resurrección, por la cual, en palabras de Pablo, “sorbida es la muerte en victoria” (1 Corintios 15.54).
Colosenses 2.11-15 “11En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; 12sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. 13Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, 14anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, 15y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (compárese Efesios 2.11-22).
1 Corintios 15.53-57 “53Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. 54Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. 55¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? 56ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. 57Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Compárese Filipenses 2.1-11)
Exhortación para el testimonio cristiano:
La muerte de Jesús de Nazaret y su consecuente victoria mediante la resurrección, nos comprometen a luchar contra todo tipo de injustita, y a combatir todo sistema y práctica que atente contra la vida y la dignidad de los seres humanos y de toda la creación como tal. También nos invitan a considerar seriamente lo trascendente. Si bien los seres humanos sólo vemos lo que está frente a nuestros ojos, pensar en los trascendentales propósitos de Dios con su creación (no sólo con los seres humanos, sino con el ambiente, la flora y la fauna también); demandan de nosotros una preocupación por el logro de la voluntad de Dios en una forma más integral, trascendente sí, pero sensible y encarnada también.

¡Misión cumplida!
¡Hasta la próxima si Dios así lo permite!